Un frío de invierno en primavera

 

Hoy me he despertado varias veces destemplada. Y no por esa perturbación del cuerpo dormido que sobreviene lentamente, tras varias horas sin arropar, sino por un frío sin avisos.

Había pasado la noche del sábado en casa, viendo una película de Polanski, La Venus de las pieles, un juego entre la realidad y la ficción muy estimulante. A las once me marché a la cama a leer una novela de Philip Roth, Patrimonio, un relato autobiográfico sobre los últimos días que el autor compartió con su padre. Una historia sin maquillar sobre la muerte y todo lo que te asalta sin medida cuando anticipas que ya casi eres un huérfano completo, de madre y padre. Ese estado civil que jamás refleja un DNI.

Dejé de leer, ya vencida por el sueño, a pesar de lo mucho que me acercaba a mi padre en vida esa novela tan cruda, justo en la página en la que desvela el porqué del título: el patrimonio de Herman Roth para su hijo escritor es el reguero de mierda extendida que deja un hombre orgulloso de ochenta y muchos años, ya casi ciego, en la habitación de invitados de una casa de campo.

Me quedé dormida enseguida. O quizás aún hubo espacio para un pensamiento recurrente en años: ¡Cómo escribe este hombre! ¡Que les den a los flojos de las frases cortas! 

A las cinco horas, calculo, llegaron decididos los tirones de sábanas. El primero me cogió tan por sorpresa, y tan atolondrada por el sueño, que no di más que para acomodar la vista a la escasa, aunque suficiente, oscuridad de una habitación de visillos con persianas levantadas en primavera.  

No hay nadie, pensé. Aunque en tal estado de sopor sería necio afirmar que diera para pensar nada. Sí puedo decir a ciencia cierta que no era el sopor el que me decía que quien me quitaba las sábanas con tal determinación buscaba un rifirrafe serio. Y lo quería ya. Pero yo seguía demasiado adormilada para entrar al trapo.

Al segundo tirón el cabreo empezó a prevalecer sobre el sueño. Pero puesto que no veía yo con quien pelear me di la vuelta sobre la cama y seguí en mi empeño de dormir. Eso sí, ya con un nivel de alerta suficiente en mi cabeza como para comprender lo ridícula que resultaba apretando los ojos entre las sábanas en la semioscuridad de una habitación vacía. 

Y como bien dice el refrán que no hay dos sin tres, el siguiente llegó a los diez minutos exactos. Ya exasperada por la falta de sueño y las ganas de lucha, sin nadie a quien encararme, me levanté de la cama, fui a la cocina a beber agua, como siempre que me despierto a mitad de la noche, y me tropecé con mi madre. 

Eran ya algo más de las seis de la madrugada y ahí estaba ella, con la cafetera sobre el fuego, la leche caliente en el cazo y esas magdalenas de pueblo que siempre había en casa. 

Sin darme espacio para un “mamá qué haces aquí”, inició la retahíla habitual que tanto me molestaba entonces, recién levantada. 

– Tu hermana me ha dicho que María se ha operado la nariz. ¿Has ido a verla? Qué guapo está Sergio, siempre tan fuerte. ¿Sabes que Fani tuvo un accidente de coche? Pero está contenta. Se ha ido a vivir con el novio. Ella me escribe siempre. Nos deja notitas cuando va a visitarnos. Y tú que tanto escribes… No sabemos nada de ti. Nunca vienes a vernos. 

– Ni pienso ir, mamá –digo para mi sorpresa, en voz alta, ya reparando en lo guapa que luce con su camisón blanco–. 

– ¿Por qué? –exige ella, saltándose su papel de madre complaciente, mientras me pone en la mesa el café con leche con una cucharadita justa de azúcar–.  

– Porque no estáis ahí, –sigo verbalizando, sin sentarme, por no dejarme sobornar por ese detalle que sólo las madres más amorosas tienen. Aunque hayan criado a seis hijos y hayan pasado diez años sin verlos–. Además, yo no vivo en la misma ciudad como para terminar en tu tumba por un error del GPS por ir a verte. Si has venido por la novela, te has equivocado de página. 

– ¿De qué novela hablas, hija?, –dice, interrumpiendo su quehacer en mi cocina–.

– De Patrimonio, mamá. De los vivos y los muertos. Y del amor que cada uno vive a su manera. Y deja ya de fregar los platos, que aquí hay lavavajillas. 

– (Mi madre se queda muda). 

– (Y yo me crezco). ¿Quién me ha tirado de las sábanas?, ¿Has sido tú o papá?

– Ha sido papá. Ya sabes lo que le cuesta decir las cosas.

– Pues hombre ya es mayorcito, ¿no?, –le digo, removiendo con furia el café con leche que he cogido de la mesa–.

– Hoy te lo ha dicho a su manera –vuelve la madre mediadora, sin levantar la vista de los platos–.

– Ya. Y yo lo tengo que entender sin que vengas tú aquí a explicar. ¡Hombres!

– No le pidas que cambie a estas alturas.

– Mamá, yo no he pedido nada. Solo dormía –digo ya casi gritando–.

– Pues hija, ve a verle –suplica ella–. Que no entiende que no vayas. 

– No pienso ir, mamá –sigo en mis trece–. Lo siento. Que venga él aquí a desayunar con nosotras. Y que se deje de hostias de tirar de las sábanas. Mira qué bonita has puesto mi mesa.

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