Un frío de invierno en primavera

 

Hoy me he despertado varias veces destemplada. Y no por esa perturbación del cuerpo dormido que sobreviene lentamente, tras varias horas sin arropar, sino por un frío sin avisos.

Había pasado la noche del sábado en casa, viendo una película de Polanski, La Venus de las pieles, un juego entre la realidad y la ficción muy estimulante. A las once me marché a la cama a leer una novela de Philip Roth, Patrimonio, un relato autobiográfico sobre los últimos días que el autor compartió con su padre. Una historia sin maquillar sobre la muerte y todo lo que te asalta sin medida cuando anticipas que ya casi eres un huérfano completo, de madre y padre. Ese estado civil que jamás refleja un DNI.

Dejé de leer, ya vencida por el sueño, a pesar de lo mucho que me acercaba a mi padre en vida esa novela tan cruda, justo en la página en la que desvela el porqué del título: el patrimonio de Herman Roth para su hijo escritor es el reguero de mierda extendida que deja un hombre orgulloso de ochenta y muchos años, ya casi ciego, en la habitación de invitados de una casa de campo.

Me quedé dormida enseguida. O quizás aún hubo espacio para un pensamiento recurrente en años: ¡Cómo escribe este hombre! ¡Que les den a los flojos de las frases cortas! 

A las cinco horas, calculo, llegaron decididos los tirones de sábanas. El primero me cogió tan por sorpresa, y tan atolondrada por el sueño, que no di más que para acomodar la vista a la escasa, aunque suficiente, oscuridad de una habitación de visillos con persianas levantadas en primavera.  

No hay nadie, pensé. Aunque en tal estado de sopor sería necio afirmar que diera para pensar nada. Sí puedo decir a ciencia cierta que no era el sopor el que me decía que quien me quitaba las sábanas con tal determinación buscaba un rifirrafe serio. Y lo quería ya. Pero yo seguía demasiado adormilada para entrar al trapo.

Al segundo tirón el cabreo empezó a prevalecer sobre el sueño. Pero puesto que no veía yo con quien pelear me di la vuelta sobre la cama y seguí en mi empeño de dormir. Eso sí, ya con un nivel de alerta suficiente en mi cabeza como para comprender lo ridícula que resultaba apretando los ojos entre las sábanas en la semioscuridad de una habitación vacía. 

Y como bien dice el refrán que no hay dos sin tres, el siguiente llegó a los diez minutos exactos. Ya exasperada por la falta de sueño y las ganas de lucha, sin nadie a quien encararme, me levanté de la cama, fui a la cocina a beber agua, como siempre que me despierto a mitad de la noche, y me tropecé con mi madre. 

Eran ya algo más de las seis de la madrugada y ahí estaba ella, con la cafetera sobre el fuego, la leche caliente en el cazo y esas magdalenas de pueblo que siempre había en casa. 

Sin darme espacio para un “mamá qué haces aquí”, inició la retahíla habitual que tanto me molestaba entonces, recién levantada. 

– Tu hermana me ha dicho que María se ha operado la nariz. ¿Has ido a verla? Qué guapo está Sergio, siempre tan fuerte. ¿Sabes que Fani tuvo un accidente de coche? Pero está contenta. Se ha ido a vivir con el novio. Ella me escribe siempre. Nos deja notitas cuando va a visitarnos. Y tú que tanto escribes… No sabemos nada de ti. Nunca vienes a vernos. 

– Ni pienso ir, mamá –digo para mi sorpresa, en voz alta, ya reparando en lo guapa que luce con su camisón blanco–. 

– ¿Por qué? –exige ella, saltándose su papel de madre complaciente, mientras me pone en la mesa el café con leche con una cucharadita justa de azúcar–.  

– Porque no estáis ahí, –sigo verbalizando, sin sentarme, por no dejarme sobornar por ese detalle que sólo las madres más amorosas tienen. Aunque hayan criado a seis hijos y hayan pasado diez años sin verlos–. Además, yo no vivo en la misma ciudad como para terminar en tu tumba por un error del GPS por ir a verte. Si has venido por la novela, te has equivocado de página. 

– ¿De qué novela hablas, hija?, –dice, interrumpiendo su quehacer en mi cocina–.

– De Patrimonio, mamá. De los vivos y los muertos. Y del amor que cada uno vive a su manera. Y deja ya de fregar los platos, que aquí hay lavavajillas. 

– (Mi madre se queda muda). 

– (Y yo me crezco). ¿Quién me ha tirado de las sábanas?, ¿Has sido tú o papá?

– Ha sido papá. Ya sabes lo que le cuesta decir las cosas.

– Pues hombre ya es mayorcito, ¿no?, –le digo, removiendo con furia el café con leche que he cogido de la mesa–.

– Hoy te lo ha dicho a su manera –vuelve la madre mediadora, sin levantar la vista de los platos–.

