La vida de otros

Cierto, si eres un lector cinéfilo ya me estás reprochando que el título de este intento de relato se parece al de una peli, pero tengo que matizar que no es exactamente igual. La película era La vida de los otros y en mi defensa diré que ni me he inspirado en ella ni he caído en su argumento hasta que me has recriminado la coincidencia del título. Además, nada de lo que voy a contar aquí tiene que ver con el espiar a quienes son felices para delatarlos ante un régimen comunista, fascista o como quieras llamar a cualquier tipo de gobierno que espía y acusa a personas libres.

En un país libre como el mío y con Internet a su alcance, ¿quién puede aceptar ser quien no es?

Esta vida de otros es la historia de María, y de Carlos, y de Chema, y de Jorge, y de Ana, y de Pedro y de tantas personas con nombre y apellidos reales que se relacionan libremente en las redes sociales. Internet no permite censuras. Cada uno dice lo que quiere, siente y piensa, aunque en realidad no sepan lo que quieren, sienten y piensan en toda su vida. Así de libres son.

María en Twitter se llama @damanegra y se dedica a hostigar a los hombres. Una costumbre que a la mayoría les pone muchísimo, sin caer en que no podrían estar con una mujer así ni aunque viviesen seis vidas. Ah, pero el placer de pensar en compartir un ratito con esa mujer de armas tomar. Con esa @damanegra que realmente tiene nombre de virgen. Su calvario.

Carlos es @durocomoelacero y, aunque lleva ya unos cuantos desengaños amorosos que le consumen por dentro, insiste en su personaje de a mí las mujeres plin. Con ese mensaje no tendría mucho éxito, por eso se esmera en poner fotitos sexys pavoneando lo que el intelecto no da.

Chema es un machista de esos de las tías sólo sirven para follar, sabe que si dijese lo que piensa no se comería una rosca, y va de romántico. Su nick: @suavecaricia hace soñar a sus 60.000 seguidoras cada día. Y quizás a algunos hombres que miran y callan.

Jorge no tiene nada que ocultar. Es de esas raras personas que si las escuchas hablar en redes y con unas cañas mantienen el mismo discurso. En Twitter se hace llamar @jorgelopez.

Ana es una romántica. Y le encanta compartir frases bonitas en sus tuits. Ni qué decir tiene que es de las personas de más éxito entre hombres y mujeres. Que sí, que también muchos hombres son unos románticos del copón. La de tuits y retuits que tiene @anita.

Y Pedro, joder con Pedro. Cuando se enfada con el mundo se dedica a soltar todo lo que le viene a la boca. O mejor dicho a los dedos. @tuhiel tiene tantos fans como gente que le odia.

María, Carlos, Chema, Jorge, Ana, Pedro y los demás personajes libres de esta vida de los otros andan conectados al libre albedrío del TL de Twitter. Se leen las frases ocurrentes que son una vuelta de tuerca a ideas sabidas, celebran en la intimidad los me gusta propios y ajenos; pero sobre todo los RT, ese gran acto de valentía en público.

Como en todas las relaciones, María, Carlos, Chema, Jorge, Ana, Pedro y los demás también tienen sus desencuentros. Entre ellos y con otros. En público y en privado. Tan en serio se toman su vida de otro y de los otros. Pero en general su vida transcurre alegremente entre FAV y RT y algún DM que no vamos a revelar aquí porque son eso, privados.

Entre ellos se mantuvo siempre una ilusión de cordialidad y enfados controlados hasta que un día nuestra romántica Ana, uno de los seres más dulces de Twitter, compartió por equivocación y sin prestar atención (tuiteaba frases profundas mientras veía cosas insustanciales en la tele), retuiteó, digo, una frase infame para la conciencia colectiva. Tenía la fea constumbre de seguir a gente con la que no conectaba mentalmente, por la curiosidad de saber cómo piensan quienes no piensan como ella. Por la necesidad de ampliar su mundo y no quedarse en el compartir lo mío y yo y qué bueno es todo el que piensa como yo. Así de libre es/era.

María siguió viendo su película tranquilamente mientras su TL se incendiaba con amenazas y su cuenta de seguidores se aligeraba a un ritmo de uno menos por segundo.

Entre tanto ella se reía de la chorrada de película que veía: La ola, un experimento en un instituto que pretendía demostrar que ahora sería imposible que el fascismo volviese a suceder. Y que si eres tan cinéfilo seguro conoces y has visto.

