Ni un ahorcado puede aguarnos la fiesta

Apenas han transcurrido diez minutos del venir de los vecinos fisgones y del irse la ambulancia y nuestros personajes ya están exhaustos de realidad. De la realidad del campo. De la realidad de la vida.

Para unas personas tan instruidas como ellos, gente de ciudad, hay un mantra que todo lo puede: “Lo que te pasa en la vida sólo depende de ti. Sé positivo”. Y eso es tan verdad para ellos como lo es la multiplicación de panes y peces para los católicos.

César, el más adicto a ese mantra que intenta estrechar la vida, echa a los vecinos con un certero  “se acabó el espectáculo” y en cuanto se quedan solos propone asar las chuletas que han comprado en el camino y descorchar ese vino del lugar que tanto promete. De esos ecológicos, tan llenos de sabores sin adulterar.

-Te ayudo con la lumbre, -dice María-, deseosa de participar en la liturgia de cualquier cosa que le aparte de sus pensamientos.

José permanece impasible en su sitio. En su cabeza repiquetea como el sonido de un martinete el ruido seco del cuerpo al caer sobre la tierra. Y la vergüenza de la reanimación desesperada con la ayuda de Juliana, la mujer del ahorcado.

El muñeco con el que había practicado un boca a boca en el curso de primeros auxilios no le había preparado para esa prominente lengua, tan rígida, tan seca y tan falta de sabor a nada conocido. Y tras un exceso de empujones rítmicos en el pecho fue la propia Juliana quien se ofreció a soplar. Se vio, así, de repente, miserablemente dirigiendo una operación que sabía era de vida o muerte: sople cuando dé cuatro empujones. Uno, dos, tres, cuatro, sople. Uno, dos tres, cuatro, sople. Uno, dos, tres, cuatro, sople.

Fue él quien llegó primero junto al árbol, siguiendo las indicaciones de la mujer que corría tras él con un cuchillo en la mano gritando: “El Ignacio se ha ahorcado”.

-¿Qué puede llevar a alguien a hacer algo así?, verbaliza en alto María, irrumpiendo en la cabeza del amigo.

José se limita a emitir un gruñido mientras observa a los otros dos sentarse alrededor de la mesa, ya tan alegremente dispuesta. A la media hora del comer pausado en silencio y la segunda botella de vino a medio acabar César dice:

“El hombre tenía un lío con la morena de enormes pechos que no paraba de llorar. Sí, ya sé que es más joven que él, pero un hombre es un hombre y en el campo más. Por la diferencia de edad, la conocía desde niña. Y vive justo en la casa de al lado. Imaginad la tentación para él, ya con más de 50, viendo cómo se marchita el cuerpo de su mujer, mientras ve florecer día a día a una morena así. Las curvas incipientes que no alcanza a cubrir el vestidito vaporoso del verano. La sonrisa tímida que sigue a las primeras adulaciones masculinas. Los regalos a escondidas, para ganar la confianza. Y así durante años, hasta que un buen día la encuentra bañándose en el río a solas y la imagen desata toda esa urgencia reprimida”. César se detiene de repente, mira a su alrededor y calla ante la mirada severa de María, su mujer.

“Estaba abrumado por las deudas”, sentencia María. “La crisis ha interrumpido el trapicheo de turistas rurales y el trabajo del campo hace ya mucho que no da para pagar los gastos. Siente que ya no sirve para nada. Que ese mundo ya no es su mundo. Que ni siquiera puede ofrecer una madurez serena a su pareja, a la que quiere a su manera. Y prefiere acabar sus días así a enfrentarse a ella y reconocer: “No tenemos futuro”.

Antes de que María pueda ver la mirada asustada de César tocan a la puerta. Es la Guardia Civil acompañada de la morena, que pregunta por José.

– Los médicos dicen que mi padre ha muerto por accidente -le espeta ella sin un hola buenas noches-. Se le enredaron los pies en los cables que utilizaba para pasar las vacas de un pasto a otro. He venido por mi madre, que estaba preocupada por usted.

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Frankenstein

Julia sale de la Filmoteca conmovida por esa historia que había visto ya de niña. Tantas veces. Con sus hermanos.

En el camino a casa le vienen recuerdos de sus terrores nocturnos, a dos metros de la habitación de sus padres. Se sonríe ahora pensando que entonces podía solucionar esa angustia que despierta la oscuridad trayendo a monstruos imaginarios -pero tan reales en la infancia- con un cubrirse la cabeza.

