¿Por delante o por detrás?

Un viernes noche de caluroso verano Juan se siente libre por primera vez en mucho tiempo. Estoy de Rodríguez, coño, se dice, mientras crea un grupo en WhatsApp con sus dos únicos amigos solteros. “Tíos, ¿qué hacéis? Estoy solo en Madrid y tengo ganas de quemar la noche”.

Casualmente Pedro y Rafa acaban de empezar con las cañas. Responden al poco, tras un leve cruce de miradas de risueña sorpresa: “Estamos en La Ardosa, empezando el lío. Vente”. Joder, el tiempo que hace que no voy por ahí, se dice Juan, mientras escribe con un estoy de suerte en la cabeza: “Lo que tarde en llegar”.

Casi exactamente una hora después, Juan entra exultante en el bar arrebujado de algunos grupos de tíos solos, uno o dos de tías solas y una predominante amalgama de faldas, pantalones y acentos inesperados para estos castizos barrios del centro de Madrid.

“Mira a ese pedazo de rubia”, le espeta Rafa al recién llegado, sin mediar más palabras que un “déjame que te vea, coño, cuánto tiempo” y un exceso de golpes en la espalda, tan necesarios, en cualquier momento memorable de tíos.

Juan sigue solícito la mirada divertida del amigo. Y se ve de frente a una rubia natural de metro ochenta, piel traslúcida, labios de fresa sin pintar y un vestido inocentemente ceñido en unos pechos sin explotar. Pasea su mirada con levedad en el excitante conjunto de arriba y acaba recreándose en la fantasía de unos volantes de tull blanco y el principiar de unas piernas lisas interminables, inmaculadamente coronadas con unas medias claras, color piel melocotón, con botas negras sin tacones.

Un atuendo infantil para nuestro don Juan de medio pelo. Un vestido para matar, con telescopio de precisión, de la otra parte.

La niña-guiri le mira con sarcasmo de mujer y se da la vuelta. Juan apenas acierta a pronunciar un “sí que está buena, coño” a sus amigos, ya sintiéndose totalmente integrado en ese ritmo de codazos, miradas reincidentes al grupo de la rubia y preguntas improvisadas entre ellos que no esperan respuesta. Su cerebro ya irremediablemente focalizado en la adivinación de lo que esconde el tull claro.

Entre caña y caña, en un sitio como La Ardosa, sin más música de fondo que el exceso de personas dejándose llevar por el compás del comer, el beber y un tragar sin masticar, Pedro, Rafa y Juan se integran en la mesa de al lado. Juan se las apaña para situarse junto a las piernas interminables con las que intercambia un frenesí de sonrisas y ligeras caídas de ojos. Y unos excitantes roces de labios contra oreja en un disimulo de hablar.

El pavoneo da para media hora exacta, tras el que un Juan decidido anuncia a Pedro y Rafa que se marcha con la chica.

Al poco de pisar la calle los labios fresa le borran la sonrisa de triunfo. Unas manos de dedos largos y fuertes le aprietan la entrepierna. La rubia-niña se hace mujer en un jadeo de palabras que Juan no acierta a comprender. ¡Qué desperdicio de colegio de niño bien!, pensaría cualquiera. Él ya no da para pensar.

En una interminable sucesión de esquinas llegan al hotel de la rubia. Suben impacientes las escaleras y sin esperar la cama la niña le baja los pantalones. La mujer le come la polla contra la pared. A Juan se le olvida la ilusión del tull y de lo que hay entre las piernas. Está muy cachondo.

De repente la boca-fresa-natural le da una pausa en el placer. Las piernas se están desnudando. Juan apenas se atreve a mirar pero no se puede resistir. Entre las medias melocotón y el tull blanco atisba una polla más dura que la suya. Y lejos de asustarse se crece. Por primera vez en la noche quiere tomar la iniciativa. Está abnegado. Coge a la guiri por los hombros y la empotra contra la pared. Ya puestos…, piensa.