– Ya. Y yo lo tengo que entender sin que vengas tú aquí a explicar. ¡Hombres!

– No le pidas que cambie a estas alturas.

– Mamá, yo no he pedido nada. Solo dormía –digo ya casi gritando–.

– Pues hija, ve a verle –suplica ella–. Que no entiende que no vayas. 

– No pienso ir, mamá –sigo en mis trece–. Lo siento. Que venga él aquí a desayunar con nosotras. Y que se deje de hostias de tirar de las sábanas. Mira qué bonita has puesto mi mesa.

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La certeza del verano

Creo firmemente que si a tantos nos gusta el verano es por la sensación de libertad que nos trae. Puntualmente. Año tras año. Para mí es dejar atrás con total impunidad el atasco infernal de cada mañana en la M-30. El vistazo de soslayo a los coches de al lado, que no reparan en mi mirarme en el retrovisor las ojeras de recién levantada. Y en la nueva arruga que descubro de vez en cuando. El sobresalto de las sirenas de ambulancias. De las sirenas de policía. De las sirenas de bomberos. La ojeada al reloj y el consabido: llego tarde. Las respuestas ágiles a los mensajes de WhatsApp de mis amigas: “Buenos días, lindas”. Y la nube o el sol de rigor. Según el tiempo. El recuerdo de la película vista por la noche. Si es que ha dejado algún poso. Y el apunte en la cabeza: el amigo que le traicionó quiere acabar con él porque es la prueba de su mentira. Buen tema para un relato. Y de seguido el repensar el día por delante: ¿Tengo hoy alguna entrevista pendiente? Y así es siempre sea lunes, martes, miércoles, jueves… hasta ese grito reiterativo, ¡Ya es viernes!, con la complicidad de Ángel Carmona en la radio. Y otro pensamiento: por fin algo de relax. 

Ese relax lo trae a espuertas el verano. O más que relax es una auténtica calma chicha que comienza con el placer de abrir el ojo por la mañana y volverlo a cerrar. En el duerme vela que es el principiar de un día de verano siempre llega un momento en que con los ojos perezosos aguzo el oído para detectar si A. se ha despertado ya. Ahí acaban todas las obligaciones.

Como esos veranos son siempre al lado del mar, y yo soy mediterránea de nacimiento y de corazón, en esos días siempre duermo de más. Y la mayor de las veces me levanto con el olor del pan tostado y del café recién hecho. Y de las piezas de fruta que A. ha repartido generosamente sobre un plato y que no huelen pero que alegran la mañana con solo ver esas combinaciones del rojo sobre blanco que pintan los pedacitos de sandía, de fresa, de melón y de plátano. Y todo ello acompañado por esa generosa sonrisa que siempre tiene ella para darte los buenos días. 

En ese desperezarse desayunando sólo hay momentos para pensar en qué hemos soñado. Si es que hemos soñado. O si es que hemos soñado y lo recordamos. Y las risas para celebrar nuestras mentes tan locas. 

Aunque sea verano, también hemos establecido alguna rutina. El momento bici de después de desayunar y el siluetear la costa con el azul añil a un lado y el marrón seco del otro. En esos ratos mi cabeza inquieta no da más que para centrarme en el subir la cuesta, la paz del sol sobre los hombros, sobre las piernas, sobre la cara… y la merecida cerveza del después. 

Como todos esos momentos son exactamente iguales cada año, yo he aprendido a recordar cada verano por el libro que he leído. Y las noticias que hemos compartido. 

Verano de 2014. Mi descubrimiento de Banville. Compré El intocable en una librería de Benicàssim porque esa vez, raro en mí, no había incluido en la maleta ningún libro. El intocable hizo de esas tardes de verano tirada en la arena junto a A. un año muy especial. A cada rato le iba contando a ella cuánto iba disfrutando del argumento y de la prosa. Tan rica. Y eso daba pie para hablar sobre la mentira que es la sociedad. Los ricos viven sus placeres a saco incluso en tiempos de guerra.  

El relato del hombre repudiado por la gente de bien por su pasado de espía comunista se alternaba entonces, todavía, con las hojas del papel de periódico, comprado en un quiosco del pueblo. A. ya leía en su pantalla, pero afortunadamente se llevó un libro de Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor, un muy digno sustituto de Banville para no repisar la librería. 

Verano de 2015. Ahí fui previsora y tiré de un clásico para mí: Philip Roth. En este caso su Teatro de Sabath. La bella A. no lo había leído y no parece que ni hoy le apetezca, aunque ya entonces me había recomendado Patrimonio. El titiritero descerebrado que tanto me hace reír a mí -divina la masturbación sobre la tumba de la amante y la persecución del hijo- no atrae a mi niña de Ciudadanos.