También, seguro, recordarás que quien quiso demostrar que la gente necesita seguir y sentirse parte del grupo, que es algo que siempre ha dominado al ser humano, acaba siendo repudiado por sus propios seguidores, porque se niega a ser líder de nadie. Y no hay mayor traición que dejar a la gente al libre albedrío.

Cuando termina la película María sonríe y piensa: “¡Qué buena historia! Menos mal que es sólo eso, una historia”. Se conecta a Twitter y lee unas frases que no puedo reproducir aquí por pudor: frases odiosas, amenazantes, ofensivas… en un TL que todo había sido FAV y RT y buena onda. Entre ellas también hay muchas de Carlos, de Chema, de Jorge, de Ana y de Pedro. Y ningún mensaje privado. Es un apaleamiento público en toda regla. María se siente triste por un segundo. También siente rabia y desconcierto. Siente y piensa muchas cosas en unos instantes, pero se vuelve a acomodar en el sofá y busca en su disco duro una peli clásica: El largo y cálido verano. Apaga el móvil, mira, cree y comprende por qué los clásicos nunca mueren.

Perdidos

Los ilusos a la izquierda, los racionales a la derecha. Y sin explicaciones ni aspavientos cada cual se puso en su sitio.

Al margen de las diferencias de edad, sexo, color o religión conformaron dos filas perfectas y en armonía. Tanto, que al poco empezaron a compartir cigarros y fuego, fotos y memes, riéndose los unos de los otros, tal era la aceptación que sentían. La seguridad de apreciar la diferencia entre el blanco y el negro fortalecía la ilusión de la izquierda y la razón de la derecha.

Y, de repente, el júbilo se transformó en un silencio insoportable. Alguien se había quedado en medio, desorientado. Toda la fila de la derecha y toda la fila de la izquierda le miraron tan asombrados que ni se atrevieron a pronunciarse. Lo hicieron los organizadores.

– ¿No oíste la pregunta?

– La he oído y no sé dónde ponerme.

– Es fácil: ¿Eres iluso o racional?

– Ni una cosa ni la otra.

– ¿Cómo te llamas?

– Ironía.

El estupor en las dos filas aumentó en segundos. Todos habían oído ese nombre, pero nadie les había preparado para su encuentro. Los racionales pensaron que no existía. Los ilusos, que era un demonio. Y los organizadores, que nunca lo encontrarían.

Ante la evidencia de su realidad se deshicieron las filas. Y sin mediar palabra se juntó la izquierda con la derecha en un círculo de mezclas perfectas. Y él, en medio.

Los racionales le increparon para que se explicara. Los ilusos para que se decidiera. Y al constatar que ni le entendían, ni se definía, todos quisieron quemarle. Pero se impuso la razón y convinieron en dejarle marchar para pensar.

La ironía se marchó cabizbaja y triste. En el fondo le hubiese gustado unirse a cualquiera de las filas pero no sabía cómo. Ella no era ni blanco ni negro. Era muchas cosas.

En el momento de partir se recriminó a sí misma por ser tan rara, pero enseguida su otra personalidad le hizo enfadarse por pensar tan cómodo. Y con la recriminación y el enfado juntos apretó el paso y se marchó sin más.

Deambuló durante meses sola. A ratos con la tristeza de saber que detrás había un júbilo esperando. A otros con la firmeza de que no podía quedarse donde no le comprendían. Y en el camino recreándose por igual observando árboles rojos entre el exultante verde del otoño, afanosas hormigas con cargas imposibles, reflejos morados en un cielo que en su infancia le enseñaron a pintar de azul, de nubes blancas y amarillo solar… Y tras la observación, el pensamiento traicionero: el amarillo y el azul dan verde. Al cielo se le escapan algunos rojos para teñir de ese color tan especial su vista.

Entre estas divagaciones absurdas y el total olvido de lo que dejó atrás, de repente, tropezó con un caminante.

– ¿Qué haces solo por estos senderos?, le dijo, ya sin pensar en su propia soledad.

– Caminar.

– ¿Te perdiste?

– No. Sólo camino. ¿Y tú?

– Igual.

– ¿Vamos juntos?

– ¿Por qué no? No hay mucha más compañía.

– El camino es largo.

– Lo sé. Y me encanta andar.

– Y a mí.

Nariz de payaso

Enero de 2018, un domingo cualquiera

¿Qué demonios?, se dijo María al encender el televisor. Era la primera vez que se asomaba al mundo tras las vacaciones de diez días dedicados a escribir y leer. A ratos necesita conectarse con el mundo y está acostumbrada a las sorpresas. Pero ¿esto?

