Cuidado, viene un ego

Sí, mucho, mucho cuidadito porque vendrá disfrazado de muy buenas maneras. Se mostrará absolutamente encantador desde el principio. Te colmará de más atenciones de las que pides y necesitas. Se lo dirás, tampoco es necesario que… pero insistirá. Te adula, para que le adules. Sabe que así siempre gana su primera partida.

Luego empezará con las pequeñas críticas y te sentirás en la obligación de escucharle y agradarle por corresponder a esas atenciones que no pediste. Siente que sigues entrando en su juego. Se crece.

Cuando intentes expresar lo que quieres, sientes, piensas, sin la ayudita de él, te atacará. Qué ingrata y torpe eres. ¡Si yo soy un chollo para cualquiera! Se empieza a encoger y golpea más fuerte.

Si eres un poco inteligente, a estas alturas te saltarán mil alarmas por dentro. Bueno, si eres inteligente, te saltaron desde el principio, pero los halagos se inventaron para los corazoncitos. Y en ese rincón de tu persona poco tiene que hacer la inteligencia.

Con el tiempo llegarán los bostezos. Te empiezas a sentir como cuando en el cole te obligaban a leer las proezas de El cantar de mio Cid y tú te ríes demasiado con los personajes infames del Philip Roth de El teatro de Sabbah.

Y así, sin resistencia, se marchará el ego. A la busca de un lugar más seguro donde reafirmar su exquisita persona.

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Las imágenes son para adorarlas

Un comienzo de los que marcan. De esos en los que hay risas en las miradas y mil expectativas en el aire. En los que al trapicheo de gustos compartidos les sucede en la cabeza un ¡Te encontré! Así tan alegremente retratamos a veces al otro sin dejarle ni pestañear. ¿Quién es él para opinar?

En el coincidir de desayunos, comidas, cenas y camas la imagen empieza a temblar. Y el otro se empeña en hacerse más evidente. Y por centrarnos en la foto fija que nos hicimos de él sin pedirle cuentas vamos perdiendo la capacidad de apreciar a la persona a la que, para colmo, pedimos mil explicaciones. Y con tanta confusión de personalidades entre la que tú quisiste que fuese, la que realmente es, la que tú eres y la que él pensó de ti y no se cumplió lo mandamos todo al carajo. Tan alegremente como nos aceptamos al principio.

Con el tiempo uno de los dos (o quizás los dos) miran las fotos de los momentos compartidos. Y empiezan a ver a la persona. Como quien escribe es mujer y no sabe qué le pasa a los hombres por la cabeza (y mucho menos a las imágenes que nos hacemos de ellos) pongo aquí lo que piensa ella: me gusta casi todo de él, pero es que esto… Es tan, tan guapo en todo menos… Y además en esto me recuerda a… y yo dije que nunca más alguien así.

En la sucesión de los días y los meses ya es todo echar de menos, mirarle en ese chivato que es la carpeta de momentos felices del móvil, pensarle, como persona, y querer estar ahí de nuevo. Escuchándole sin interferencias. Y quitando hierro a lo que hacía temblar la imagen perfecta. Pero ya no está.

Quizás comprendió que no puede estar a la altura de ese ideal que me hice de su persona. Quizás él también llora una imagen que no se le cumplió. O quizás es que ahora sí es consciente de que nos hemos convertido en imagen, en esa única foto fija que nunca nos contradice que es la de los buenos recuerdos. ¡Y da tanta pena estropearla!