Por fin lunes

Me levanto anticipándome al despertador. Una larga ducha caliente. El café de rigor. Hoy mejor dos. Necesito multiplicar por mil todos mis sentidos. Es el día.

El armario a medio abrir, no necesito rebuscar en él. Llevo repasando este detalle todo el fin de semana. La falda negra de raso ajustada sobre los muslos, ligeramente por encima de las rodillas. La camisa blanca, pura, quizás en exceso transparente, que recato con un escueto body de raso blanco, con ligeros tirantes y sin puntillas. Tampoco hay que exagerar. Dejemos paso a la imaginación de cada cuál. Las medias de seda, finas, ligerísimas, pero negras. El negro es elegancia, y el taconazo y el carmín rojo en los labios, la guinda. Eso lo sabe cualquier mujer de verdad.

Me miro al espejo. “Perfecta. Te vas a comer el mundo”.

Monto en el coche. Intento de chute de Lou Reed: Perfect Day. Mi fortaleza empieza a flaquear: demasiado intenso. Necesito algo más normal. Debí rescatar de mis vinilos el Hoy puede ser un gran día de Serrat. ¿Pero quién se acuerda hoy de Serrat? “Vamos nena, ¿qué tienes en la guantera?” En el primer semáforo me abalanzo sobre ella y rebusco entre mis CDs. Nick Cave, Tom Waits, Marianne Faithfull; de mal en peor. Elvis Costello, tampoco.

El claxon insistente a mi alrededor me arranca de mi profunda reflexión. “Cuanta impaciencia, joder”. Intento centrarme en el tráfico, mientras me recrimino por escuchar estas cosas. “Así no vas a ningún lado.” Otro semáforo. Reparo en los CD´s que tengo más a mano, en la puerta del conductor. Los que alegran en los largos viajes solitarios y que canto con alborozo y sin procesar: Soy gitano, A la plazuela que voy a emborracharme… Menos!

Me empieza a engullir el asiento. Más pitidos. Me abstrae de ellos el rugir del motor y ya, resignada, me dejo atrapar por ese soniquete  inesperado que intento apuntalar con una nueva arenga interior: “Vamos, que puedes”.

Llego a mi cita algo antes de la hora acordada. La embriaguez del motor decae y supero la tentación de acurrucarme en el silencio con nuevas palabras de clínica de dos duros: “Tranquila, todo va bien”.

Estoy en uno de esos elevados edificios acristalados en los que te dan una tarjeta de visitante presentando el DNI. Paso el torniquete sin problemas: “Estoy admitida”, siento. Entro en el primer ascensor que se detiene junto a mí. Ya en su interior, observo que no aparece en los números mi planta.

– Perdón, ¿este ascensor dónde me lleva?

– A los pisos pares.

– Ah, pues yo voy al 13. ¿Cómo lo hago?

– Tienes que volver a bajar y esperar un ascensor que te indique que se detiene en esa planta.

– Puff, qué complicado.

– Sí, un verdadero lío. Siempre andamos explicándolo. Pero es bueno, no recuerdo ahora para qué.

Bajo a la planta cero. Espero diez minutos. El reloj aprieta. Pregunto en recepción si hay escaleras para subir hasta el trece. El segurata uniformado detrás del mostrador, que no alcanza a reparar en mi falda y mis piernas, me lanza una mirada de lástima. Otra recriminación traicionera me lleva a dudar hasta de esa ropa, tan acertada apenas media hora antes. Vuelvo a la espera. Tomo un ascensor que me deja en la doce. De ahí total sólo hay un piso. En mi destino improvisado me indican que no hay escaleras para la trece. La premura del tiempo y mi torpeza para comprender este laberinto de pisos y oficinas nuevas me vencen durante un levísimo y hondo instante. El que dura la llegada del siguiente ascensor, que frena las lágrimas en los ojos, pero no el estallido del reloj en la muñeca.

Ya en su interior, y por no reparar en quienes me observan, se me cuela estúpidamente en la cabeza un acertijo de cuando niña: lana sube, lana baja. ¡Afilada!, exploto por dentro, es el adjetivo que añadiría ahora al juego que con tanta inocencia y cariño me proponían los mayores para encontrar el sustantivo. Claro que las palabras y acertijos de la infancia son cosa bien distinta a los caminos y laberintos de la edad adulta.