En la pantalla de plasma aparecía la presentadora de siempre, con una enorme nariz de payaso. Por un momento pensó que se había equivocado de programa. Pero no, estaba viendo las noticias.

Dio al botón del mando y la siguiente cadena le arrojó otras noticias, otro presentador y otra gigantesca y roja napia de payaso.

Una hora más tarde había agotado todos los canales y todas las posibilidades. Sin éxito. Todos le mostraban sin inmutarse personas luciendo esas estúpidas trompas.

Como siempre que no comprende el mundo pensó que estaba alucinando. Tanta literatura me está afectando al raciocinio. Mejor me voy a dormir.

Lunes 

María se levanta. Desayuna y coge el coche. En el trayecto escucha la emisora de costumbre. Buena música y críticas divertidas. Como siempre.

Entra en la redacción con el buen rollito del trayecto sonoro, abre la puerta con una sonrisa, y todos sus compañeros la saludan. ¿Qué tal las vacaciones? No alcanza a responder. Frunce el ceño y se marcha directa al lavabo. Se mira al espejo. No, yo sigo igual. ¿Qué cojones está pasando?

Se parapeta en el ordenador y mira el correo. Más de mil mensajes que lanza directamente a la basura, tras una rápida selección de los cinco que realmente importan.

Revisa la agenda y recuerda que hoy tiene una entrevista con el rector de la Universidad del Emprendedor. La única que en los últimos años se permite el lujo de escoger a los alumnos. Tal es la avalancha de solicitudes.

En el edificio de los que dirigen el cotarro de ese mausoleo de la sabiduría le recibe el mandamás, con una abierta sonrisa de triunfador coronada por… ¡la innombrable bola roja!

Se centra como puede en las preguntas y las respuestas de rigor de los últimos años. Si no emprendes eres un fracasado. Estamos en un mundo de valientes, de líderes, de personas que crean contra la adversidad, bla, bla, bla.

Hundida y sin rechistar, vuelve a la redacción dispuesta a buscar una respuesta a esta pesadilla infame que se alarga ya tantas horas. Se siente atrapada dentro del goyesco cuadro Saturno devorando a sus hijos. Y se niega a ser devorada.

Busca en la pantalla del ordenador un respiro para indagar y pensar. Ahí siempre están las respuestas, se dice. Entra en La nación. En portada Ángela Merkel pidiendo a España más recortes, más flexibilidad laboral, más emprendedores… mostrando ostentosamente la nariz roja más grande que uno pudiera imaginar.

Para reconstituirse busca la sección de cultura. ¡Mierda! Economía, Internacional… ¡Peor!

En la pestaña de Madrid se detiene en un pie de foto: Los alumnos del instituto Cervantes durante los nuevos planes de estudios que han conseguido devolver la atención y la ilusión a los estudiantes. Ahora atienden al profesor, le miran y hasta le responden cuando pregunta.

Busca ilusionada la imagen y ante la nueva afrenta ya explota. Entra al despacho del director. Sin mirarle a la cara por evitar la bola roja y el sonrojo propio y la inseguridad y los miedos al saberse fuera del resto del nuevo mundo le dice con la escasa convicción que le queda: voy a hacer el artículo de la Universidad del Emprendedor sin firmar.

Siente en el cogote la mirada de toda la redacción. El jefe le pide que explique su decisión. Ella no atina a responder por qué siente que todo está mal, que esto no es bueno, que echa de menos otros tiempos, cuando había filosofía en los planes de estudio en lugar de memes, que así no se puede, que ya se ha hartado de escribir solo sin tilde cuando se refiere a un adverbio, por no hablar de las cocreta como animal de compañía, que los vídeos de dos minutos no pueden sustituir a un libro, que un bufón no puede ser rector, que un jefe…

Por apartar la asfixia de la reflexión le suelta a bocajarro: ¿Cuándo se jodió el mundo?

Sin esperar respuesta sale de la redacción directa al chino más cercano en busca de un buen par de narices.

Por fin lunes

Me levanto anticipándome al despertador. Una larga ducha caliente. El café de rigor. Hoy mejor dos. Necesito multiplicar por mil todos mis sentidos. Es el día.

El armario a medio abrir, no necesito rebuscar en él. Llevo repasando este detalle todo el fin de semana. La falda negra de raso ajustada sobre los muslos, ligeramente por encima de las rodillas. La camisa blanca, pura, quizás en exceso transparente, que recato con un escueto body de raso blanco, con ligeros tirantes y sin puntillas. Tampoco hay que exagerar. Dejemos paso a la imaginación de cada cuál. Las medias de seda, finas, ligerísimas, pero negras. El negro es elegancia, y el taconazo y el carmín rojo en los labios, la guinda. Eso lo sabe cualquier mujer de verdad.

