Ese extraño que vino para quedarse

Siempre tuve una relación conflictiva con Javier, el marido de mi madre. El hombre que vino a enturbiar la única convivencia que yo había conocido hasta entonces. La de la exclusividad de dos mujeres solas.

(La llegada de Javier)

Javier nunca fue un padre para mí. Ni él lo pretendió ni yo le di oportunidad. En cuanto a las intenciones de mi madre cuando lo dejó formar parte de nuestra vida quién sabe. Jamás he hablado con ella de ese tema.

Desde que entró por esa puerta sagrada que había separado mi privado mundo infantil del resto, le odié con todas mis fuerzas. Y me dediqué a hacerle la vida imposible. Sin reparar en que mi propósito podía llevarse por delante el amor de mi madre hacia mí. Que yo había creído incondicional hasta entonces.

En esa causa que hice mía con apenas ocho años nunca pensé en mi madre. O quizás lo hacía todo el tiempo. En los momentos que me negaba por estar con él. En la complicidad de sus miradas cuando yo tenía otra rabieta. En las conversaciones nocturnas que llegaban como un susurro a través de los muros de la casa hasta mi cuarto. Pero, sobre todo, en la puerta cerrada de su habitación, ahora.

Fuera de la casa, la vida era diferente. Mi madre seguía llevándome al colegio y en el trayecto en el coche ella se interesaba exclusivamente por mis cosas: “Te he puesto en la mochila un bocadillo de Nocilla, que tanto te gusta”. “¿Sabes que estás destacando mucho en las clases de ballet y que la profesora tiene muchas expectativas contigo?”

Cómo disfrutaba esos pequeños triunfos que con tanto empeño me ganaba. Debo reconocer que, tras la llegada de Javier, me esforcé más en las clases de ballet, que yo no escogí, y que tanto odiaba, porque no soportaba esa competición entre las alumnas por destacar.

Esos eran los mejores momentos fuera de la casa. Lejos del abrigo de la mirada escrutadora de quienes yo sentía que podían influir en mi causa, todo se reproducía exactamente igual que entre esas cuatro paredes que ya no eran hogar.

Recuerdo un día que nos fuimos de viaje a París. Yo enfurruñada ante la exultante felicidad de ellos y resuelta a poner a prueba el amor de mi madre.

Cómo lo hice es otra historia. El resultado es que me vi de vuelta a España como un paquete cualquiera que debía recoger mi querida abuela materna.

(El anuncio de los gemelos)

Entre estos tira y afloja en los que se había convertido mi vida, otro suceso inesperado lo trastocó todo. Mi madre, esa joven viuda que para mí sólo era madre, llevaba en su vientre dos hijos nuevos. Los hijos de Javier.

Ahora no recuerdo bien cómo me tomé el anuncio de esas dos personas nuevas en mi vida. Sí la tensión de mi madre, al verbalizarlo.

(Mis hermanos)

Los hijos de Javier y de mi madre fueron mis hermanos desde el primer día que les vi. Yo no recordaba a mi padre y que él no formase parte de eso era lo de menos. Lo de más, era que la vida me traía nuevos aliados.

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Los extraños éramos los otros

Te había visto ya antes. Estoy segura. Porque tu físico no es algo que se olvide fácilmente. Pero no te presté tanta atención como el otro día, en Malasaña.

Me fijé primero en tus piernas. Piernas y culo de mujer, que tan bien marcaban tus leggins. De espaldas, una mujer con cuerpazo.

Estabas delante de mí. A la espera del concierto. Yo sentada en el suelo, con una amiga. Y tú de pie. Por eso podía apreciar tan bien tu culo y tus piernas.

Mi amiga y yo hablamos con alguien que parecía que iba contigo. Acariciamos a su perra, tan hermosa. Una perra grande, de pelo negro y brillante. Una perra mimada.

Los dos teníais un aspecto raro. Por eso nos fijamos (sí mi amiga también) en vosotros. De los tres, si es que érais tres, y no tú sola, la más “normal” era la perra.

Sin remedio pensé que ser alguien como tú era una gran putada en la vida. Tan andrógina. Tan rara. Tan diferente. Y que estabas condenada a la soledad.