Se sonríe de nuevo rememorando los juegos inocentes con sus hermanos. Cuando se quedaban solos en casa y se cobijaban en las faldas de la mesa por protegerse de esas amenazas desconocidas de las que les hablaban los mayores. Recuerda que, entonces, salir de ese cobijo expulsado por las manos de cualquiera del grupo era el mayor terror que uno podía concebir. Pero detrás de ese sentirse fuera del círculo protector también estaban las risas explosivas, por la facilidad de volver al puñado apretujado y seguro entre las patas de una mesa camilla. Con los tuyos.

Interrumpen sus reflexiones sobre la infancia traída por el monstruo-víctima una voz en alto dirigida a ella: “Ven tú pa´aquí mamita que tengo yo un sofá muy lindo para compartir contigo”.

No se atreve a mirar a quien lo dice. Es consciente de que está en una plaza vacía, de madrugada, y sola, y que la voz tiene mucha compañía. La sonrisa se muda en rictus y el corazón hace músculo por su cuenta.

Mira el suelo y aprieta el paso. Mira el suelo con la misma concentración que ponía en el subir la sábana hasta el cuello. Y en el volver a la falda de la mesa.

Y también, como entonces, la protección funciona. Aunque este saberse a salvo se hace mucho más de rogar. Las calles tienen más oscuridad, más silencio y más metros que cualquier habitación de una familia de clase media. Por numerosa que sea.

 

 

Unos testigos muy incómodos

Mis padres me educaron para ser una persona de bien: no toques eso, no hables mientras comes, presta atención a tu madre cuando te habla, no des patadas a tu hermana por debajo de la mesa…, pero yo sentía dentro de mí una inclinación natural hacia el mal. Una inclinación agazapada en mi interior y dispuesta a saltar en cualquier descuido.

Siendo yo tan consciente de ella como era, y de cómo se crecía con la evolución natural de mi cuerpo infantil, intentaba frenarla encogiendo la espalda en las visitas periódicas a la consulta de don Antonio, el pediatra. Don Antonio llevaba las cuentas por escrito de todo lo que acontecía en mí: ha crecido tres centímetros, informaba a mi madre, que le devolvía una mirada de orgullo y una sonrisa de satisfacción tras la sentencia: “Es un niño muy sano”, proclamaba tras anotar los resultados en el cuaderno que todo lo sabía.

Fue esa sensación de impunidad frente a la ciencia de don Antonio lo que me acomodó en el camino del mal.

Recuerdo mi gratitud extrema a ese juez implacable que a pesar de apuntar lo evidente -el incremento de los centímetros-, no hacía alusión a lo extraordinario -el niño no es sano por dentro. Tiene una anomalía congénita que le lleva a despreciar a la humanidad-.

Al poco llegaron las cuentas con la Iglesia. Mis padres nunca me dijeron “no mates”. Esa parte de la educación estaba reservada a la catequesis. “No matarás”, me enseñaba don Benito recitando el quinto mandamiento. En las primeras clases de religión yo siempre le miraba de reojo cuando tocaba ese mi primer tropiezo con la fe tras los sencillos “Amarás a Dios por encima de todas las cosas”, “No tomarás el nombre de Dios en vano”, “Santificarás las fiestas”, “Honrarás a tu padre y a tu madre”… “No matarás”, decían todos a coro, tan seguros.

En ese punto yo siempre callaba y observaba. Pero nada en don Benito indicaba la menor reprobación hacia mi persona. Con esa conciencia adquirida ya a los ocho años que me daban los sermones de mis padres y las clases de religión me preguntaba si lo que en esas catequesis acontecía era discreción o complicidad por parte de Dios o si por el contrario se guardaba un terrible castigo que pronto haría recaer sobre mí.

Y con esas dudas hice la Comunión. También seguían ahí, ya consentidas, cuando años más tarde llegué a la Confirmación. Para entonces mi empeño por encogerme unos centímetros había sido vencido por el metro ochenta que la genética me había dado. El mal campaba ya a sus anchas.

Llegados a este punto hice mía una frase ajena y complaciente: “Si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Había encontrado una nueva catequesis.