Sarah resuelve la postura a su antojo y le dice segura al oído: “Soy donante. No me gusta que me den”.

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Un trastero muy concurrido

Un martes al regresar del trabajo, Manuel, uno de los porteros de mi casa me grita:  María, hay un paquete para ti. Me detengo en seco, arqueo las cejas y me digo, “qué demonios, si no he comprado ningún libro”. Espero amable frente al cristal de la portería la caja sorpresa y ya en mis manos veo que el remitente es mi ex marido. “El paquete es grande. Promete. Pero pesa muy poco”, pienso. En un duelo de protagonismo entre el arqueo de las cejas y el rigor mortis de mi sonrisa le arranco a mi garganta un amable gracias. A estas alturas de mi historia no es cuestión de meter al portero entre mi ex y yo.

¿Qué será?, pregunta mi cabeza en ese espacio temporal del ascensor hacia el sexto piso, el último, refugiada en el largo subir las plantas. “Calculo que tiene unos setenta centímetros de largo y unos cincuenta de alto. Un paquete así debería pesar más”, apunta mi lado racional. “Sin duda un diamante no es”, me dice mi lado socarrón. “¿Se ha arrepentido de las falsas promesas? ¿De las mentiras? ¿O se acuerda ahora después de ocho años de los buenos momentos y quiere volver?”, piensa mi estúpido punto romántico -Dios sabrá cómo da señales hoy tratándose de quien es y con todos sus antecedentes-.

El ascensor se detiene sin interrupciones en la sexta planta. “Hemos llegado”, coincidimos todos en mi cabeza. Doy un salto hasta la puerta de mi casa, dos vueltas a la llave y me lanzo a buscar unas tijeras para romper ese precinto que guarda todas las respuestas. Dentro de la caja de cartón aparece ante mis ojos otra caja, ésta con forma de corazón y fabricada con algo que parece latón. “Si no fuese por la diferencia de formato y de textura pensaría que estoy jugando a las matrioskas”, dice mi lado irónico, que calla, prudente, al escuchar la entrada de un mensaje de WhatsApp.

Es de Nieves, la hermana de mi ex -con la mantengo algunas confidencias y muchos sentimientos en lo que se refiere a él; estos hermanos realmente se odian-. El mensaje dice textualmente: “Hola María, le he dicho a mi hermano que te envíe las cenizas de mi madre para que yo pueda recogerlas cuando vaya a tu casa dentro de un mes. Iré a esparcirlas en el mar con mi tía, donde las de mi padre. Guárdalas, por favor, en tu trastero, hasta que vaya”.

Con las cejas relajadas y la cabeza despejada vuelvo a poner a la falsa matrioska en su sitio. Retomo el ascensor y bajo al trastero en compañía de un demonio cabrón que se ríe de mí a carcajadas en mi mente. Ya en el trastero reparo en las cajas que todavía conserva Nieves ahí, de cuando hizo la mudanza a Inglaterra tras la muerte de su padre.

“Si la memoria no me falla”, me digo, “entre estas cosas todavía quedan algunas cenizas de Jaime” -mi ex suegro- “en una lata de cerveza en la que la hoy presente en el corazón de latón quiso conmemorar la afición por esa bebida de su marido”.

Me sonrío pensando en el cementerio improvisado en mi trastero, en el que ni sus hijos seguramente han reparado, y escucho cómo mi lado irónico le dice al demonio de marras: “Esto se merece un brindis por el único verdadero amor que hemos conocido, aunque sólo queden ya de él unas cenizas”.

Frankenstein

Julia sale de la Filmoteca conmovida por esa historia que había visto ya de niña. Tantas veces. Con sus hermanos.

En el camino a casa le vienen recuerdos de sus terrores nocturnos, a dos metros de la habitación de sus padres. Se sonríe ahora pensando que entonces podía solucionar esa angustia que despierta la oscuridad trayendo a monstruos imaginarios -pero tan reales en la infancia- con un cubrirse la cabeza.