Me miro al espejo. “Perfecta. Te vas a comer el mundo”.

Monto en el coche. Intento de chute de Lou Reed: Perfect Day. Mi fortaleza empieza a flaquear: demasiado intenso. Necesito algo más normal. Debí rescatar de mis vinilos el Hoy puede ser un gran día de Serrat. ¿Pero quién se acuerda hoy de Serrat? “Vamos nena, ¿qué tienes en la guantera?” En el primer semáforo me abalanzo sobre ella y rebusco entre mis CDs. Nick Cave, Tom Waits, Marianne Faithfull; de mal en peor. Elvis Costello, tampoco.

El claxon insistente a mi alrededor me arranca de mi profunda reflexión. “Cuanta impaciencia, joder”. Intento centrarme en el tráfico, mientras me recrimino por escuchar estas cosas. “Así no vas a ningún lado.” Otro semáforo. Reparo en los CD´s que tengo más a mano, en la puerta del conductor. Los que alegran en los largos viajes solitarios y que canto con alborozo y sin procesar: Soy gitano, A la plazuela que voy a emborracharme… Menos!

Me empieza a engullir el asiento. Más pitidos. Me abstrae de ellos el rugir del motor y ya, resignada, me dejo atrapar por ese soniquete  inesperado que intento apuntalar con una nueva arenga interior: “Vamos, que puedes”.

Llego a mi cita algo antes de la hora acordada. La embriaguez del motor decae y supero la tentación de acurrucarme en el silencio con nuevas palabras de clínica de dos duros: “Tranquila, todo va bien”.

Estoy en uno de esos elevados edificios acristalados en los que te dan una tarjeta de visitante presentando el DNI. Paso el torniquete sin problemas: “Estoy admitida”, siento. Entro en el primer ascensor que se detiene junto a mí. Ya en su interior, observo que no aparece en los números mi planta.

– Perdón, ¿este ascensor dónde me lleva?

– A los pisos pares.

– Ah, pues yo voy al 13. ¿Cómo lo hago?

– Tienes que volver a bajar y esperar un ascensor que te indique que se detiene en esa planta.

– Puff, qué complicado.

– Sí, un verdadero lío. Siempre andamos explicándolo. Pero es bueno, no recuerdo ahora para qué.

Bajo a la planta cero. Espero diez minutos. El reloj aprieta. Pregunto en recepción si hay escaleras para subir hasta el trece. El segurata uniformado detrás del mostrador, que no alcanza a reparar en mi falda y mis piernas, me lanza una mirada de lástima. Otra recriminación traicionera me lleva a dudar hasta de esa ropa, tan acertada apenas media hora antes. Vuelvo a la espera. Tomo un ascensor que me deja en la doce. De ahí total sólo hay un piso. En mi destino improvisado me indican que no hay escaleras para la trece. La premura del tiempo y mi torpeza para comprender este laberinto de pisos y oficinas nuevas me vencen durante un levísimo y hondo instante. El que dura la llegada del siguiente ascensor, que frena las lágrimas en los ojos, pero no el estallido del reloj en la muñeca.

Ya en su interior, y por no reparar en quienes me observan, se me cuela estúpidamente en la cabeza un acertijo de cuando niña: lana sube, lana baja. ¡Afilada!, exploto por dentro, es el adjetivo que añadiría ahora al juego que con tanta inocencia y cariño me proponían los mayores para encontrar el sustantivo. Claro que las palabras y acertijos de la infancia son cosa bien distinta a los caminos y laberintos de la edad adulta.

De nuevo en la cero, espero ya sin esperanzas. El primer ascensor que llega marca mi número. Avanzo dos pasos. Vuelvo a creerme. Aunque por lo que se vé tan artificialmente que se cuela, de nuevo, otra recriminación: “Eres estúpida. ¿Ves como no hay que venirse abajo a la primera de cambio?”.

Estoy en la 13. Me atuso rápido el embalaje y voy directa a la recepcionista.

– Soy fulanita de cual y tenía una entrevista.

– Sí, como todos esos que están en la cola. Espera tu turno, me responde sin mirarme.

La ofensa y la arruga interior me traen nuevos instintos de supervivencia, que me llevan a sacar faltas a los competidores: “Vale, son jóvenes, pero mira qué pintas. Pantalón caído, camiseta y zapatillas. Sobreabundante barba de hipsters. ¡Pero en qué mundo vive esta gente! Ellas mejor. Aunque esa faldita con volantes tan mona con deportivas… Y el pantalón vaquero de verano con medias negras. ¡Que no estás de copas, chata! 