Verano de 2016. Otro momentazo. Vida y época de Michael K. Aunque no fue un descubrimiento del autor –ya había disfrutado mucho Desgracia–, esta historia de la búsqueda de la felicidad de Michael K. me dejó muy trastocada por mucho tiempo. Y dio pie a buenas sobreplayas con A. Sobre la noria que es la vida y lo afortunadas que somos porque a nosotras nos subió en el lugar indicado. Con caballitos que te elevan y te dejan caer, sí, pero con música en las caídas. Y con la seguridad de que siempre nos espera otra subida. 

Verano de 2017. Pamuk y su Me llamo Rojo. Cuánto disfrutó A. con mis explicaciones sobre la exquisitez de tanto detalle. Los personajes que son colores. ¿Se puede ser más original? Y mi felicidad por apreciar tanto una novela negra. Un género que nunca se me ha dado muy bien. Ese libro dio pie para hablar de la cárcel que es la religión, de lo que nos puede alimentar el arte –cuando estamos tan sobrealimentados–, del amor romántico, que siempre ocupa tanto espacio en nuestras conversaciones, por la falta de él. También trajo el júbilo de leer el horóscopo: “Atenta, niña, que este año mira todo lo bueno que te viene”, me decía, siempre tan risueña. Y yo la miraba y me reía, con la certeza de que no sabemos qué nos trae cada año, salvo que siempre trae otro verano.  

¿Por delante o por detrás?

Un viernes noche de caluroso verano Juan se siente libre por primera vez en mucho tiempo. Estoy de Rodríguez, coño, se dice, mientras crea un grupo en WhatsApp con sus dos únicos amigos solteros. “Tíos, ¿qué hacéis? Estoy solo en Madrid y tengo ganas de quemar la noche”.

Casualmente Pedro y Rafa acaban de empezar con las cañas. Responden al poco, tras un leve cruce de miradas de risueña sorpresa: “Estamos en La Ardosa, empezando el lío. Vente”. Joder, el tiempo que hace que no voy por ahí, se dice Juan, mientras escribe con un estoy de suerte en la cabeza: “Lo que tarde en llegar”.

Casi exactamente una hora después, Juan entra exultante en el bar arrebujado de algunos grupos de tíos solos, uno o dos de tías solas y una predominante amalgama de faldas, pantalones y acentos inesperados para estos castizos barrios del centro de Madrid.

“Mira a ese pedazo de rubia”, le espeta Rafa al recién llegado, sin mediar más palabras que un “déjame que te vea, coño, cuánto tiempo” y un exceso de golpes en la espalda, tan necesarios, en cualquier momento memorable de tíos.

Juan sigue solícito la mirada divertida del amigo. Y se ve de frente a una rubia natural de metro ochenta, piel traslúcida, labios de fresa sin pintar y un vestido inocentemente ceñido en unos pechos sin explotar. Pasea su mirada con levedad en el excitante conjunto de arriba y acaba recreándose en la fantasía de unos volantes de tull blanco y el principiar de unas piernas lisas interminables, inmaculadamente coronadas con unas medias claras, color piel melocotón, con botas negras sin tacones.

Un atuendo infantil para nuestro don Juan de medio pelo. Un vestido para matar, con telescopio de precisión, de la otra parte.

La niña-guiri le mira con sarcasmo de mujer y se da la vuelta. Juan apenas acierta a pronunciar un “sí que está buena, coño” a sus amigos, ya sintiéndose totalmente integrado en ese ritmo de codazos, miradas reincidentes al grupo de la rubia y preguntas improvisadas entre ellos que no esperan respuesta. Su cerebro ya irremediablemente focalizado en la adivinación de lo que esconde el tull claro.

Entre caña y caña, en un sitio como La Ardosa, sin más música de fondo que el exceso de personas dejándose llevar por el compás del comer, el beber y un tragar sin masticar, Pedro, Rafa y Juan se integran en la mesa de al lado. Juan se las apaña para situarse junto a las piernas interminables con las que intercambia un frenesí de sonrisas y ligeras caídas de ojos. Y unos excitantes roces de labios contra oreja en un disimulo de hablar.

El pavoneo da para media hora exacta, tras el que un Juan decidido anuncia a Pedro y Rafa que se marcha con la chica.

Al poco de pisar la calle los labios fresa le borran la sonrisa de triunfo. Unas manos de dedos largos y fuertes le aprietan la entrepierna. La rubia-niña se hace mujer en un jadeo de palabras que Juan no acierta a comprender. ¡Qué desperdicio de colegio de niño bien!, pensaría cualquiera. Él ya no da para pensar.

En una interminable sucesión de esquinas llegan al hotel de la rubia. Suben impacientes las escaleras y sin esperar la cama la niña le baja los pantalones. La mujer le come la polla contra la pared. A Juan se le olvida la ilusión del tull y de lo que hay entre las piernas. Está muy cachondo.