Cuando empezó el concierto, mi amiga me dijo: mira, está cantando el dueño de la perra. Mira cómo le mira, tan atenta. Qué bonita. Qué lista.

De repente tu extraño acompañante era el protagonista de la fiesta. De las fiestas de Malasaña. Mientras tú cuidabas a su perra. “Sí, parece que son pareja. Dos soledades que se juntan”, me dije. Pensé.

Tu acompañante volvió a tu lado al acabar su canción. Sólo era un artista invitado por el grupo. Pero artista al fin y al cabo. Cantaba bien.

Con la música me distraje ya de ti, de vosotros, y me dejé llevar por la buena onda del espacio compartido en la plaza. Hasta que de repente el grupo dijo que iba a cantar una canción dedicada a la amistad. Y que si teníamos un amigo, de verdad, cerca, lo abrazásemos.

De las filas de atrás se lanzó impulsiva una chica guapa, divertida y alegre. Y os acaparó en un efusivo abrazo a tu indeterminada pareja y a ti. Y cantasteis los tres juntos, locamente, celebrando la amistad.

No, no estabas tan sola ni eras tan extraña. Supongo que quienes te conocen ni se plantean ya si eres hombre o mujer. Simplemente eres persona y tu nombre, el que hayas escogido, elimina la duda.

Quizás los extraños somos los otros. Los que no hemos tenido que elegir quiénes somos y qué queremos de verdad. Y seguimos esforzándonos por encajar en este puzzle que es la sociedad y en el que, en realidad, todos somos piezas sueltas. Y sólo encajamos por casualidad. 

De bruces con la muerte

Nunca una mujer se arregla pensando que va a morir. Tampoco lo hizo Marta aquella noche. Como tantas otras de fiesta con amigas al momento de salir le precedió ese ritual de faldas, camisetas y carmín compartidos que es siempre el preámbulo de una noche sin límites. Otra feliz búsqueda de la vida en el ocaso del día.

Cinco horas antes de la muerte, en la vida de Marta todo eran risas tontas, como lo es cualquier risa sin motivos. De esas que te sacuden el cuerpo de arriba abajo y que no se explican ni justifican más que por la alegría contagiosa del propio reír. Una explosión de vida que aprieta el estómago hasta dolernos físicamente -qué desencuentros pueden llegar a tener el cuerpo humano y el cerebro- cuando nos sentimos en extremo felices, de tan libres.

Que Marta y sus amigas se viesen tan felizmente libres en ese momento lo justifican el lugar -un destino de vacaciones-, el buen rollito de la amistad sin exigencias y, en el caso de Marta, el saberse lejos de un amor que le había agriado los últimos meses de su vida. Y que estaba dispuesta a sepultar al menos por unas horas. No pedía más. Y curiosamente puesto el propósito la vida puso todo lo demás.

Marta secundaba con alegría la jocosa comedia de las chicas antes de salir a matar y se recreaba mirándose de soslayo en el espejo con la mini de Eva, la camiseta transparente de Ana y el eco del “estás preciosa” de todas al unísono. Con ese acompañamiento de palabras sinceras apretó el repiqueteo de los tacones sobre el suelo en esa pequeña distancia que separaba la habitación de vestirse juntas al salón, dispuesta a transformarlo todo en instantes de diversión. Y no pensar.

Antes de salir todas convinieron en tomarse un chupito de vodka. Más por apurar el momento de ellas a solas cantando algo que, seguro, no iban a poner en ningún lugar de ese país extranjero y que expresaba a las mil maravillas el estado de ánimo colectivo (el Sarandonga) que por el chupito en sí.

Al vodka en la garganta le precedió el brindis que habían hecho suyo: “Por la vida”.

– “Hay que mirarse a los ojos y apoyar el vaso, chicas”. Dijo una de ellas. Y el resto le siguieron con obediencia pagana.

Al primer chupito le sucedió un segundo.

– “Siempre la penúltima nenas”, dijo otra. Y todas estallaron en risas flojas con el vaso impaciente en el centro de la mesa exigiendo más relleno de la inmediata felicidad que es a veces el alcohol.