Acabé así con quien había sido hasta entonces mi mejor amigo. Le aparté de un plumazo de mi vida, por no volver a sentir su reprobación cuando me ensañaba cortando colas a las lagartijas, alas a los pájaros y uñas a los gatos.

Llegó seguido el turno de mi hermana, que tanto había puesto en evidencia mis mentiras ante mis padres con sus patadas por debajo de la mesa. El de mis padres, que me obligaron a confesar mi autoría en la sustracción del reloj de oro que faltaba en el cajón de mi madre. El de los vecinos del quinto, por testigos y por culpables de mi codicia, cinco presuntuosos disfrutando antes que nosotros todo lo que yo ambicionaba.

Me alejé de todo y de todos. Y me convertí en un ermitaño. Por el día disecciono cuerpos. He hecho de mi perversión ciencia. Y hasta vivo de ella. Ya no robo. Ya no miento. Ya no deseo nada de otros. Y en las noches me deleito en el placer de saltarme el único mandamiento que hoy sé que no quiero vencer jamás: “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”. Soy un adulto razonablemente feliz.

 

Publicado originalmente en http://habitacion13.com/

¡Calla, apaga eso!

¿Quién no tiene unos vecinos con los que comparte ventanas con ropa interior entre cuerdas, ladridos de perro -el suyo- y música entre paredes -la mía-?

Entre mis muchos vecinos hay un matrimonio relativamente joven y relativamente atractivo. De esos que entre conversaciones insípidas siempre decimos que “se conservan bien”.

Mis vecinos “atractivos” tienen una hija a la que yo, inconscientemente y por una persona de mi adolescencia a la que apodaron otros -yo entonces no apodaba a nadie-, he convenido en llamar culo pato.

Mi culo pato vecina es rubia, de pelo liso, dientes salidos y una plataforma plana y ancha que sobresale de forma espantosa entre dos piernas flacas. Ni la reciente maternidad sorprendentemente temprana como para hacer abuelos a mis pijos y atractivos vecinos ha cambiado eso.

Sí, los sonidos compartidos. En diecisiete años de ventana contra ventana me han sucedido las riñas a la niña que reclama su derecho a ser niña. Las riñas a la adolescente educada que no estudia lo suficiente. Y ahora el llanto de los gemelos que no sabemos a quién salieron -todavía van sobre cuatro ruedas-. También desconozco si son niños, niñas o niña y niño.

Mis vecinos nunca me han hablado. Y por imitación yo tampoco a ellos. Somos de esos conocidos que se observan tras la mirilla. Más por evitar coincidir en el ascensor y la falta de conversación que por la curiosidad por la vida del otro.

Reflexionando sobre este suceder de su vida he pensado en cómo perciben ellos la mía. Antes un matrimonio sin ruidos. Salvo en la cama. Ahora una vida sin ruidos. Salvo en la cama. Aunque esta cama ahora es más pausada y más diversa. Y en algún milagro más gritona.

Mi casa la mayor parte del tiempo es silenciosa. Escribir no hace ruido, no molesta, no incordia. Las cosas que escribo se quedan en ese mundo privado que es un echarse pa alante sin reservas ante la certeza de que siempre te queda la tecla de borrar. Y hacer como que no te ha sucedido todo eso que te sucede cuando escribes y te lees.

Pero siempre entre tantos ratos de escribir y leer hay un ruido de tripas. Y en ese silencio es imposible ignorarlas. A veces acompaño ese momento de cuidar las tripas con música, mientras cocino. Y si ha entrado la primavera abro las ventanas de par en par y canto.

Aunque tú no lo sepas,

me he inventado tu nombre

me drogué con promesas

y he dormido en los coches

Otra.

De alguna manera tendré que olvidarte

fumo en la ventana

de los días grises

Otra

Lo escribes y lo rompes

no sabes ni por donde empezar

Otra, de otro

Y no me eches de menos

que el recuerdo es un veneno

yo vivo en la soledad con tanta gente que me da miedo

Otra

Sol

tu sexo que me da calor

Otra

estuve cerca del sexo en rutina,

estuve cerca de pecar con Dios,

luego hice el amor por las esquinas

y ahora mi vida es una canción.

Otra

Y añoro la complicidad del coche

buscando aparcamiento como quien buscaba aliento

y todos los semáforos en rojo eran puntos de derroche

Otra

Yo

que vivo en un infierno de

palabras contra la pared

Interrumpe los jirones de poesía un ruido seco de ventanas que se cierran tras un quejido femenino: ¡Calla, apaga eso!