De repente la boca-fresa-natural le da una pausa en el placer. Las piernas se están desnudando. Juan apenas se atreve a mirar pero no se puede resistir. Entre las medias melocotón y el tull blanco atisba una polla más dura que la suya. Y lejos de asustarse se crece. Por primera vez en la noche quiere tomar la iniciativa. Está abnegado. Coge a la guiri por los hombros y la empotra contra la pared. Ya puestos…, piensa.

Sarah resuelve la postura a su antojo y le dice segura al oído: “Soy donante. No me gusta que me den”.

Un trastero muy concurrido

Un martes al regresar del trabajo, Manuel, uno de los porteros de mi casa me grita:  María, hay un paquete para ti. Me detengo en seco, arqueo las cejas y me digo, “qué demonios, si no he comprado ningún libro”. Espero amable frente al cristal de la portería la caja sorpresa y ya en mis manos veo que el remitente es mi ex marido. “El paquete es grande. Promete. Pero pesa muy poco”, pienso. En un duelo de protagonismo entre el arqueo de las cejas y el rigor mortis de mi sonrisa le arranco a mi garganta un amable gracias. A estas alturas de mi historia no es cuestión de meter al portero entre mi ex y yo.

¿Qué será?, pregunta mi cabeza en ese espacio temporal del ascensor hacia el sexto piso, el último, refugiada en el largo subir las plantas. “Calculo que tiene unos setenta centímetros de largo y unos cincuenta de alto. Un paquete así debería pesar más”, apunta mi lado racional. “Sin duda un diamante no es”, me dice mi lado socarrón. “¿Se ha arrepentido de las falsas promesas? ¿De las mentiras? ¿O se acuerda ahora después de ocho años de los buenos momentos y quiere volver?”, piensa mi estúpido punto romántico -Dios sabrá cómo da señales hoy tratándose de quien es y con todos sus antecedentes-.

El ascensor se detiene sin interrupciones en la sexta planta. “Hemos llegado”, coincidimos todos en mi cabeza. Doy un salto hasta la puerta de mi casa, dos vueltas a la llave y me lanzo a buscar unas tijeras para romper ese precinto que guarda todas las respuestas. Dentro de la caja de cartón aparece ante mis ojos otra caja, ésta con forma de corazón y fabricada con algo que parece latón. “Si no fuese por la diferencia de formato y de textura pensaría que estoy jugando a las matrioskas”, dice mi lado irónico, que calla, prudente, al escuchar la entrada de un mensaje de WhatsApp.

Es de Nieves, la hermana de mi ex -con la mantengo algunas confidencias y muchos sentimientos en lo que se refiere a él; estos hermanos realmente se odian-. El mensaje dice textualmente: “Hola María, le he dicho a mi hermano que te envíe las cenizas de mi madre para que yo pueda recogerlas cuando vaya a tu casa dentro de un mes. Iré a esparcirlas en el mar con mi tía, donde las de mi padre. Guárdalas, por favor, en tu trastero, hasta que vaya”.

Con las cejas relajadas y la cabeza despejada vuelvo a poner a la falsa matrioska en su sitio. Retomo el ascensor y bajo al trastero en compañía de un demonio cabrón que se ríe de mí a carcajadas en mi mente. Ya en el trastero reparo en las cajas que todavía conserva Nieves ahí, de cuando hizo la mudanza a Inglaterra tras la muerte de su padre.

“Si la memoria no me falla”, me digo, “entre estas cosas todavía quedan algunas cenizas de Jaime” -mi ex suegro- “en una lata de cerveza en la que la hoy presente en el corazón de latón quiso conmemorar la afición por esa bebida de su marido”.

Me sonrío pensando en el cementerio improvisado en mi trastero, en el que ni sus hijos seguramente han reparado, y escucho cómo mi lado irónico le dice al demonio de marras: “Esto se merece un brindis por el único verdadero amor que hemos conocido, aunque sólo queden ya de él unas cenizas”.

Un poco de respeto, amor

Una mañana de domingo, al despertar, Lola se encontró de nuevo frente a la puerta cerrada de su estudio. Acercó sigilosamente la oreja a la gruesa hoja de madera, escuchó un teclear furtivo y una punzada en el estómago disparó directo a su cabeza un revoltijo de bilis, sangre y recuerdos.

Tras la puerta cerrada otra persona. Ella en el baño ahuecándose el pelo mientras tararea: “Vente conmigo y haremos, vente conmigo y haremos, una chocita en el campo y en ella nos meteremos… que toma, que toma… Ay qué rica está la gamba…”.

Al detenerse en el avance implacable del reloj hacia ese domingo de comida familiar abandona la imagen frente al espejo, abre la puerta y entra en lo que cree es una escena para dos.