– “Por la vida”, repitieron al unísono con la alegría desbordada. Y enseguida más rojo carmín compartido, selfie con morritos, un “espera que la subo a Facebook” y carreras por salir a descubrir otra noche, en ese nuevo lugar.

Marta tomó la voz cantante. Se había empeñado en ir a un local donde pinchaban unos chicos que conocieron dos días antes por casualidad. Y que les hicieron bailar hasta las mil. Estaban de vacaciones. Tenían muchos planes para descubrir la ciudad, pero se dejaban llevar por el momento. Así funcionaban, funcionan, todas ellas.

Llegaron al Seventy a las doce de la noche. Con la expectativa de repetir los bailes y la buena onda repentina de esa primera vez en la ciudad. Antes se habían detenido a tomar alguna cerveza con un rápido picoteo y ya todo era exaltación de la vida, de la amistad, unos breves “a la mierda los hombres” y un exceso de “qué bonica esta ciudad. Yo me quiero quedar a vivir aquí”.

La noche en el Seventy empezó bailando a todo tren. Con cumbia, algo de funky y todas a voz en grito: “Viva Portugal”. Entre las cervezas compartidas, las risas, el baile, el “ese me gusta” de una de ellas, de repente una bronca ajena. Un grupo de morenos a un lado y de otros menos morenos a otro. Los más oscuros diciendo: “Que vosotros también sois racistas”. Y al instante el cuello de la botella roto, como arma defensiva a los dos lados.

Ruidos secos de golpes entre la música y la buena onda de ellas. Y Marta en medio.

– No, no os peleis, decía Marta, gritaba, exigía.

Pero nadie escucha nunca en ese estado de éxtasis que puede llegar a ser el odio. Ese odio que surge así, sin mediar palabra, porque lleva años fraguándose en silencio. Un odio profundo que es rabia contra el mundo, contra la injusticia que uno vive a diario, contra las miradas de soslayo y la desconfianza por tu color de piel. Un odio sin nombres ni rostros concretos, que se hace firme ante cualquiera que te vuelva a mirar con recelo.

Los cristales rotos no alcanzaron a Marta. No llegó a ponerse en medio. Tal era el rechazo a la violencia y su apego a la vida. Pero la visión de ver caer a uno de ellos delante, metro ochenta de bailar con la vida unos minutos antes, la rompió por dentro. Nunca hasta entonces se había encontrado así de bruces con la muerte.

Ese descubrir que todo puede cambiar en un instante le hizo sentir culpable. Por haberse querido morir tan caprichosamente por pequeños contratiempos de la vida. Algo de Marta murió por dentro ese día. Pero también sintió que esa noche había engañado a la muerte. Y comprendió que la muerte acecha siempre, satisfecha, cuando no aprecias la vida.

Mi pozo apacible

Tengo un apacible pozo que me protege cuando me duele la vida. Es un espacio sin horizontes, pero también sin medidas que me opriman porque nunca exige nada a cambio.

Un refugio que detiene el resto del mundo que no me gusta. Y que me deja ser a mi antojo.

Si tuviera que hacerle un reproche, sólo le diría que es un espacio en exceso complaciente, porque en él sólo estamos nosotros. Y en ese nosotros yo pregunto y él siempre calla y escucha sin inmutarse ante la contradicción de los diferentes puntos de vista que me suceden.

Ese yo y ese espacio que es refugio y escucha hemos formalizado un pacto no hablado por el que dejamos que algunos días y por breves momentos, algún alguien perturbe esa paz. Porque los dos sabemos que son personas que no podemos detener.

A veces nos asusta pensar que llegue un día en el que tengamos que romper ese pacto de refugio y preguntas sin respuestas, si un tercero que esperamos y negamos al mismo tiempo, nos aleja. Sin lógica alguna. Pero es un miedo controlado, porque los dos sabemos que siempre volveremos a buscarnos, aunque sea a menos ratos. Así de fuerte es ese pacto no hablado ni escrito.

