Frankenstein

Julia sale de la Filmoteca conmovida por esa historia que había visto ya de niña. Tantas veces. Con sus hermanos.

En el camino a casa le vienen recuerdos de sus terrores nocturnos, a dos metros de la habitación de sus padres. Se sonríe ahora pensando que entonces podía solucionar esa angustia que despierta la oscuridad trayendo a monstruos imaginarios -pero tan reales en la infancia- con un cubrirse la cabeza.

Se sonríe de nuevo rememorando los juegos inocentes con sus hermanos. Cuando se quedaban solos en casa y se cobijaban en las faldas de la mesa por protegerse de esas amenazas desconocidas de las que les hablaban los mayores. Recuerda que, entonces, salir de ese cobijo expulsado por las manos de cualquiera del grupo era el mayor terror que uno podía concebir. Pero detrás de ese sentirse fuera del círculo protector también estaban las risas explosivas, por la facilidad de volver al puñado apretujado y seguro entre las patas de una mesa camilla. Con los tuyos.

Interrumpen sus reflexiones sobre la infancia traída por el monstruo-víctima una voz en alto dirigida a ella: “Ven tú pa´aquí mamita que tengo yo un sofá muy lindo para compartir contigo”.

No se atreve a mirar a quien lo dice. Es consciente de que está en una plaza vacía, de madrugada, y sola, y que la voz tiene mucha compañía. La sonrisa se muda en rictus y el corazón hace músculo por su cuenta.

Mira el suelo y aprieta el paso. Mira el suelo con la misma concentración que ponía en el subir la sábana hasta el cuello. Y en el volver a la falda de la mesa.

Y también, como entonces, la protección funciona. Aunque este saberse a salvo se hace mucho más de rogar. Las calles tienen más oscuridad, más silencio y más metros que cualquier habitación de una familia de clase media. Por numerosa que sea.

 

 

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¡Calla, apaga eso!

¿Quién no tiene unos vecinos con los que comparte ventanas con ropa interior entre cuerdas, ladridos de perro -el suyo- y música entre paredes -la mía-?

Entre mis muchos vecinos hay un matrimonio relativamente joven y relativamente atractivo. De esos que entre conversaciones insípidas siempre decimos que “se conservan bien”.

Mis vecinos “atractivos” tienen una hija a la que yo, inconscientemente y por una persona de mi adolescencia a la que apodaron otros -yo entonces no apodaba a nadie-, he convenido en llamar culo pato.

Mi culo pato vecina es rubia, de pelo liso, dientes salidos y una plataforma plana y ancha que sobresale de forma espantosa entre dos piernas flacas. Ni la reciente maternidad sorprendentemente temprana como para hacer abuelos a mis pijos y atractivos vecinos ha cambiado eso.

Sí, los sonidos compartidos. En diecisiete años de ventana contra ventana me han sucedido las riñas a la niña que reclama su derecho a ser niña. Las riñas a la adolescente educada que no estudia lo suficiente. Y ahora el llanto de los gemelos que no sabemos a quién salieron -todavía van sobre cuatro ruedas-. También desconozco si son niños, niñas o niña y niño.

Mis vecinos nunca me han hablado. Y por imitación yo tampoco a ellos. Somos de esos conocidos que se observan tras la mirilla. Más por evitar coincidir en el ascensor y la falta de conversación que por la curiosidad por la vida del otro.

Reflexionando sobre este suceder de su vida he pensado en cómo perciben ellos la mía. Antes un matrimonio sin ruidos. Salvo en la cama. Ahora una vida sin ruidos. Salvo en la cama. Aunque esta cama ahora es más pausada y más diversa. Y en algún milagro más gritona.

Mi casa la mayor parte del tiempo es silenciosa. Escribir no hace ruido, no molesta, no incordia. Las cosas que escribo se quedan en ese mundo privado que es un echarse pa alante sin reservas ante la certeza de que siempre te queda la tecla de borrar. Y hacer como que no te ha sucedido todo eso que te sucede cuando escribes y te lees.

Pero siempre entre tantos ratos de escribir y leer hay un ruido de tripas. Y en ese silencio es imposible ignorarlas. A veces acompaño ese momento de cuidar las tripas con música, mientras cocino. Y si ha entrado la primavera abro las ventanas de par en par y canto.

Aunque tú no lo sepas,

me he inventado tu nombre

me drogué con promesas

y he dormido en los coches

Otra.

De alguna manera tendré que olvidarte

fumo en la ventana

de los días grises

Otra

Lo escribes y lo rompes

no sabes ni por donde empezar

Otra, de otro

Y no me eches de menos

que el recuerdo es un veneno

yo vivo en la soledad con tanta gente que me da miedo

Otra

Sol

tu sexo que me da calor

Otra

estuve cerca del sexo en rutina,

estuve cerca de pecar con Dios,

luego hice el amor por las esquinas

y ahora mi vida es una canción.