– Habías prometido que no trabajarías los fines de semana –le dice a su marido, condescendiente, sin traspasar el umbral–.

– ¡Vete, que ya acabo!, –espeta él con furia, bajando bruscamente la tapa del ordenador–.

A pesar de la violencia inesperada de esa reacción, ella se limita a marcharse con una sonrisa en la comisura de los labios. “Este hombre, no cambiará nunca”. Y remata el cuadro frente al espejo, ya sin cantes, con un pausado retoque de carmín rojo fresa en los labios.

La anécdota llega a la sobremesa familiar y se transforma en mil consejos compartidos entre ella y los padres de él sobre cómo desconectar del trabajo los fines de semana. Lo que le ha cambiado el carácter últimamente. Y cómo afecta el estrés a la salud.

Luego sobrevienen unas secuencias improvisadas de reiterados viajes de trabajo. Que ella rumia. De impaciencias de él, ante las paciencias de ella. De ataques de él, incluso en público. Y de llantos de ella, a solas. Sin saber por qué.

Hasta esa tarde de sofá en una siesta de verano. Cada uno en una punta mirándose a hurtadillas. Es ella la que necesita romper el vaivén de cabezas desacompasadas y pregunta en un impulso: “¿Qué te pasa?” Y tras un levísimo contacto de pupilas, una cabeza se agacha al otro lado, mientras ella sostiene la intención. Como respuesta un lacónico “he conocido a otra persona”.

Ella se levanta y dice: “Voy a comprar tabaco”. Él también se levanta y exige: “No te vayas. Voy contigo. Que te conozco y lo mismo ni vuelves”.

Minutos después, de vuelta al espacio privado de la casa, entre una nebulosa de humos nuevos él le dice que la quiere. Y que no la puede perder. Pero que la otra es importante. Ella le dice que si la quiere tiene que demostrárselo ahora. Él cede a la presión. Rompe con la otra por teléfono.

Ninguno de los dos sospecha que se acaban de instalar en un largo entreacto del que la memoria caprichosa de Lola, hoy, ha seleccionado sólo una parte: “¿Te acuerdas de aquel domingo…? Estaba escribiéndole a ella, que me decía que no podía estar ni un día sin saber de mí”.

Este domingo Lola no puede cantar por tangos ante la puerta cerrada. Este domingo Lola quiere pelea. Quiere irrumpir como se debe en lo que barrunta es una escena de tres. Levantar la hoja del ordenador y gritar: “¡A mí no me chulea nadie, hijo de puta!”.

Sólo por evitar el año de tortura analizando “qué hice bien, qué hice mal”. Por anular cualquier tipo de negociación de sentimientos: “Si seguimos juntos, me tienes que prometer que no me vas a echar en cara esta infidelidad”. Y su estúpido compromiso con la palabra dada. El esfuerzo por ignorar las llamadas exigentes de la otra a cualquier hora. Su talón en blanco ante la simpleza de la inamovible explicación de él: “No le hagas caso, está loca”. El temor a encontrársela en la puerta de su casa, demandando una promesa que dice su marido que le hizo. Y el resumen racional de él, “en el amor todo vale. Ella ha jugado sus cartas”, cuando Lola le dice que ya no puede más, que le toma el pelo y que esta tía es, es…

Pero hoy Lola se retira tranquila de la escena. Entra en la cama, oculta su cabeza bajo el edredón y repasa su nuevo papel de pareja: “Hoy no hay padres de por medio. Ni años de matrimonio. Ni promesas para siempre. Solo estamos él y yo. Y tenemos una relación abierta”.

Ni un ahorcado puede aguarnos la fiesta

Apenas han transcurrido diez minutos del venir de los vecinos fisgones y del irse la ambulancia y nuestros personajes ya están exhaustos de realidad. De la realidad del campo. De la realidad de la vida.

Para unas personas tan instruidas como ellos, gente de ciudad, hay un mantra que todo lo puede: “Lo que te pasa en la vida sólo depende de ti. Sé positivo”. Y eso es tan verdad para ellos como lo es la multiplicación de panes y peces para los católicos.

César, el más adicto a ese mantra que intenta estrechar la vida, echa a los vecinos con un certero  “se acabó el espectáculo” y en cuanto se quedan solos propone asar las chuletas que han comprado en el camino y descorchar ese vino del lugar que tanto promete. De esos ecológicos, tan llenos de sabores sin adulterar.

-Te ayudo con la lumbre, -dice María-, deseosa de participar en la liturgia de cualquier cosa que le aparte de sus pensamientos.

José permanece impasible en su sitio. En su cabeza repiquetea como el sonido de un martinete el ruido seco del cuerpo al caer sobre la tierra. Y la vergüenza de la reanimación desesperada con la ayuda de Juliana, la mujer del ahorcado.