Se sonríe de nuevo rememorando los juegos inocentes con sus hermanos. Cuando se quedaban solos en casa y se cobijaban en las faldas de la mesa por protegerse de esas amenazas desconocidas de las que les hablaban los mayores. Recuerda que, entonces, salir de ese cobijo expulsado por las manos de cualquiera del grupo era el mayor terror que uno podía concebir. Pero detrás de ese sentirse fuera del círculo protector también estaban las risas explosivas, por la facilidad de volver al puñado apretujado y seguro entre las patas de una mesa camilla. Con los tuyos.

Interrumpen sus reflexiones sobre la infancia traída por el monstruo-víctima una voz en alto dirigida a ella: “Ven tú pa´aquí mamita que tengo yo un sofá muy lindo para compartir contigo”.

No se atreve a mirar a quien lo dice. Es consciente de que está en una plaza vacía, de madrugada, y sola, y que la voz tiene mucha compañía. La sonrisa se muda en rictus y el corazón hace músculo por su cuenta.

Mira el suelo y aprieta el paso. Mira el suelo con la misma concentración que ponía en el subir la sábana hasta el cuello. Y en el volver a la falda de la mesa.

Y también, como entonces, la protección funciona. Aunque este saberse a salvo se hace mucho más de rogar. Las calles tienen más oscuridad, más silencio y más metros que cualquier habitación de una familia de clase media. Por numerosa que sea.

 

 

Las imágenes son para adorarlas

Un comienzo de los que marcan. De esos en los que hay risas en las miradas y mil expectativas en el aire. En los que al trapicheo de gustos compartidos les sucede en la cabeza un ¡Te encontré! Así tan alegremente retratamos a veces al otro sin dejarle ni pestañear. ¿Quién es él para opinar?

En el coincidir de desayunos, comidas, cenas y camas la imagen empieza a temblar. Y el otro se empeña en hacerse más evidente. Y por centrarnos en la foto fija que nos hicimos de él sin pedirle cuentas vamos perdiendo la capacidad de apreciar a la persona a la que, para colmo, pedimos mil explicaciones. Y con tanta confusión de personalidades entre la que tú quisiste que fuese, la que realmente es, la que tú eres y la que él pensó de ti y no se cumplió lo mandamos todo al carajo. Tan alegremente como nos aceptamos al principio.

Con el tiempo uno de los dos (o quizás los dos) miran las fotos de los momentos compartidos. Y empiezan a ver a la persona. Como quien escribe es mujer y no sabe qué le pasa a los hombres por la cabeza (y mucho menos a las imágenes que nos hacemos de ellos) pongo aquí lo que piensa ella: me gusta casi todo de él, pero es que esto… Es tan, tan guapo en todo menos… Y además en esto me recuerda a… y yo dije que nunca más alguien así.

En la sucesión de los días y los meses ya es todo echar de menos, mirarle en ese chivato que es la carpeta de momentos felices del móvil, pensarle, como persona, y querer estar ahí de nuevo. Escuchándole sin interferencias. Y quitando hierro a lo que hacía temblar la imagen perfecta. Pero ya no está.

Quizás comprendió que no puede estar a la altura de ese ideal que me hice de su persona. Quizás él también llora una imagen que no se le cumplió. O quizás es que ahora sí es consciente de que nos hemos convertido en imagen, en esa única foto fija que nunca nos contradice que es la de los buenos recuerdos. ¡Y da tanta pena estropearla!

Por el puto diez por ciento

Un domingo cualquiera, una mujer cualquiera con cualquier hombre.

Se encuentran por cualquier circunstancia en un momento en el que hay cero por ciento de palabras dichas, pero si ha surgido una historia como para escribirla es porque se han despertado mil sensaciones y mil expectativas.