Otra

Y añoro la complicidad del coche

buscando aparcamiento como quien buscaba aliento

y todos los semáforos en rojo eran puntos de derroche

Otra

Yo

que vivo en un infierno de

palabras contra la pared

Interrumpe los jirones de poesía un ruido seco de ventanas que se cierran tras un quejido femenino: ¡Calla, apaga eso!

Intuyo que culo pato y su marido se han llevado a los nietos. La comida está lista. Escojo una película para la siesta.

En torno a una vela

Hay una imagen recurrente de mi infancia que me asalta de cuando en cuando: la de mi familia numerosa en torno a una vela cuando se iba la luz.

Mis padres y mis cinco hermanos junto a mí, improvisando el momento con la resignación ante esas cosas de entonces, cuando no había ni la posibilidad de levantar el teléfono y pedir una explicación a la compañía telefónica. Tocaba esperar a que lo resolviesen y podían tardar horas en hacerlo.

A menudo en esa improvisación entraba un tablero de ajedrez. Y frente a él mi hermana pequeña y yo. Las peores partidas para mí. Seis pares de ojos observando tu jugada en lugar de ese fijar la atención sobre el dado caprichoso que era para mí el parchís. Y que, sin embargo, también se tomaban ellos tan en serio. El parchís es un juego de estrategia, decían. Pero también hay una gran dosis de suerte y tres compartiendo la derrota, pensaba y callaba, divertida.

En mi familia me educaron para ganar. Y así es como todos entendían el juego y la vida. Sin luz, esa necesidad de demostrar que puedes vencer a otro era más acuciante para ellos. No para mí. Recuerdo que comprendía la exigencia. Recuerdo que a veces me concentraba en el empeño por dar de mí lo que se esperaba por mi condición de hermana dos años mayor que la otra, pero ni aún así reunía la suficiente ambición para entrar en esa supuesta demostración de inteligencia que no iba conmigo.

No voy a detallar los retos que yo me puse en el camino. Los míos. Y que superé y disfruté al alcanzarlos. Incluso algunos que no pensé y que me saltaron al paso. Los vencí y los compartí, ansiosa. También hubo derrotas. Decepciones que lloraba con esa frustración desmesurada que nos provoca la vida cuando somos jóvenes. Un notable en lugar de ese sobresaliente que era la meta personal. Y que nadie exigía. Al contrario. Todos se sentían orgullosos de esa nota. Menos yo.

Quizás en el fondo soy un producto de esa educación de presiones y asaltos en un ring entre egos desmedidos que puede ser a veces la familia. Y yo, siempre tan exigente, necesitaba un lugar más grande y nuevas personas con las que medirme.

Hoy me he quedado sin conexión a Internet, o eso parece. En realidad no lo he comprobado mucho. Me he resignado a ese disfrute improvisado de un silencio sin extraños que me entretengan al otro lado. Y así he caído en la cuenta de cuanto echo en falta la vela, las personas y el tablero de medirme en un juego inocente.

El amor no tiene trajes

Mi madre nunca estuvo a dieta. Era una flaca indeseable para su época. Ninguna de sus hijas cabíamos en su traje de bodas. Un modelo de falda y chaqueta azul marino. Sencillo. Serio. Breve.

Lo recuerdo conservado en plástico, entre la maraña de ropa que ella guardaba en su armario y de la que yo sólo fui consciente cuando empezaron sus achaques y tenía que rebuscar en sus cosas para vestirla.

Nunca nos inculcó la importancia de ese momento que han retratado tantas veces en las películas románticas. Vestirse de blanco, como ejemplificación de la pureza del matrimonio y de un momento que marca una vida feliz. Quizás porque ella se vistió de azul y jamás buscó la exaltación de nada.

Se casó con un hombre estilo Clark Gable, duro por fuera, sensible por dentro. Un hombre que para mí, cuando niña, y como hija, y resumiéndolo en alguna conversación de hermanos, ha sido un estereotipo de padre que no abraza, que sólo riñe y que exige una perfección que, aún siendo niña, ya alcanzaba a comprender que no estaba en él.

No sé si mi madre tenía mil pretendientes cuando a sus 21 años dijo sí quiero. Jamás habló de eso. Sí de las andanzas de mi padre en los huertos. Siete años mayor que ella.

Si tengo que ser sincera, me cuesta imaginar a mi madre como una Scarlett O´Hara escogiendo marido, dejándose querer y adular. Y no por falta de belleza.

Sí la veo apasionada. Nos contaba a escondidas de mi padre las paradas en los viajes en medio del campo, la manta dispuesta siempre, para ese momento.

Recuerdo las risas en esas conversaciones. Su sinceridad, sin importar si éramos madre e hija.

Fue mi madre la que verbalizó ese amor entre ellos, que yo jamás vi en público. Ni una caricia, ni un beso, ni un te quiero. Nunca.

