Ni un ahorcado puede aguarnos la fiesta

Apenas han transcurrido diez minutos del venir de los vecinos fisgones y del irse la ambulancia y nuestros personajes ya están exhaustos de realidad. De la realidad del campo. De la realidad de la vida.

Para unas personas tan instruidas como ellos, gente de ciudad, hay un mantra que todo lo puede: “Lo que te pasa en la vida sólo depende de ti. Sé positivo”. Y eso es tan verdad para ellos como lo es la multiplicación de panes y peces para los católicos.

César, el más adicto a ese mantra que intenta estrechar la vida, echa a los vecinos con un certero  “se acabó el espectáculo” y en cuanto se quedan solos propone asar las chuletas que han comprado en el camino y descorchar ese vino del lugar que tanto promete. De esos ecológicos, tan llenos de sabores sin adulterar.

-Te ayudo con la lumbre, -dice María-, deseosa de participar en la liturgia de cualquier cosa que le aparte de sus pensamientos.

José permanece impasible en su sitio. En su cabeza repiquetea como el sonido de un martinete el ruido seco del cuerpo al caer sobre la tierra. Y la vergüenza de la reanimación desesperada con la ayuda de Juliana, la mujer del ahorcado.

El muñeco con el que había practicado un boca a boca en el curso de primeros auxilios no le había preparado para esa prominente lengua, tan rígida, tan seca y tan falta de sabor a nada conocido. Y tras un exceso de empujones rítmicos en el pecho fue la propia Juliana quien se ofreció a soplar. Se vio, así, de repente, miserablemente dirigiendo una operación que sabía era de vida o muerte: sople cuando dé cuatro empujones. Uno, dos, tres, cuatro, sople. Uno, dos tres, cuatro, sople. Uno, dos, tres, cuatro, sople.

Fue él quien llegó primero junto al árbol, siguiendo las indicaciones de la mujer que corría tras él con un cuchillo en la mano gritando: “El Ignacio se ha ahorcado”.

-¿Qué puede llevar a alguien a hacer algo así?, verbaliza en alto María, irrumpiendo en la cabeza del amigo.

José se limita a emitir un gruñido mientras observa a los otros dos sentarse alrededor de la mesa, ya tan alegremente dispuesta. A la media hora del comer pausado en silencio y la segunda botella de vino a medio acabar César dice:

“El hombre tenía un lío con la morena de enormes pechos que no paraba de llorar. Sí, ya sé que es más joven que él, pero un hombre es un hombre y en el campo más. Por la diferencia de edad, la conocía desde niña. Y vive justo en la casa de al lado. Imaginad la tentación para él, ya con más de 50, viendo cómo se marchita el cuerpo de su mujer, mientras ve florecer día a día a una morena así. Las curvas incipientes que no alcanza a cubrir el vestidito vaporoso del verano. La sonrisa tímida que sigue a las primeras adulaciones masculinas. Los regalos a escondidas, para ganar la confianza. Y así durante años, hasta que un buen día la encuentra bañándose en el río a solas y la imagen desata toda esa urgencia reprimida”. César se detiene de repente, mira a su alrededor y calla ante la mirada severa de María, su mujer.

“Estaba abrumado por las deudas”, sentencia María. “La crisis ha interrumpido el trapicheo de turistas rurales y el trabajo del campo hace ya mucho que no da para pagar los gastos. Siente que ya no sirve para nada. Que ese mundo ya no es su mundo. Que ni siquiera puede ofrecer una madurez serena a su pareja, a la que quiere a su manera. Y prefiere acabar sus días así a enfrentarse a ella y reconocer: “No tenemos futuro”.

Antes de que María pueda ver la mirada asustada de César tocan a la puerta. Es la Guardia Civil acompañada de la morena, que pregunta por José.

– Los médicos dicen que mi padre ha muerto por accidente -le espeta ella sin un hola buenas noches-. Se le enredaron los pies en los cables que utilizaba para pasar las vacas de un pasto a otro. He venido por mi madre, que estaba preocupada por usted.

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En torno a una vela

Hay una imagen recurrente de mi infancia que me asalta de cuando en cuando: la de mi familia numerosa en torno a una vela cuando se iba la luz.

Mis padres y mis cinco hermanos junto a mí, improvisando el momento con la resignación ante esas cosas de entonces, cuando no había ni la posibilidad de levantar el teléfono y pedir una explicación a la compañía telefónica. Tocaba esperar a que lo resolviesen y podían tardar horas en hacerlo.

A menudo en esa improvisación entraba un tablero de ajedrez. Y frente a él mi hermana pequeña y yo. Las peores partidas para mí. Seis pares de ojos observando tu jugada en lugar de ese fijar la atención sobre el dado caprichoso que era para mí el parchís. Y que, sin embargo, también se tomaban ellos tan en serio. El parchís es un juego de estrategia, decían. Pero también hay una gran dosis de suerte y tres compartiendo la derrota, pensaba y callaba, divertida.

En mi familia me educaron para ganar. Y así es como todos entendían el juego y la vida. Sin luz, esa necesidad de demostrar que puedes vencer a otro era más acuciante para ellos. No para mí. Recuerdo que comprendía la exigencia. Recuerdo que a veces me concentraba en el empeño por dar de mí lo que se esperaba por mi condición de hermana dos años mayor que la otra, pero ni aún así reunía la suficiente ambición para entrar en esa supuesta demostración de inteligencia que no iba conmigo.