De repente y sin saber por qué se impone una necesidad de agradar y de ir sumando porcentajes, así tan alegremente y a ciegas se sellan los primeros momentos de cualquier relación de esas que abrazamos y confundimos con el amor. Sólo porque hemos sentido un “quiero más de ti”.

Un quiero más de ti que es un conocerse, respetarse y aceptarse en los desencuentros. Como aceptamos a los buenos amigos. Pero en el amor esa aceptación es un quiero más encuentros con coincidencias. Y así no funciona la cosa.

Por esa necesidad de coincidencias uno pide y el otro cede. Total un diez por ciento, piensa quien exige. Total, por un diez por ciento, se dice, quien cede.

Y sin saber cómo, ese diez por ciento suma un veinte, un treinta, un cuarenta, un cincuenta, un sesenta, un setenta, un ochenta y un noventa. Y llegados aquí todo estalla. No se sabe bien por qué, pero el cediente dice basta.

El que pide no lo entiende. Si todo había sido tan fácil hasta aquí. El que cedió siente que por qué ahora ya no. Y se fustiga. Y se culpa. No lleva la cuenta.

Sólo tiene una frase en su cabeza: ¿Yo te gusto?

Hasta ahora sí, -dice el exigente-.

Tú siempre me has gustado -dice el cediente-. Sabía que había solo un puto diez por ciento de cosas en común. Y tenía ganas de aprenderlas -dicho esto se sienta en el camino a reflexionar cómo llegó allí. Sólo alcanza a ver al exigente marchándose aprisa. Hasta que se difumina su figura y ya todo es camino-.

Mi pozo apacible

Tengo un apacible pozo que me protege cuando me duele la vida. Es un espacio sin horizontes, pero también sin medidas que me opriman porque nunca exige nada a cambio.

Un refugio que detiene el resto del mundo que no me gusta. Y que me deja ser a mi antojo.

Si tuviera que hacerle un reproche, sólo le diría que es un espacio en exceso complaciente, porque en él sólo estamos nosotros. Y en ese nosotros yo pregunto y él siempre calla y escucha sin inmutarse ante la contradicción de los diferentes puntos de vista que me suceden.

Ese yo y ese espacio que es refugio y escucha hemos formalizado un pacto no hablado por el que dejamos que algunos días y por breves momentos, algún alguien perturbe esa paz. Porque los dos sabemos que son personas que no podemos detener.

A veces nos asusta pensar que llegue un día en el que tengamos que romper ese pacto de refugio y preguntas sin respuestas, si un tercero que esperamos y negamos al mismo tiempo, nos aleja. Sin lógica alguna. Pero es un miedo controlado, porque los dos sabemos que siempre volveremos a buscarnos, aunque sea a menos ratos. Así de fuerte es ese pacto no hablado ni escrito.

Si ni él ni yo hemos puesto reglas, es porque los dos nos conocemos bien. Mi pozo sabe que no puede refugiarme si llueve fuerte. O si lloro en exceso. Porque el caudal de tanta corriente me impulsaría fuera de él. Sabe también, porque me conoce, que no podría quedarme habitando complacientemente en un cubículo tan estrecho y sin perspectivas, salvo a ratos.

Por eso a veces me pone escaleras para que salga a la vida. Y las retira alegremente cuando comprende que necesito su refugio. Sabe que nada ni nadie puede sustituirle. Porque siempre hemos estado juntos. Desde que tengo conciencia de la vida. Quizás porque me consiente. Quizás porque no pide nada. Quizás porque cuando estamos juntos es cuando realmente somos. Él refugio y yo persona. Él sin preguntar y yo hablando. Quizás es así como se forjan las únicas relaciones que perduran.

Puentes

Aprendí la importancia de los puentes en una guerra que no era la mía. Una crónica de la guerra entre hermanos. Una guerra civil que retrató divinamente en una crónica hecha novela como es Territorio comanche un periodista al que después no he sentido la necesidad de seguir. Porque creo, presupongo, sin contrastar la idea, que ahí puso lo mejor del oficio de periodista-escritor. Y como escritor me atrae bien poco.