Mi padre lo dijo todo en silencio. O yo aprendí a escucharle así. Observando el no comer cuando ella estaba ingresada. Su falta de brillo en la mirada cuando se fue. Su necesidad de recordar cómo se conocieron y los comienzos tan duros, que jamás me habían contado ninguno de los dos.

Mi padre murió a los cinco meses de irse ella. Sin explicar nada. O explicándolo todo.

Cuidado, viene un ego

Sí, mucho, mucho cuidadito porque vendrá disfrazado de muy buenas maneras. Se mostrará absolutamente encantador desde el principio. Te colmará de más atenciones de las que pides y necesitas. Se lo dirás, tampoco es necesario que… pero insistirá. Te adula, para que le adules. Sabe que así siempre gana su primera partida.

Luego empezará con las pequeñas críticas y te sentirás en la obligación de escucharle y agradarle por corresponder a esas atenciones que no pediste. Siente que sigues entrando en su juego. Se crece.

Cuando intentes expresar lo que quieres, sientes, piensas, sin la ayudita de él, te atacará. Qué ingrata y torpe eres. ¡Si yo soy un chollo para cualquiera! Se empieza a encoger y golpea más fuerte.

Si eres un poco inteligente, a estas alturas te saltarán mil alarmas por dentro. Bueno, si eres inteligente, te saltaron desde el principio, pero los halagos se inventaron para los corazoncitos. Y en ese rincón de tu persona poco tiene que hacer la inteligencia.

Con el tiempo llegarán los bostezos. Te empiezas a sentir como cuando en el cole te obligaban a leer las proezas de El cantar de mio Cid y tú te ríes demasiado con los personajes infames del Philip Roth de El teatro de Sabbah.

Y así, sin resistencia, se marchará el ego. A la busca de un lugar más seguro donde reafirmar su exquisita persona.

Ese extraño que vino para quedarse

Siempre tuve una relación conflictiva con Javier, el marido de mi madre. El hombre que vino a enturbiar la única convivencia que yo había conocido hasta entonces. La de la exclusividad de dos mujeres solas.

(La llegada de Javier)

Javier nunca fue un padre para mí. Ni él lo pretendió ni yo le di oportunidad. En cuanto a las intenciones de mi madre cuando lo dejó formar parte de nuestra vida quién sabe. Jamás he hablado con ella de ese tema.

Desde que entró por esa puerta sagrada que había separado mi privado mundo infantil del resto, le odié con todas mis fuerzas. Y me dediqué a hacerle la vida imposible. Sin reparar en que mi propósito podía llevarse por delante el amor de mi madre hacia mí. Que yo había creído incondicional hasta entonces.

En esa causa que hice mía con apenas ocho años nunca pensé en mi madre. O quizás lo hacía todo el tiempo. En los momentos que me negaba por estar con él. En la complicidad de sus miradas cuando yo tenía otra rabieta. En las conversaciones nocturnas que llegaban como un susurro a través de los muros de la casa hasta mi cuarto. Pero, sobre todo, en la puerta cerrada de su habitación, ahora.

Fuera de la casa, la vida era diferente. Mi madre seguía llevándome al colegio y en el trayecto en el coche ella se interesaba exclusivamente por mis cosas: “Te he puesto en la mochila un bocadillo de Nocilla, que tanto te gusta”. “¿Sabes que estás destacando mucho en las clases de ballet y que la profesora tiene muchas expectativas contigo?”

Cómo disfrutaba esos pequeños triunfos que con tanto empeño me ganaba. Debo reconocer que, tras la llegada de Javier, me esforcé más en las clases de ballet, que yo no escogí, y que tanto odiaba, porque no soportaba esa competición entre las alumnas por destacar.

Esos eran los mejores momentos fuera de la casa. Lejos del abrigo de la mirada escrutadora de quienes yo sentía que podían influir en mi causa, todo se reproducía exactamente igual que entre esas cuatro paredes que ya no eran hogar.

Recuerdo un día que nos fuimos de viaje a París. Yo enfurruñada ante la exultante felicidad de ellos y resuelta a poner a prueba el amor de mi madre.

Cómo lo hice es otra historia. El resultado es que me vi de vuelta a España como un paquete cualquiera que debía recoger mi querida abuela materna.

(El anuncio de los gemelos)

Entre estos tira y afloja en los que se había convertido mi vida, otro suceso inesperado lo trastocó todo. Mi madre, esa joven viuda que para mí sólo era madre, llevaba en su vientre dos hijos nuevos. Los hijos de Javier.

Ahora no recuerdo bien cómo me tomé el anuncio de esas dos personas nuevas en mi vida. Sí la tensión de mi madre, al verbalizarlo.

(Mis hermanos)

Los hijos de Javier y de mi madre fueron mis hermanos desde el primer día que les vi. Yo no recordaba a mi padre y que él no formase parte de eso era lo de menos. Lo de más, era que la vida me traía nuevos aliados.