Intuyo que culo pato y su marido se han llevado a los nietos. La comida está lista. Escojo una película para la siesta.

En torno a una vela

Hay una imagen recurrente de mi infancia que me asalta de cuando en cuando: la de mi familia numerosa en torno a una vela cuando se iba la luz.

Mis padres y mis cinco hermanos junto a mí, improvisando el momento con la resignación ante esas cosas de entonces, cuando no había ni la posibilidad de levantar el teléfono y pedir una explicación a la compañía telefónica. Tocaba esperar a que lo resolviesen y podían tardar horas en hacerlo.

A menudo en esa improvisación entraba un tablero de ajedrez. Y frente a él mi hermana pequeña y yo. Las peores partidas para mí. Seis pares de ojos observando tu jugada en lugar de ese fijar la atención sobre el dado caprichoso que era para mí el parchís. Y que, sin embargo, también se tomaban ellos tan en serio. El parchís es un juego de estrategia, decían. Pero también hay una gran dosis de suerte y tres compartiendo la derrota, pensaba y callaba, divertida.

En mi familia me educaron para ganar. Y así es como todos entendían el juego y la vida. Sin luz, esa necesidad de demostrar que puedes vencer a otro era más acuciante para ellos. No para mí. Recuerdo que comprendía la exigencia. Recuerdo que a veces me concentraba en el empeño por dar de mí lo que se esperaba por mi condición de hermana dos años mayor que la otra, pero ni aún así reunía la suficiente ambición para entrar en esa supuesta demostración de inteligencia que no iba conmigo.

No voy a detallar los retos que yo me puse en el camino. Los míos. Y que superé y disfruté al alcanzarlos. Incluso algunos que no pensé y que me saltaron al paso. Los vencí y los compartí, ansiosa. También hubo derrotas. Decepciones que lloraba con esa frustración desmesurada que nos provoca la vida cuando somos jóvenes. Un notable en lugar de ese sobresaliente que era la meta personal. Y que nadie exigía. Al contrario. Todos se sentían orgullosos de esa nota. Menos yo.

Quizás en el fondo soy un producto de esa educación de presiones y asaltos en un ring entre egos desmedidos que puede ser a veces la familia. Y yo, siempre tan exigente, necesitaba un lugar más grande y nuevas personas con las que medirme.

Hoy me he quedado sin conexión a Internet, o eso parece. En realidad no lo he comprobado mucho. Me he resignado a ese disfrute improvisado de un silencio sin extraños que me entretengan al otro lado. Y así he caído en la cuenta de cuanto echo en falta la vela, las personas y el tablero de medirme en un juego inocente.

Aprender a ser pieza y no ‘puzzle’

Hay siempre en la vida un momento en que uno se siente como un trocito de cartón que han apartado en el lugar de esperar. El de las piezas que hay que analizar. Piezas que para quien las separa sólo son parte de un puzzle que se compone por entretenimiento y sin pensar que cada parte que no encaja es diferente. Tanto que la mayoría ni hablan entre ellas.

Con esa idea de la segregación, hay pedazos que sólo viven para escuchar al otro grupo, el grande. Se esmeran tanto en parecerse a esas piezas que terminan por dar el salto, se integran y ya no se vuelve a saber de ellas. Así funciona esa zona de confort de las coincidencias y las mayorías.

Con la misma idea, aunque con más curiosidad, siempre hay un trocito que se detiene a escuchar a su alrededor. Y para su sorpresa se da cuenta de que algunos de los que están con él se sienten la mar de a gusto en ese retiro de piezas. Dicen algunos de ellos que escogieron la diferencia por rebeldía y por destacar. Sí, hay quien piensa que hizo un gran acto de valentía al salir por propia voluntad de la masa, sin ser conscientes de que han terminado cayendo en otro montón de piezas iguales. Ahora se hacen llamar hipsters. Hace años habrían caído en el montón del hippie o quién sabe cuál. Antes de la globalización había más tribus.

El trocito que escucha se siente realmente solo. No es ni del montón grande ni del pequeño. Saltar no le emociona. Y por no tener con quién compartir opinión empieza a mirarse demasiado el ombligo. Es siempre un ombligo que busca cobijo en alguna parte más grande que él mismo. No hay ninguna pieza, por fuerte que sea, que pueda vivir aislada.