Si ni él ni yo hemos puesto reglas, es porque los dos nos conocemos bien. Mi pozo sabe que no puede refugiarme si llueve fuerte. O si lloro en exceso. Porque el caudal de tanta corriente me impulsaría fuera de él. Sabe también, porque me conoce, que no podría quedarme habitando complacientemente en un cubículo tan estrecho y sin perspectivas, salvo a ratos.

Por eso a veces me pone escaleras para que salga a la vida. Y las retira alegremente cuando comprende que necesito su refugio. Sabe que nada ni nadie puede sustituirle. Porque siempre hemos estado juntos. Desde que tengo conciencia de la vida. Quizás porque me consiente. Quizás porque no pide nada. Quizás porque cuando estamos juntos es cuando realmente somos. Él refugio y yo persona. Él sin preguntar y yo hablando. Quizás es así como se forjan las únicas relaciones que perduran.

Puentes

Aprendí la importancia de los puentes en una guerra que no era la mía. Una crónica de la guerra entre hermanos. Una guerra civil que retrató divinamente en una crónica hecha novela como es Territorio comanche un periodista al que después no he sentido la necesidad de seguir. Porque creo, presupongo, sin contrastar la idea, que ahí puso lo mejor del oficio de periodista-escritor. Y como escritor me atrae bien poco.

En esa divina crónica de guerra que escribió Pérez Reverte en el 94 contaba la obsesión por grabar la voladura de un puente. No la imagen de las víctimas o las casas en ruinas que dejan de ser hogar y gente a la deriva o que ya no tienen a quien acoger. Los puentes hechos pedazos. Como metáfora de vencer. Rotos los puentes no hay camino.

Años después una amiga me dijo que yo siempre tendía puentes. Pero eso no le impidió dinamitarlos de golpe sin venir a cuento. Supongo que necesitaba fuegos artificiales ese día. Sin más.

Por recomponer el puente respondí a su exabrupto: “Ya lo hablaremos, que no es el momento”. Y como respuesta, más dinamita porque sí.

Tiempo más tarde mi amiga necesitaba cruzar un río y buscó un puente que no se había reconstruido. Y encontró piedras. A veces somos capaces de convertirnos en piedra, por sujetar la fuerza de la corriente. Y hasta lo conseguimos.

Estos días pienso en otros puentes que he tendido. Y que han dinamitado con el silencio. Sin tracas ni aspavientos. Y el resultado es el mismo. El no camino.

Sé que volveré a tender puentes. En nuevas guerras, con personas nuevas o viejas que buscan lo que hay al cruzar el puente y no un atajo para sortear la fuerza del agua que es a veces su vida.

Sé también que el puente se hará pedazos muchas veces. Y que volveré a ser piedra por no romperme. Y por permanecer, para quien tenga ganas de recomponer lo que voló sin pensar. Y pisar sobre seguro.

Celebración de una persona

A veces y solo a veces, confío en las personas. A veces y solo a veces hay personas que son y prefieren ser personas a un personaje admirado.

La mayor de las veces, las personas quieren y no pueden. Por eso los egos, que son la negación de uno mismo que más atrae a otras personas.

A veces y solo a veces, conozco alguna persona que me fascina. Y esas pocas veces, es alguien que no se marcha fácilmente de mi vida.

A veces y solo a veces, me gusta más alguien cuanto más la conozco. Y es entonces cuando, a veces y solo a veces, quiero a alguien.

A veces y solo a veces, también dejo de querer. Pero esto ya es más por imposición propia ante la torpeza ajena. Y duele. Y nada tiene que ver con ese a veces de descubrir y disfrutar e instalar en tu vida.

A veces y solo a veces, quiero que alguien se quede para siempre. Y no suele ser un amante, sino una persona sin más.

Entre esas pocas veces que me suceden, hay alguien recurrente desde hace muchos años: Uchi, amiga, madre y mujer de bandera. 

A veces  y muchas veces, celebras en privado lo que sientes de verdad. Como tantas veces amplificas lo que no sabes si…

A veces  y pocas veces puedes celebrar algo así en público: Feliz 73 cumpleaños. Desde la admiración de la persona, no del personaje que odia y no es.

A veces, muy pocas veces, dices felicidades desde la soledad de saber que esto nunca lo van a leer. Desde la seguridad de que nos reencontraremos todas las semanas. En las clases y en las cañas. Y en el cariño, todos los días.