En esa divina crónica de guerra que escribió Pérez Reverte en el 94 contaba la obsesión por grabar la voladura de un puente. No la imagen de las víctimas o las casas en ruinas que dejan de ser hogar y gente a la deriva o que ya no tienen a quien acoger. Los puentes hechos pedazos. Como metáfora de vencer. Rotos los puentes no hay camino.

Años después una amiga me dijo que yo siempre tendía puentes. Pero eso no le impidió dinamitarlos de golpe sin venir a cuento. Supongo que necesitaba fuegos artificiales ese día. Sin más.

Por recomponer el puente respondí a su exabrupto: “Ya lo hablaremos, que no es el momento”. Y como respuesta, más dinamita porque sí.

Tiempo más tarde mi amiga necesitaba cruzar un río y buscó un puente que no se había reconstruido. Y encontró piedras. A veces somos capaces de convertirnos en piedra, por sujetar la fuerza de la corriente. Y hasta lo conseguimos.

Estos días pienso en otros puentes que he tendido. Y que han dinamitado con el silencio. Sin tracas ni aspavientos. Y el resultado es el mismo. El no camino.

Sé que volveré a tender puentes. En nuevas guerras, con personas nuevas o viejas que buscan lo que hay al cruzar el puente y no un atajo para sortear la fuerza del agua que es a veces su vida.

Sé también que el puente se hará pedazos muchas veces. Y que volveré a ser piedra por no romperme. Y por permanecer, para quien tenga ganas de recomponer lo que voló sin pensar. Y pisar sobre seguro.

Celebración de una persona

A veces y solo a veces, confío en las personas. A veces y solo a veces hay personas que son y prefieren ser personas a un personaje admirado.

La mayor de las veces, las personas quieren y no pueden. Por eso los egos, que son la negación de uno mismo que más atrae a otras personas.

A veces y solo a veces, conozco alguna persona que me fascina. Y esas pocas veces, es alguien que no se marcha fácilmente de mi vida.

A veces y solo a veces, me gusta más alguien cuanto más la conozco. Y es entonces cuando, a veces y solo a veces, quiero a alguien.

A veces y solo a veces, también dejo de querer. Pero esto ya es más por imposición propia ante la torpeza ajena. Y duele. Y nada tiene que ver con ese a veces de descubrir y disfrutar e instalar en tu vida.

A veces y solo a veces, quiero que alguien se quede para siempre. Y no suele ser un amante, sino una persona sin más.

Entre esas pocas veces que me suceden, hay alguien recurrente desde hace muchos años: Uchi, amiga, madre y mujer de bandera. 

A veces  y muchas veces, celebras en privado lo que sientes de verdad. Como tantas veces amplificas lo que no sabes si…

A veces  y pocas veces puedes celebrar algo así en público: Feliz 73 cumpleaños. Desde la admiración de la persona, no del personaje que odia y no es.

A veces, muy pocas veces, dices felicidades desde la soledad de saber que esto nunca lo van a leer. Desde la seguridad de que nos reencontraremos todas las semanas. En las clases y en las cañas. Y en el cariño, todos los días.

A veces y solo a veces, suceden personas extraordinarias. Y es extraordinario que estén en tu vida. A veces, hay mujeres así: https://www.youtube.com/watch?v=rCr4QY6i7kQ

A veces y solo a veces, dices olé  a la vida, sin más.

Sólo a veces. Y muy pocas veces.

La vida de otros

Cierto, si eres un lector cinéfilo ya me estás reprochando que el título de este intento de relato se parece al de una peli, pero tengo que matizar que no es exactamente igual. La película era La vida de los otros y en mi defensa diré que ni me he inspirado en ella ni he caído en su argumento hasta que me has recriminado la coincidencia del título. Además, nada de lo que voy a contar aquí tiene que ver con el espiar a quienes son felices para delatarlos ante un régimen comunista, fascista o como quieras llamar a cualquier tipo de gobierno que espía y acusa a personas libres.