Pasado un tiempo empieza a hablar con otro trocito que estaba en su montón desde siempre. Parece que encajan. Ahora se siente menos solo. Tiene menos miedos. Ha encontrado un compañero.

A fuerza de estar con su pieza se siente ya especial. Desde fuera, un observador fino diría que se le ve como esos pedazos de un jarrón roto que se juntan con pegamento cuando el daño no es muy grande. Un artículo de decoración sólido a la vista, aunque con muchas grietas por dentro. Pero a quién le importan las grietas de un pedacito de puzzle que ni siquiera encajaba con el resto. A estas alturas tampoco a él.

Ahora se sabe parte de algo. Y se siente feliz. No le pidas que repare en las renuncias que hace y hará por conservar ese algo. No le digas que tampoco la piedad dura, como bien nos demostró el protagonista de La impaciencia del corazón, de Stefan Sweig -ni cuando es una piedad aplicada a uno mismo, como es el caso-. No le hables de las piezas que todavía no ha encontrado y son como ella. No le pidas más paciencia. No le digas, no le hables… No ahora.

El amor no tiene trajes

Mi madre nunca estuvo a dieta. Era una flaca indeseable para su época. Ninguna de sus hijas cabíamos en su traje de bodas. Un modelo de falda y chaqueta azul marino. Sencillo. Serio. Breve.

Lo recuerdo conservado en plástico, entre la maraña de ropa que ella guardaba en su armario y de la que yo sólo fui consciente cuando empezaron sus achaques y tenía que rebuscar en sus cosas para vestirla.

Nunca nos inculcó la importancia de ese momento que han retratado tantas veces en las películas románticas. Vestirse de blanco, como ejemplificación de la pureza del matrimonio y de un momento que marca una vida feliz. Quizás porque ella se vistió de azul y jamás buscó la exaltación de nada.

Se casó con un hombre estilo Clark Gable, duro por fuera, sensible por dentro. Un hombre que para mí, cuando niña, y como hija, y resumiéndolo en alguna conversación de hermanos, ha sido un estereotipo de padre que no abraza, que sólo riñe y que exige una perfección que, aún siendo niña, ya alcanzaba a comprender que no estaba en él.

No sé si mi madre tenía mil pretendientes cuando a sus 21 años dijo sí quiero. Jamás habló de eso. Sí de las andanzas de mi padre en los huertos. Siete años mayor que ella.

Si tengo que ser sincera, me cuesta imaginar a mi madre como una Scarlett O´Hara escogiendo marido, dejándose querer y adular. Y no por falta de belleza.

Sí la veo apasionada. Nos contaba a escondidas de mi padre las paradas en los viajes en medio del campo, la manta dispuesta siempre, para ese momento.

Recuerdo las risas en esas conversaciones. Su sinceridad, sin importar si éramos madre e hija.

Fue mi madre la que verbalizó ese amor entre ellos, que yo jamás vi en público. Ni una caricia, ni un beso, ni un te quiero. Nunca.

Mi padre lo dijo todo en silencio. O yo aprendí a escucharle así. Observando el no comer cuando ella estaba ingresada. Su falta de brillo en la mirada cuando se fue. Su necesidad de recordar cómo se conocieron y los comienzos tan duros, que jamás me habían contado ninguno de los dos.

Mi padre murió a los cinco meses de irse ella. Sin explicar nada. O explicándolo todo.

Cuidado, viene un ego

Sí, mucho, mucho cuidadito porque vendrá disfrazado de muy buenas maneras. Se mostrará absolutamente encantador desde el principio. Te colmará de más atenciones de las que pides y necesitas. Se lo dirás, tampoco es necesario que… pero insistirá. Te adula, para que le adules. Sabe que así siempre gana su primera partida.

Luego empezará con las pequeñas críticas y te sentirás en la obligación de escucharle y agradarle por corresponder a esas atenciones que no pediste. Siente que sigues entrando en su juego. Se crece.

Cuando intentes expresar lo que quieres, sientes, piensas, sin la ayudita de él, te atacará. Qué ingrata y torpe eres. ¡Si yo soy un chollo para cualquiera! Se empieza a encoger y golpea más fuerte.

Si eres un poco inteligente, a estas alturas te saltarán mil alarmas por dentro. Bueno, si eres inteligente, te saltaron desde el principio, pero los halagos se inventaron para los corazoncitos. Y en ese rincón de tu persona poco tiene que hacer la inteligencia.