A veces y solo a veces, suceden personas extraordinarias. Y es extraordinario que estén en tu vida. A veces, hay mujeres así: https://www.youtube.com/watch?v=rCr4QY6i7kQ

A veces y solo a veces, dices olé  a la vida, sin más.

Sólo a veces. Y muy pocas veces.

La vida de otros

Cierto, si eres un lector cinéfilo ya me estás reprochando que el título de este intento de relato se parece al de una peli, pero tengo que matizar que no es exactamente igual. La película era La vida de los otros y en mi defensa diré que ni me he inspirado en ella ni he caído en su argumento hasta que me has recriminado la coincidencia del título. Además, nada de lo que voy a contar aquí tiene que ver con el espiar a quienes son felices para delatarlos ante un régimen comunista, fascista o como quieras llamar a cualquier tipo de gobierno que espía y acusa a personas libres.

En un país libre como el mío y con Internet a su alcance, ¿quién puede aceptar ser quien no es?

Esta vida de otros es la historia de María, y de Carlos, y de Chema, y de Jorge, y de Ana, y de Pedro y de tantas personas con nombre y apellidos reales que se relacionan libremente en las redes sociales. Internet no permite censuras. Cada uno dice lo que quiere, siente y piensa, aunque en realidad no sepan lo que quieren, sienten y piensan en toda su vida. Así de libres son.

María en Twitter se llama @damanegra y se dedica a hostigar a los hombres. Una costumbre que a la mayoría les pone muchísimo, sin caer en que no podrían estar con una mujer así ni aunque viviesen seis vidas. Ah, pero el placer de pensar en compartir un ratito con esa mujer de armas tomar. Con esa @damanegra que realmente tiene nombre de virgen. Su calvario.

Carlos es @durocomoelacero y, aunque lleva ya unos cuantos desengaños amorosos que le consumen por dentro, insiste en su personaje de a mí las mujeres plin. Con ese mensaje no tendría mucho éxito, por eso se esmera en poner fotitos sexys pavoneando lo que el intelecto no da.

Chema es un machista de esos de las tías sólo sirven para follar, sabe que si dijese lo que piensa no se comería una rosca, y va de romántico. Su nick: @suavecaricia hace soñar a sus 60.000 seguidoras cada día. Y quizás a algunos hombres que miran y callan.

Jorge no tiene nada que ocultar. Es de esas raras personas que si las escuchas hablar en redes y con unas cañas mantienen el mismo discurso. En Twitter se hace llamar @jorgelopez.

Ana es una romántica. Y le encanta compartir frases bonitas en sus tuits. Ni qué decir tiene que es de las personas de más éxito entre hombres y mujeres. Que sí, que también muchos hombres son unos románticos del copón. La de tuits y retuits que tiene @anita.

Y Pedro, joder con Pedro. Cuando se enfada con el mundo se dedica a soltar todo lo que le viene a la boca. O mejor dicho a los dedos. @tuhiel tiene tantos fans como gente que le odia.

María, Carlos, Chema, Jorge, Ana, Pedro y los demás personajes libres de esta vida de los otros andan conectados al libre albedrío del TL de Twitter. Se leen las frases ocurrentes que son una vuelta de tuerca a ideas sabidas, celebran en la intimidad los me gusta propios y ajenos; pero sobre todo los RT, ese gran acto de valentía en público.

Como en todas las relaciones, María, Carlos, Chema, Jorge, Ana, Pedro y los demás también tienen sus desencuentros. Entre ellos y con otros. En público y en privado. Tan en serio se toman su vida de otro y de los otros. Pero en general su vida transcurre alegremente entre FAV y RT y algún DM que no vamos a revelar aquí porque son eso, privados.

Entre ellos se mantuvo siempre una ilusión de cordialidad y enfados controlados hasta que un día nuestra romántica Ana, uno de los seres más dulces de Twitter, compartió por equivocación y sin prestar atención (tuiteaba frases profundas mientras veía cosas insustanciales en la tele), retuiteó, digo, una frase infame para la conciencia colectiva. Tenía la fea constumbre de seguir a gente con la que no conectaba mentalmente, por la curiosidad de saber cómo piensan quienes no piensan como ella. Por la necesidad de ampliar su mundo y no quedarse en el compartir lo mío y yo y qué bueno es todo el que piensa como yo. Así de libre es/era.