En un país libre como el mío y con Internet a su alcance, ¿quién puede aceptar ser quien no es?

Esta vida de otros es la historia de María, y de Carlos, y de Chema, y de Jorge, y de Ana, y de Pedro y de tantas personas con nombre y apellidos reales que se relacionan libremente en las redes sociales. Internet no permite censuras. Cada uno dice lo que quiere, siente y piensa, aunque en realidad no sepan lo que quieren, sienten y piensan en toda su vida. Así de libres son.

María en Twitter se llama @damanegra y se dedica a hostigar a los hombres. Una costumbre que a la mayoría les pone muchísimo, sin caer en que no podrían estar con una mujer así ni aunque viviesen seis vidas. Ah, pero el placer de pensar en compartir un ratito con esa mujer de armas tomar. Con esa @damanegra que realmente tiene nombre de virgen. Su calvario.

Carlos es @durocomoelacero y, aunque lleva ya unos cuantos desengaños amorosos que le consumen por dentro, insiste en su personaje de a mí las mujeres plin. Con ese mensaje no tendría mucho éxito, por eso se esmera en poner fotitos sexys pavoneando lo que el intelecto no da.

Chema es un machista de esos de las tías sólo sirven para follar, sabe que si dijese lo que piensa no se comería una rosca, y va de romántico. Su nick: @suavecaricia hace soñar a sus 60.000 seguidoras cada día. Y quizás a algunos hombres que miran y callan.

Jorge no tiene nada que ocultar. Es de esas raras personas que si las escuchas hablar en redes y con unas cañas mantienen el mismo discurso. En Twitter se hace llamar @jorgelopez.

Ana es una romántica. Y le encanta compartir frases bonitas en sus tuits. Ni qué decir tiene que es de las personas de más éxito entre hombres y mujeres. Que sí, que también muchos hombres son unos románticos del copón. La de tuits y retuits que tiene @anita.

Y Pedro, joder con Pedro. Cuando se enfada con el mundo se dedica a soltar todo lo que le viene a la boca. O mejor dicho a los dedos. @tuhiel tiene tantos fans como gente que le odia.

María, Carlos, Chema, Jorge, Ana, Pedro y los demás personajes libres de esta vida de los otros andan conectados al libre albedrío del TL de Twitter. Se leen las frases ocurrentes que son una vuelta de tuerca a ideas sabidas, celebran en la intimidad los me gusta propios y ajenos; pero sobre todo los RT, ese gran acto de valentía en público.

Como en todas las relaciones, María, Carlos, Chema, Jorge, Ana, Pedro y los demás también tienen sus desencuentros. Entre ellos y con otros. En público y en privado. Tan en serio se toman su vida de otro y de los otros. Pero en general su vida transcurre alegremente entre FAV y RT y algún DM que no vamos a revelar aquí porque son eso, privados.

Entre ellos se mantuvo siempre una ilusión de cordialidad y enfados controlados hasta que un día nuestra romántica Ana, uno de los seres más dulces de Twitter, compartió por equivocación y sin prestar atención (tuiteaba frases profundas mientras veía cosas insustanciales en la tele), retuiteó, digo, una frase infame para la conciencia colectiva. Tenía la fea constumbre de seguir a gente con la que no conectaba mentalmente, por la curiosidad de saber cómo piensan quienes no piensan como ella. Por la necesidad de ampliar su mundo y no quedarse en el compartir lo mío y yo y qué bueno es todo el que piensa como yo. Así de libre es/era.

María siguió viendo su película tranquilamente mientras su TL se incendiaba con amenazas y su cuenta de seguidores se aligeraba a un ritmo de uno menos por segundo.