Con el tiempo llegarán los bostezos. Te empiezas a sentir como cuando en el cole te obligaban a leer las proezas de El cantar de mio Cid y tú te ríes demasiado con los personajes infames del Philip Roth de El teatro de Sabbah.

Y así, sin resistencia, se marchará el ego. A la busca de un lugar más seguro donde reafirmar su exquisita persona.

Las imágenes son para adorarlas

Un comienzo de los que marcan. De esos en los que hay risas en las miradas y mil expectativas en el aire. En los que al trapicheo de gustos compartidos les sucede en la cabeza un ¡Te encontré! Así tan alegremente retratamos a veces al otro sin dejarle ni pestañear. ¿Quién es él para opinar?

En el coincidir de desayunos, comidas, cenas y camas la imagen empieza a temblar. Y el otro se empeña en hacerse más evidente. Y por centrarnos en la foto fija que nos hicimos de él sin pedirle cuentas vamos perdiendo la capacidad de apreciar a la persona a la que, para colmo, pedimos mil explicaciones. Y con tanta confusión de personalidades entre la que tú quisiste que fuese, la que realmente es, la que tú eres y la que él pensó de ti y no se cumplió lo mandamos todo al carajo. Tan alegremente como nos aceptamos al principio.

Con el tiempo uno de los dos (o quizás los dos) miran las fotos de los momentos compartidos. Y empiezan a ver a la persona. Como quien escribe es mujer y no sabe qué le pasa a los hombres por la cabeza (y mucho menos a las imágenes que nos hacemos de ellos) pongo aquí lo que piensa ella: me gusta casi todo de él, pero es que esto… Es tan, tan guapo en todo menos… Y además en esto me recuerda a… y yo dije que nunca más alguien así.

En la sucesión de los días y los meses ya es todo echar de menos, mirarle en ese chivato que es la carpeta de momentos felices del móvil, pensarle, como persona, y querer estar ahí de nuevo. Escuchándole sin interferencias. Y quitando hierro a lo que hacía temblar la imagen perfecta. Pero ya no está.

Quizás comprendió que no puede estar a la altura de ese ideal que me hice de su persona. Quizás él también llora una imagen que no se le cumplió. O quizás es que ahora sí es consciente de que nos hemos convertido en imagen, en esa única foto fija que nunca nos contradice que es la de los buenos recuerdos. ¡Y da tanta pena estropearla!

Por el puto diez por ciento

Un domingo cualquiera, una mujer cualquiera con cualquier hombre.

Se encuentran por cualquier circunstancia en un momento en el que hay cero por ciento de palabras dichas, pero si ha surgido una historia como para escribirla es porque se han despertado mil sensaciones y mil expectativas.

De repente y sin saber por qué se impone una necesidad de agradar y de ir sumando porcentajes, así tan alegremente y a ciegas se sellan los primeros momentos de cualquier relación de esas que abrazamos y confundimos con el amor. Sólo porque hemos sentido un “quiero más de ti”.

Un quiero más de ti que es un conocerse, respetarse y aceptarse en los desencuentros. Como aceptamos a los buenos amigos. Pero en el amor esa aceptación es un quiero más encuentros con coincidencias. Y así no funciona la cosa.

Por esa necesidad de coincidencias uno pide y el otro cede. Total un diez por ciento, piensa quien exige. Total, por un diez por ciento, se dice, quien cede.

Y sin saber cómo, ese diez por ciento suma un veinte, un treinta, un cuarenta, un cincuenta, un sesenta, un setenta, un ochenta y un noventa. Y llegados aquí todo estalla. No se sabe bien por qué, pero el cediente dice basta.

El que pide no lo entiende. Si todo había sido tan fácil hasta aquí. El que cedió siente que por qué ahora ya no. Y se fustiga. Y se culpa. No lleva la cuenta.

Sólo tiene una frase en su cabeza: ¿Yo te gusto?

Hasta ahora sí, -dice el exigente-.

Tú siempre me has gustado -dice el cediente-. Sabía que había solo un puto diez por ciento de cosas en común. Y tenía ganas de aprenderlas -dicho esto se sienta en el camino a reflexionar cómo llegó allí. Sólo alcanza a ver al exigente marchándose aprisa. Hasta que se difumina su figura y ya todo es camino-.