María siguió viendo su película tranquilamente mientras su TL se incendiaba con amenazas y su cuenta de seguidores se aligeraba a un ritmo de uno menos por segundo.

Entre tanto ella se reía de la chorrada de película que veía: La ola, un experimento en un instituto que pretendía demostrar que ahora sería imposible que el fascismo volviese a suceder. Y que si eres tan cinéfilo seguro conoces y has visto.

También, seguro, recordarás que quien quiso demostrar que la gente necesita seguir y sentirse parte del grupo, que es algo que siempre ha dominado al ser humano, acaba siendo repudiado por sus propios seguidores, porque se niega a ser líder de nadie. Y no hay mayor traición que dejar a la gente al libre albedrío.

Cuando termina la película María sonríe y piensa: “¡Qué buena historia! Menos mal que es sólo eso, una historia”. Se conecta a Twitter y lee unas frases que no puedo reproducir aquí por pudor: frases odiosas, amenazantes, ofensivas… en un TL que todo había sido FAV y RT y buena onda. Entre ellas también hay muchas de Carlos, de Chema, de Jorge, de Ana y de Pedro. Y ningún mensaje privado. Es un apaleamiento público en toda regla. María se siente triste por un segundo. También siente rabia y desconcierto. Siente y piensa muchas cosas en unos instantes, pero se vuelve a acomodar en el sofá y busca en su disco duro una peli clásica: El largo y cálido verano. Apaga el móvil, mira, cree y comprende por qué los clásicos nunca mueren.

El día que aprendí a mentir

Acababas de abrir los ojos y ya sabía que me lo ibas a joder todo. Aún así te recibí con una sonrisa. Me habían preparado para tu llegada durante meses. Lo bonita que iba a ser nuestra amistad. La de cosas que íbamos a compartir. Lo bien que lo íbamos a pasar juntos. Y yo, la verdad, no sé lo que sentía exactamente, ¡era tan pequeña! Pero recuerdo perfectamente que no me encajaba nada esa exaltación de un cambio en una vida que para mí era perfecta.

Con esas exigencias, y a pesar de sentirme tan mal, te recibí con una pública sonrisa. Sintiendo, por dentro, que no era lo suficientemente buena para ellos; tan incapaz de compartir su felicidad. Y entre la necesidad de agradar y lo que de verdad necesitaba, explotando por dentro: ¿quién eres tú para quitarme la atención que me pertenecía?

Crecí con ese exabrupto interior. A tu lado. Y tú al mío. Midiéndonos cada día. Año tras año. Aprendiendo lo que es sonreír con rabia. Sin compartir más que la competición de la atención. Una competición que miraban con benevolencia papá y mámá, que nunca asistieron a esa violencia contenida de la infancia que se resume en un destrozar tu goma de borrar con un cutter.

Y nos hicimos mayores. No voy a decir que crecimos juntos, porque esa palabra, crecer, se ha envuelto de una positividad que no tiene que ver con lo que estamos hablando de nosotros. Digamos que estiramos más allá del metro setenta. Tú unos centímetros más, a pesar de los dos años de distancia que te llevaba. Para joderme, estoy segura. Creciste más que yo por provocarme, fijo.

Yo no sé si tú me odiabas como yo a ti. Supongo que sí. Porque de otra forma no puedo comprender ese afán por ningunear mi vida con tus sonrisas de nene bueno. Ni tu complacencia con papá y mamá, siempre tan buen hijo, siempre tan comprensivo y sonriente. Y yo tan rebelde y tan enfadada con la vida. Tan fuera de mi pequeño jodido mundo desde tan temprano, que también me revolví contra ellos, por consentirte y consertirlo.