Entre tanto ella se reía de la chorrada de película que veía: La ola, un experimento en un instituto que pretendía demostrar que ahora sería imposible que el fascismo volviese a suceder. Y que si eres tan cinéfilo seguro conoces y has visto.

También, seguro, recordarás que quien quiso demostrar que la gente necesita seguir y sentirse parte del grupo, que es algo que siempre ha dominado al ser humano, acaba siendo repudiado por sus propios seguidores, porque se niega a ser líder de nadie. Y no hay mayor traición que dejar a la gente al libre albedrío.

Cuando termina la película María sonríe y piensa: “¡Qué buena historia! Menos mal que es sólo eso, una historia”. Se conecta a Twitter y lee unas frases que no puedo reproducir aquí por pudor: frases odiosas, amenazantes, ofensivas… en un TL que todo había sido FAV y RT y buena onda. Entre ellas también hay muchas de Carlos, de Chema, de Jorge, de Ana y de Pedro. Y ningún mensaje privado. Es un apaleamiento público en toda regla. María se siente triste por un segundo. También siente rabia y desconcierto. Siente y piensa muchas cosas en unos instantes, pero se vuelve a acomodar en el sofá y busca en su disco duro una peli clásica: El largo y cálido verano. Apaga el móvil, mira, cree y comprende por qué los clásicos nunca mueren.

El día que aprendí a mentir

Acababas de abrir los ojos y ya sabía que me lo ibas a joder todo. Aún así te recibí con una sonrisa. Me habían preparado para tu llegada durante meses. Lo bonita que iba a ser nuestra amistad. La de cosas que íbamos a compartir. Lo bien que lo íbamos a pasar juntos. Y yo, la verdad, no sé lo que sentía exactamente, ¡era tan pequeña! Pero recuerdo perfectamente que no me encajaba nada esa exaltación de un cambio en una vida que para mí era perfecta.

Con esas exigencias, y a pesar de sentirme tan mal, te recibí con una pública sonrisa. Sintiendo, por dentro, que no era lo suficientemente buena para ellos; tan incapaz de compartir su felicidad. Y entre la necesidad de agradar y lo que de verdad necesitaba, explotando por dentro: ¿quién eres tú para quitarme la atención que me pertenecía?

Crecí con ese exabrupto interior. A tu lado. Y tú al mío. Midiéndonos cada día. Año tras año. Aprendiendo lo que es sonreír con rabia. Sin compartir más que la competición de la atención. Una competición que miraban con benevolencia papá y mámá, que nunca asistieron a esa violencia contenida de la infancia que se resume en un destrozar tu goma de borrar con un cutter.

Y nos hicimos mayores. No voy a decir que crecimos juntos, porque esa palabra, crecer, se ha envuelto de una positividad que no tiene que ver con lo que estamos hablando de nosotros. Digamos que estiramos más allá del metro setenta. Tú unos centímetros más, a pesar de los dos años de distancia que te llevaba. Para joderme, estoy segura. Creciste más que yo por provocarme, fijo.

Yo no sé si tú me odiabas como yo a ti. Supongo que sí. Porque de otra forma no puedo comprender ese afán por ningunear mi vida con tus sonrisas de nene bueno. Ni tu complacencia con papá y mamá, siempre tan buen hijo, siempre tan comprensivo y sonriente. Y yo tan rebelde y tan enfadada con la vida. Tan fuera de mi pequeño jodido mundo desde tan temprano, que también me revolví contra ellos, por consentirte y consertirlo.

Y ahora me miras desde esa cama, con esa expresión vacía, como si la cosa no fuese contigo. Con esa callada soberbia que siempre empleaste conmigo. Bueno, al menos hoy tienes la excusa de esos tubos que pueden conservar tu muerte de por vida. Y me das la oportunidad de que por una vez, una sola vez en estos treinta años, sonría de verdad ante las atenciones de ellos hacia ti.