No voy a detallar los retos que yo me puse en el camino. Los míos. Y que superé y disfruté al alcanzarlos. Incluso algunos que no pensé y que me saltaron al paso. Los vencí y los compartí, ansiosa. También hubo derrotas. Decepciones que lloraba con esa frustración desmesurada que nos provoca la vida cuando somos jóvenes. Un notable en lugar de ese sobresaliente que era la meta personal. Y que nadie exigía. Al contrario. Todos se sentían orgullosos de esa nota. Menos yo.

Quizás en el fondo soy un producto de esa educación de presiones y asaltos en un ring entre egos desmedidos que puede ser a veces la familia. Y yo, siempre tan exigente, necesitaba un lugar más grande y nuevas personas con las que medirme.

Hoy me he quedado sin conexión a Internet, o eso parece. En realidad no lo he comprobado mucho. Me he resignado a ese disfrute improvisado de un silencio sin extraños que me entretengan al otro lado. Y así he caído en la cuenta de cuanto echo en falta la vela, las personas y el tablero de medirme en un juego inocente.

Las imágenes son para adorarlas

Un comienzo de los que marcan. De esos en los que hay risas en las miradas y mil expectativas en el aire. En los que al trapicheo de gustos compartidos les sucede en la cabeza un ¡Te encontré! Así tan alegremente retratamos a veces al otro sin dejarle ni pestañear. ¿Quién es él para opinar?

En el coincidir de desayunos, comidas, cenas y camas la imagen empieza a temblar. Y el otro se empeña en hacerse más evidente. Y por centrarnos en la foto fija que nos hicimos de él sin pedirle cuentas vamos perdiendo la capacidad de apreciar a la persona a la que, para colmo, pedimos mil explicaciones. Y con tanta confusión de personalidades entre la que tú quisiste que fuese, la que realmente es, la que tú eres y la que él pensó de ti y no se cumplió lo mandamos todo al carajo. Tan alegremente como nos aceptamos al principio.

Con el tiempo uno de los dos (o quizás los dos) miran las fotos de los momentos compartidos. Y empiezan a ver a la persona. Como quien escribe es mujer y no sabe qué le pasa a los hombres por la cabeza (y mucho menos a las imágenes que nos hacemos de ellos) pongo aquí lo que piensa ella: me gusta casi todo de él, pero es que esto… Es tan, tan guapo en todo menos… Y además en esto me recuerda a… y yo dije que nunca más alguien así.

En la sucesión de los días y los meses ya es todo echar de menos, mirarle en ese chivato que es la carpeta de momentos felices del móvil, pensarle, como persona, y querer estar ahí de nuevo. Escuchándole sin interferencias. Y quitando hierro a lo que hacía temblar la imagen perfecta. Pero ya no está.

Quizás comprendió que no puede estar a la altura de ese ideal que me hice de su persona. Quizás él también llora una imagen que no se le cumplió. O quizás es que ahora sí es consciente de que nos hemos convertido en imagen, en esa única foto fija que nunca nos contradice que es la de los buenos recuerdos. ¡Y da tanta pena estropearla!

Los extraños éramos los otros

Te había visto ya antes. Estoy segura. Porque tu físico no es algo que se olvide fácilmente. Pero no te presté tanta atención como el otro día, en Malasaña.

Me fijé primero en tus piernas. Piernas y culo de mujer, que tan bien marcaban tus leggins. De espaldas, una mujer con cuerpazo.

Estabas delante de mí. A la espera del concierto. Yo sentada en el suelo, con una amiga. Y tú de pie. Por eso podía apreciar tan bien tu culo y tus piernas.

Mi amiga y yo hablamos con alguien que parecía que iba contigo. Acariciamos a su perra, tan hermosa. Una perra grande, de pelo negro y brillante. Una perra mimada.

Los dos teníais un aspecto raro. Por eso nos fijamos (sí mi amiga también) en vosotros. De los tres, si es que érais tres, y no tú sola, la más “normal” era la perra.

Sin remedio pensé que ser alguien como tú era una gran putada en la vida. Tan andrógina. Tan rara. Tan diferente. Y que estabas condenada a la soledad.

Cuando empezó el concierto, mi amiga me dijo: mira, está cantando el dueño de la perra. Mira cómo le mira, tan atenta. Qué bonita. Qué lista.

De repente tu extraño acompañante era el protagonista de la fiesta. De las fiestas de Malasaña. Mientras tú cuidabas a su perra. “Sí, parece que son pareja. Dos soledades que se juntan”, me dije. Pensé.

Tu acompañante volvió a tu lado al acabar su canción. Sólo era un artista invitado por el grupo. Pero artista al fin y al cabo. Cantaba bien.

Con la música me distraje ya de ti, de vosotros, y me dejé llevar por la buena onda del espacio compartido en la plaza. Hasta que de repente el grupo dijo que iba a cantar una canción dedicada a la amistad. Y que si teníamos un amigo, de verdad, cerca, lo abrazásemos.

De las filas de atrás se lanzó impulsiva una chica guapa, divertida y alegre. Y os acaparó en un efusivo abrazo a tu indeterminada pareja y a ti. Y cantasteis los tres juntos, locamente, celebrando la amistad.

No, no estabas tan sola ni eras tan extraña. Supongo que quienes te conocen ni se plantean ya si eres hombre o mujer. Simplemente eres persona y tu nombre, el que hayas escogido, elimina la duda.

Quizás los extraños somos los otros. Los que no hemos tenido que elegir quiénes somos y qué queremos de verdad. Y seguimos esforzándonos por encajar en este puzzle que es la sociedad y en el que, en realidad, todos somos piezas sueltas. Y sólo encajamos por casualidad.