Y ahora me miras desde esa cama, con esa expresión vacía, como si la cosa no fuese contigo. Con esa callada soberbia que siempre empleaste conmigo. Bueno, al menos hoy tienes la excusa de esos tubos que pueden conservar tu muerte de por vida. Y me das la oportunidad de que por una vez, una sola vez en estos treinta años, sonría de verdad ante las atenciones de ellos hacia ti.

Perdidos

Los ilusos a la izquierda, los racionales a la derecha. Y sin explicaciones ni aspavientos cada cual se puso en su sitio.

Al margen de las diferencias de edad, sexo, color o religión conformaron dos filas perfectas y en armonía. Tanto, que al poco empezaron a compartir cigarros y fuego, fotos y memes, riéndose los unos de los otros, tal era la aceptación que sentían. La seguridad de apreciar la diferencia entre el blanco y el negro fortalecía la ilusión de la izquierda y la razón de la derecha.

Y, de repente, el júbilo se transformó en un silencio insoportable. Alguien se había quedado en medio, desorientado. Toda la fila de la derecha y toda la fila de la izquierda le miraron tan asombrados que ni se atrevieron a pronunciarse. Lo hicieron los organizadores.

– ¿No oíste la pregunta?

– La he oído y no sé dónde ponerme.

– Es fácil: ¿Eres iluso o racional?

– Ni una cosa ni la otra.

– ¿Cómo te llamas?

– Ironía.

El estupor en las dos filas aumentó en segundos. Todos habían oído ese nombre, pero nadie les había preparado para su encuentro. Los racionales pensaron que no existía. Los ilusos, que era un demonio. Y los organizadores, que nunca lo encontrarían.

Ante la evidencia de su realidad se deshicieron las filas. Y sin mediar palabra se juntó la izquierda con la derecha en un círculo de mezclas perfectas. Y él, en medio.

Los racionales le increparon para que se explicara. Los ilusos para que se decidiera. Y al constatar que ni le entendían, ni se definía, todos quisieron quemarle. Pero se impuso la razón y convinieron en dejarle marchar para pensar.

La ironía se marchó cabizbaja y triste. En el fondo le hubiese gustado unirse a cualquiera de las filas pero no sabía cómo. Ella no era ni blanco ni negro. Era muchas cosas.

En el momento de partir se recriminó a sí misma por ser tan rara, pero enseguida su otra personalidad le hizo enfadarse por pensar tan cómodo. Y con la recriminación y el enfado juntos apretó el paso y se marchó sin más.

Deambuló durante meses sola. A ratos con la tristeza de saber que detrás había un júbilo esperando. A otros con la firmeza de que no podía quedarse donde no le comprendían. Y en el camino recreándose por igual observando árboles rojos entre el exultante verde del otoño, afanosas hormigas con cargas imposibles, reflejos morados en un cielo que en su infancia le enseñaron a pintar de azul, de nubes blancas y amarillo solar… Y tras la observación, el pensamiento traicionero: el amarillo y el azul dan verde. Al cielo se le escapan algunos rojos para teñir de ese color tan especial su vista.

Entre estas divagaciones absurdas y el total olvido de lo que dejó atrás, de repente, tropezó con un caminante.

– ¿Qué haces solo por estos senderos?, le dijo, ya sin pensar en su propia soledad.

– Caminar.

– ¿Te perdiste?

– No. Sólo camino. ¿Y tú?

– Igual.

– ¿Vamos juntos?

– ¿Por qué no? No hay mucha más compañía.

– El camino es largo.

– Lo sé. Y me encanta andar.

– Y a mí.

Desencuentros

Se fijó en su reflejo por primera vez mientras contemplaba abstraída el cuadro de Munch Los solitarios. Llevaba ahí frente a esa imagen de la mujer pelirroja mirando al mar y el hombre a su espalda, sin mirarse ni hablarse, más de cinco minutos.

LOS SOLITARIOS

Justo al dejar espacio para la realidad del lugar, reparó en la silueta de Juan dibujada en el cristal. Detrás suyo. Como en una reproducción exacta de la historia que los dos miraban. La falta de mar la ponía el propio cuadro.

Por un momento se sintió un garabato absurdo en la cabeza del pintor noruego, el de la angustia, la soledad, el desamor, la locura y el miedo. Y huyó tres cuadros más allá.