Mi nombre en el altavoz interrumpe la retahíla auto defensiva. Vuelvo a la carga: “Allá voy”. Una carrera en la media recién estrenada me saca del parapeto miserable. Nueva caída traicionera. Y de nuevo la lucha: “Tú como si nada. La línea fatal está en el lado izquierdo y el cruce de piernas lo tienes controlado. Arriba la derecha”. El repiqueteo de mis tacones me acompaña como una marcha triunfal hasta mi destino. Otro nuevo resurgir imperceptible. Supero la puerta. Mi interlocutora es una mujer de mi edad, bajita y rechoncha. Me recibe con una sonrisa afable preparada, pero su mirada me anticipa que me odia, sin mediar palabra. Me asalta sin compasión la presencia de la enana inoportuna, de nuevo, que intento apartar: “No me jodas, ahora no, vete, que esto es importante”, le digo, me digo. Ni el aspaviento de los brazos y manos absurdos me libran de ella. Es una verdadera tocahuevos. Y como todo tocahuevos termina venciendo: “¿Por qué esta falda? ¿Por qué la blusa? ¿Por qué las medias, los taconazos y el rojo carmín? No había otro color”.

Vergüenza ajena

He asistido a la representación de lo más bajo de la condición humana no una, ni dos, ni tres, ni cuatro… sino mil veces a lo largo de mi existencia.

A la de las palabras del político impasible tras el robo del dinero público que considera suyo, la vergüenza más visible. Aunque menor a la de quien lo defiende, porque total, todos lo hacen, y si yo pudiera también lo haría. La más cercana.

A la del erudito que rebaja a un paleto, porque sí, porque puede y no sabe renunciar a ese momento de soberbia que le sirve en bandeja el  iletrado, que no tuvo su educación.

A la del insuficiente que reduce al zopenco con datos exactos de nuestro pasado más glorioso, aprendidos en novelas históricas, que el cateto no rebate porque se sabe bárbaro sin remedio. O quizás por la ignorancia de la ignorancia del otro, tan evidente.

Pero de entre todas estas vergüenzas de espectador sobrado siempre me asalta la memoria la que sentí el día que conocí a Necip.

Tropecé con él dando un paseo por un barrio de Estambul. Al doblar una esquina mugrienta con olor a orina añeja. Era apenas un ovillo de huesos y harapos, acurrucado sobre sus piernas. La cabeza protegida por el propio abrazo, en ese gesto tan humano con el que todos alguna vez hemos intentado negar el mundo entero alrededor. Sollozaba desconsoladamente, inmune a la pestilencia del lugar, que a mí me golpeó como una bala en el estómago al desviarme del camino de los turistas buscando una iglesia románica de la que ni recuerdo el nombre ni viene al caso.

El pequeño, ignorante del espacio miserable, me lanzó una mirada limpia cuando le pregunté, como otras tantas veces hiciera antes con algún niño de mi barrio: ¿Cómo te llamas? “Necip”. ¿Y qué te ocurre? ¿Por qué lloras? “Los otros niños no quieren jugar conmigo”, respondió con la lógica simplista de la infancia.

Me relajé interiormente y le ofrecí una chuche. La reacción de Necip fue la esperada. Al primer titubeo de su expresión siguieron unas lucecitas de felicidad rescatada en los ojos. Pero, inexplicablemente, el niño no cogió el cohecho ofrecido de forma atolondrada. Apartó la tentación y me observó de arriba a abajo con la expresión de adulto que guardan en la mirada todos los críos del tercer mundo. Ignorando su negativa, yo insistí en mi rescate tomándole en volandas para arrancarle de su ovillo. A mi atrevimiento siguió una luz más intensa en las pupilas. Y un amago de sonrisa. Respondí con una risa sonora, confiada y franca.

Pero Necip estaba empeñado en dejarme en entredicho ese día, tan diminuto como era. Se deshizo del abrazo educado, apartó la caridad impuesta por su condición de niño pobre y morito y me lanzó un vistazo retador de chulo adulto. Acto seguido y en silencio, se llevó el cuerpo minúsculo que yo había volteado en el aire tan alegremente. Se llevó los harapos, la pobreza y la delación primera de ojos dolidos, sin volver la vista atrás. Y dejó, al revelar su figura tambaleante, su auténtica desdicha. La del cojito. Y mi mudez culpable de capullo occidental.