El muñeco con el que había practicado un boca a boca en el curso de primeros auxilios no le había preparado para esa prominente lengua, tan rígida, tan seca y tan falta de sabor a nada conocido. Y tras un exceso de empujones rítmicos en el pecho fue la propia Juliana quien se ofreció a soplar. Se vio, así, de repente, miserablemente dirigiendo una operación que sabía era de vida o muerte: sople cuando dé cuatro empujones. Uno, dos, tres, cuatro, sople. Uno, dos tres, cuatro, sople. Uno, dos, tres, cuatro, sople.

Fue él quien llegó primero junto al árbol, siguiendo las indicaciones de la mujer que corría tras él con un cuchillo en la mano gritando: “El Ignacio se ha ahorcado”.

-¿Qué puede llevar a alguien a hacer algo así?, verbaliza en alto María, irrumpiendo en la cabeza del amigo.

José se limita a emitir un gruñido mientras observa a los otros dos sentarse alrededor de la mesa, ya tan alegremente dispuesta. A la media hora del comer pausado en silencio y la segunda botella de vino a medio acabar César dice:

“El hombre tenía un lío con la morena de enormes pechos que no paraba de llorar. Sí, ya sé que es más joven que él, pero un hombre es un hombre y en el campo más. Por la diferencia de edad, la conocía desde niña. Y vive justo en la casa de al lado. Imaginad la tentación para él, ya con más de 50, viendo cómo se marchita el cuerpo de su mujer, mientras ve florecer día a día a una morena así. Las curvas incipientes que no alcanza a cubrir el vestidito vaporoso del verano. La sonrisa tímida que sigue a las primeras adulaciones masculinas. Los regalos a escondidas, para ganar la confianza. Y así durante años, hasta que un buen día la encuentra bañándose en el río a solas y la imagen desata toda esa urgencia reprimida”. César se detiene de repente, mira a su alrededor y calla ante la mirada severa de María, su mujer.

“Estaba abrumado por las deudas”, sentencia María. “La crisis ha interrumpido el trapicheo de turistas rurales y el trabajo del campo hace ya mucho que no da para pagar los gastos. Siente que ya no sirve para nada. Que ese mundo ya no es su mundo. Que ni siquiera puede ofrecer una madurez serena a su pareja, a la que quiere a su manera. Y prefiere acabar sus días así a enfrentarse a ella y reconocer: “No tenemos futuro”.

Antes de que María pueda ver la mirada asustada de César tocan a la puerta. Es la Guardia Civil acompañada de la morena, que pregunta por José.

– Los médicos dicen que mi padre ha muerto por accidente -le espeta ella sin un hola buenas noches-. Se le enredaron los pies en los cables que utilizaba para pasar las vacas de un pasto a otro. He venido por mi madre, que estaba preocupada por usted.

Frankenstein

Julia sale de la Filmoteca conmovida por esa historia que había visto ya de niña. Tantas veces. Con sus hermanos.

En el camino a casa le vienen recuerdos de sus terrores nocturnos, a dos metros de la habitación de sus padres. Se sonríe ahora pensando que entonces podía solucionar esa angustia que despierta la oscuridad trayendo a monstruos imaginarios -pero tan reales en la infancia- con un cubrirse la cabeza.

Se sonríe de nuevo rememorando los juegos inocentes con sus hermanos. Cuando se quedaban solos en casa y se cobijaban en las faldas de la mesa por protegerse de esas amenazas desconocidas de las que les hablaban los mayores. Recuerda que, entonces, salir de ese cobijo expulsado por las manos de cualquiera del grupo era el mayor terror que uno podía concebir. Pero detrás de ese sentirse fuera del círculo protector también estaban las risas explosivas, por la facilidad de volver al puñado apretujado y seguro entre las patas de una mesa camilla. Con los tuyos.

Interrumpen sus reflexiones sobre la infancia traída por el monstruo-víctima una voz en alto dirigida a ella: “Ven tú pa´aquí mamita que tengo yo un sofá muy lindo para compartir contigo”.

No se atreve a mirar a quien lo dice. Es consciente de que está en una plaza vacía, de madrugada, y sola, y que la voz tiene mucha compañía. La sonrisa se muda en rictus y el corazón hace músculo por su cuenta.

Mira el suelo y aprieta el paso. Mira el suelo con la misma concentración que ponía en el subir la sábana hasta el cuello. Y en el volver a la falda de la mesa.

Y también, como entonces, la protección funciona. Aunque este saberse a salvo se hace mucho más de rogar. Las calles tienen más oscuridad, más silencio y más metros que cualquier habitación de una familia de clase media. Por numerosa que sea.

 

 

Unos testigos muy incómodos

Mis padres me educaron para ser una persona de bien: no toques eso, no hables mientras comes, presta atención a tu madre cuando te habla, no des patadas a tu hermana por debajo de la mesa…, pero yo sentía dentro de mí una inclinación natural hacia el mal. Una inclinación agazapada en mi interior y dispuesta a saltar en cualquier descuido.