Juan también había visto la imagen sobre la imagen. Pero ni sintió angustia, ni miedo, ni nada semejante. Salvo la ironía del momento. Llevaba mucho tiempo esperando ese instante (como luego le dirá). Y le hizo gracia que ella, por fin, le viese justo en ese cuadro.

Fingió que se recreaba en las láminas mientras ojeaba a Luisa en la distancia. Esta vez estaba dispuesto a ir hasta el final. Costase lo que costase. Miró sin mirar los cuadros que le separaban de ella, hasta alcanzarla frente a Celos.

Y de nuevo el reflejo junto a Luisa. Pero esta vez el reflejo le habló. “Me pregunto qué había en esos días en la ciudad fuera de las habitaciones asfixiantes y la naturaleza opresiva que se repiten tanto”.

Ella se giró sorprendida. En las exposiciones no se habla con desconocidos. Bueno, ya en ningún sitio se habla con nadie, más que en las redes sociales, pensó. Y muy a su pesar respondió: “No hay más que calles solitarias y personas que ni se miran, como en los lienzos”.

“Yo imagino gente que conversa, ríe y se sonríe. Otros pasean disfrutando de las tranquilas calles de Oslo. Luce un sol espléndido, como hoy”, replicó él.

“Munch odiaba las multitudes. Por eso pinta escenas con poca gente. Debes ser una persona muy optimista para ver esas cosas en sus cuadros”.

“Sólo soy alguien que odia quedarse en mero espectador”.

El torpedo directo a los escudos de ella produce el efecto deseado. Y una sala después salen el uno junto al otro.

“¿Ves? Ya te dije que hace un día magnífico para tomar una caña”, le dice Juan, con una de sus sonrisas más encantadoras.

Ella siente que tiene toda la razón. También siente que es un hombre interesante y que… Pero aún así responde. “Sí, un día magnífico. Espero que lo disfrutes”.

Y huye rápido, como suele, cuando algo altera el guion premeditado de su vida.

Al volver la esquina del museo Luisa se siente estúpida, sosa y boba, pero aún así mantiene su rumbo. Con ganas de llegar a casa y recrearse en lo que le ha pasado.

Ya en su refugio escribe un cuento sobre el desconocido, al que conviene en llamar Juan, y sobre lo que podría haber sido la cita. En su relato ella vuelve sobre sus pasos y se sienta sin mediar palabra junto a él. Y le suelta con la sonrisa aún rígida: “Tienes razón. A veces hay que salir de la pura contemplación”.

Tres cervezas después las sonrisas son ya risas abiertas. Es un hombre ocurrente, divertido, culto, atento… Y sin pensarlo ni esperarlo se ve comiendo con él en un coqueto restaurante que hay detrás del Museo del Prado. Justo al costado de la Puerta de Murillo.

La comida y el vino y las risas y las miradas que contactan una y otra vez sin ocultar el brillo de los ojos les llevan a la cama. Ella folla con remilgos. Pero folla y repite.

Por la mañana se despierta contenta. Y recupera en su memoria la conversación del día anterior con él. Juan le contó que ya la había visto antes, en la exposición del Reina Sofía de Juan Muñoz. Varios años atrás. Y que había reparado en su pelo rojo, brillante y vivo, como el de las mujeres de Munch. Y en sus formas tan rígidas, que no cuadraban con la intensidad del pelo. “Esta mujer tiene mucho escondido en las costumbres aprendidas”, le dijo que pensó.

Luisa se siente enamorada de ese hombre tan buen conversador en la mesa y tan buen amante y cariñoso entre las sábanas. Pero, aún así, en un impulso se marcha sin despedirse ni reparar en que no se han dado los teléfonos. Y que ni siquiera se ha fijado ni en el nombre de la calle ni en el número del portal.

En los siguientes días vuelve sobre sus pasos hacia esa exposición. En los siguientes meses va a todas las exposiciones de Madrid. En los siguientes años va a las exposiciones de toda España. Va a más exposiciones que nunca y ya no consigue disfrutarlas. Pero sigue en el empeño.

– Fin-

Luisa concluye su vida imaginada y llora.