Siendo yo tan consciente de ella como era, y de cómo se crecía con la evolución natural de mi cuerpo infantil, intentaba frenarla encogiendo la espalda en las visitas periódicas a la consulta de don Antonio, el pediatra. Don Antonio llevaba las cuentas por escrito de todo lo que acontecía en mí: ha crecido tres centímetros, informaba a mi madre, que le devolvía una mirada de orgullo y una sonrisa de satisfacción tras la sentencia: “Es un niño muy sano”, proclamaba tras anotar los resultados en el cuaderno que todo lo sabía.

Fue esa sensación de impunidad frente a la ciencia de don Antonio lo que me acomodó en el camino del mal.

Recuerdo mi gratitud extrema a ese juez implacable que a pesar de apuntar lo evidente -el incremento de los centímetros-, no hacía alusión a lo extraordinario -el niño no es sano por dentro. Tiene una anomalía congénita que le lleva a despreciar a la humanidad-.

Al poco llegaron las cuentas con la Iglesia. Mis padres nunca me dijeron “no mates”. Esa parte de la educación estaba reservada a la catequesis. “No matarás”, me enseñaba don Benito recitando el quinto mandamiento. En las primeras clases de religión yo siempre le miraba de reojo cuando tocaba ese mi primer tropiezo con la fe tras los sencillos “Amarás a Dios por encima de todas las cosas”, “No tomarás el nombre de Dios en vano”, “Santificarás las fiestas”, “Honrarás a tu padre y a tu madre”… “No matarás”, decían todos a coro, tan seguros.

En ese punto yo siempre callaba y observaba. Pero nada en don Benito indicaba la menor reprobación hacia mi persona. Con esa conciencia adquirida ya a los ocho años que me daban los sermones de mis padres y las clases de religión me preguntaba si lo que en esas catequesis acontecía era discreción o complicidad por parte de Dios o si por el contrario se guardaba un terrible castigo que pronto haría recaer sobre mí.

Y con esas dudas hice la Comunión. También seguían ahí, ya consentidas, cuando años más tarde llegué a la Confirmación. Para entonces mi empeño por encogerme unos centímetros había sido vencido por el metro ochenta que la genética me había dado. El mal campaba ya a sus anchas.

Llegados a este punto hice mía una frase ajena y complaciente: “Si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Había encontrado una nueva catequesis.

Acabé así con quien había sido hasta entonces mi mejor amigo. Le aparté de un plumazo de mi vida, por no volver a sentir su reprobación cuando me ensañaba cortando colas a las lagartijas, alas a los pájaros y uñas a los gatos.

Llegó seguido el turno de mi hermana, que tanto había puesto en evidencia mis mentiras ante mis padres con sus patadas por debajo de la mesa. El de mis padres, que me obligaron a confesar mi autoría en la sustracción del reloj de oro que faltaba en el cajón de mi madre. El de los vecinos del quinto, por testigos y por culpables de mi codicia, cinco presuntuosos disfrutando antes que nosotros todo lo que yo ambicionaba.

Me alejé de todo y de todos. Y me convertí en un ermitaño. Por el día disecciono cuerpos. He hecho de mi perversión ciencia. Y hasta vivo de ella. Ya no robo. Ya no miento. Ya no deseo nada de otros. Y en las noches me deleito en el placer de saltarme el único mandamiento que hoy sé que no quiero vencer jamás: “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”. Soy un adulto razonablemente feliz.

 

Publicado originalmente en http://habitacion13.com/

¡Calla, apaga eso!

¿Quién no tiene unos vecinos con los que comparte ventanas con ropa interior entre cuerdas, ladridos de perro -el suyo- y música entre paredes -la mía-?

Entre mis muchos vecinos hay un matrimonio relativamente joven y relativamente atractivo. De esos que entre conversaciones insípidas siempre decimos que “se conservan bien”.

Mis vecinos “atractivos” tienen una hija a la que yo, inconscientemente y por una persona de mi adolescencia a la que apodaron otros -yo entonces no apodaba a nadie-, he convenido en llamar culo pato.

Mi culo pato vecina es rubia, de pelo liso, dientes salidos y una plataforma plana y ancha que sobresale de forma espantosa entre dos piernas flacas. Ni la reciente maternidad sorprendentemente temprana como para hacer abuelos a mis pijos y atractivos vecinos ha cambiado eso.

Sí, los sonidos compartidos. En diecisiete años de ventana contra ventana me han sucedido las riñas a la niña que reclama su derecho a ser niña. Las riñas a la adolescente educada que no estudia lo suficiente. Y ahora el llanto de los gemelos que no sabemos a quién salieron -todavía van sobre cuatro ruedas-. También desconozco si son niños, niñas o niña y niño.

Mis vecinos nunca me han hablado. Y por imitación yo tampoco a ellos. Somos de esos conocidos que se observan tras la mirilla. Más por evitar coincidir en el ascensor y la falta de conversación que por la curiosidad por la vida del otro.

Reflexionando sobre este suceder de su vida he pensado en cómo perciben ellos la mía. Antes un matrimonio sin ruidos. Salvo en la cama. Ahora una vida sin ruidos. Salvo en la cama. Aunque esta cama ahora es más pausada y más diversa. Y en algún milagro más gritona.

Mi casa la mayor parte del tiempo es silenciosa. Escribir no hace ruido, no molesta, no incordia. Las cosas que escribo se quedan en ese mundo privado que es un echarse pa alante sin reservas ante la certeza de que siempre te queda la tecla de borrar. Y hacer como que no te ha sucedido todo eso que te sucede cuando escribes y te lees.

Pero siempre entre tantos ratos de escribir y leer hay un ruido de tripas. Y en ese silencio es imposible ignorarlas. A veces acompaño ese momento de cuidar las tripas con música, mientras cocino. Y si ha entrado la primavera abro las ventanas de par en par y canto.

Aunque tú no lo sepas,

me he inventado tu nombre

me drogué con promesas

y he dormido en los coches

Otra.

De alguna manera tendré que olvidarte

fumo en la ventana

de los días grises

Otra

Lo escribes y lo rompes

no sabes ni por donde empezar

Otra, de otro

Y no me eches de menos

que el recuerdo es un veneno

yo vivo en la soledad con tanta gente que me da miedo

Otra

Sol

tu sexo que me da calor

Otra

estuve cerca del sexo en rutina,

estuve cerca de pecar con Dios,

luego hice el amor por las esquinas

y ahora mi vida es una canción.

Otra

Y añoro la complicidad del coche

buscando aparcamiento como quien buscaba aliento

y todos los semáforos en rojo eran puntos de derroche

Otra

Yo

que vivo en un infierno de

palabras contra la pared

Interrumpe los jirones de poesía un ruido seco de ventanas que se cierran tras un quejido femenino: ¡Calla, apaga eso!

Intuyo que culo pato y su marido se han llevado a los nietos. La comida está lista. Escojo una película para la siesta.

En torno a una vela

Hay una imagen recurrente de mi infancia que me asalta de cuando en cuando: la de mi familia numerosa en torno a una vela cuando se iba la luz.

Mis padres y mis cinco hermanos junto a mí, improvisando el momento con la resignación ante esas cosas de entonces, cuando no había ni la posibilidad de levantar el teléfono y pedir una explicación a la compañía telefónica. Tocaba esperar a que lo resolviesen y podían tardar horas en hacerlo.

A menudo en esa improvisación entraba un tablero de ajedrez. Y frente a él mi hermana pequeña y yo. Las peores partidas para mí. Seis pares de ojos observando tu jugada en lugar de ese fijar la atención sobre el dado caprichoso que era para mí el parchís. Y que, sin embargo, también se tomaban ellos tan en serio. El parchís es un juego de estrategia, decían. Pero también hay una gran dosis de suerte y tres compartiendo la derrota, pensaba y callaba, divertida.

En mi familia me educaron para ganar. Y así es como todos entendían el juego y la vida. Sin luz, esa necesidad de demostrar que puedes vencer a otro era más acuciante para ellos. No para mí. Recuerdo que comprendía la exigencia. Recuerdo que a veces me concentraba en el empeño por dar de mí lo que se esperaba por mi condición de hermana dos años mayor que la otra, pero ni aún así reunía la suficiente ambición para entrar en esa supuesta demostración de inteligencia que no iba conmigo.

No voy a detallar los retos que yo me puse en el camino. Los míos. Y que superé y disfruté al alcanzarlos. Incluso algunos que no pensé y que me saltaron al paso. Los vencí y los compartí, ansiosa. También hubo derrotas. Decepciones que lloraba con esa frustración desmesurada que nos provoca la vida cuando somos jóvenes. Un notable en lugar de ese sobresaliente que era la meta personal. Y que nadie exigía. Al contrario. Todos se sentían orgullosos de esa nota. Menos yo.

Quizás en el fondo soy un producto de esa educación de presiones y asaltos en un ring entre egos desmedidos que puede ser a veces la familia. Y yo, siempre tan exigente, necesitaba un lugar más grande y nuevas personas con las que medirme.

Hoy me he quedado sin conexión a Internet, o eso parece. En realidad no lo he comprobado mucho. Me he resignado a ese disfrute improvisado de un silencio sin extraños que me entretengan al otro lado. Y así he caído en la cuenta de cuanto echo en falta la vela, las personas y el tablero de medirme en un juego inocente.