De nuevo en la cero, espero ya sin esperanzas. El primer ascensor que llega marca mi número. Avanzo dos pasos. Vuelvo a creerme. Aunque por lo que se vé tan artificialmente que se cuela, de nuevo, otra recriminación: “Eres estúpida. ¿Ves como no hay que venirse abajo a la primera de cambio?”.

Estoy en la 13. Me atuso rápido el embalaje y voy directa a la recepcionista.

– Soy fulanita de cual y tenía una entrevista.

– Sí, como todos esos que están en la cola. Espera tu turno, me responde sin mirarme.

La ofensa y la arruga interior me traen nuevos instintos de supervivencia, que me llevan a sacar faltas a los competidores: “Vale, son jóvenes, pero mira qué pintas. Pantalón caído, camiseta y zapatillas. Sobreabundante barba de hipsters. ¡Pero en qué mundo vive esta gente! Ellas mejor. Aunque esa faldita con volantes tan mona con deportivas… Y el pantalón vaquero de verano con medias negras. ¡Que no estás de copas, chata! 

Mi nombre en el altavoz interrumpe la retahíla auto defensiva. Vuelvo a la carga: “Allá voy”. Una carrera en la media recién estrenada me saca del parapeto miserable. Nueva caída traicionera. Y de nuevo la lucha: “Tú como si nada. La línea fatal está en el lado izquierdo y el cruce de piernas lo tienes controlado. Arriba la derecha”. El repiqueteo de mis tacones me acompaña como una marcha triunfal hasta mi destino. Otro nuevo resurgir imperceptible. Supero la puerta. Mi interlocutora es una mujer de mi edad, bajita y rechoncha. Me recibe con una sonrisa afable preparada, pero su mirada me anticipa que me odia, sin mediar palabra. Me asalta sin compasión la presencia de la enana inoportuna, de nuevo, que intento apartar: “No me jodas, ahora no, vete, que esto es importante”, le digo, me digo. Ni el aspaviento de los brazos y manos absurdos me libran de ella. Es una verdadera tocahuevos. Y como todo tocahuevos termina venciendo: “¿Por qué esta falda? ¿Por qué la blusa? ¿Por qué las medias, los taconazos y el rojo carmín? No había otro color”.

Vergüenza ajena

He asistido a la representación de lo más bajo de la condición humana no una, ni dos, ni tres, ni cuatro… sino mil veces a lo largo de mi existencia.

A la de las palabras del político impasible tras el robo del dinero público que considera suyo, la vergüenza más visible. Aunque menor a la de quien lo defiende, porque total, todos lo hacen, y si yo pudiera también lo haría. La más cercana.

A la del erudito que rebaja a un paleto, porque sí, porque puede y no sabe renunciar a ese momento de soberbia que le sirve en bandeja el  iletrado, que no tuvo su educación.

A la del insuficiente que reduce al zopenco con datos exactos de nuestro pasado más glorioso, aprendidos en novelas históricas, que el cateto no rebate porque se sabe bárbaro sin remedio. O quizás por la ignorancia de la ignorancia del otro, tan evidente.

Pero de entre todas estas vergüenzas de espectador sobrado siempre me asalta la memoria la que sentí el día que conocí a Necip.

Tropecé con él dando un paseo por un barrio de Estambul. Al doblar una esquina mugrienta con olor a orina añeja. Era apenas un ovillo de huesos y harapos, acurrucado sobre sus piernas. La cabeza protegida por el propio abrazo, en ese gesto tan humano con el que todos alguna vez hemos intentado negar el mundo entero alrededor. Sollozaba desconsoladamente, inmune a la pestilencia del lugar, que a mí me golpeó como una bala en el estómago al desviarme del camino de los turistas buscando una iglesia románica de la que ni recuerdo el nombre ni viene al caso.

El pequeño, ignorante del espacio miserable, me lanzó una mirada limpia cuando le pregunté, como otras tantas veces hiciera antes con algún niño de mi barrio: ¿Cómo te llamas? “Necip”. ¿Y qué te ocurre? ¿Por qué lloras? “Los otros niños no quieren jugar conmigo”, respondió con la lógica simplista de la infancia.

Me relajé interiormente y le ofrecí una chuche. La reacción de Necip fue la esperada. Al primer titubeo de su expresión siguieron unas lucecitas de felicidad rescatada en los ojos. Pero, inexplicablemente, el niño no cogió el cohecho ofrecido de forma atolondrada. Apartó la tentación y me observó de arriba a abajo con la expresión de adulto que guardan en la mirada todos los críos del tercer mundo. Ignorando su negativa, yo insistí en mi rescate tomándole en volandas para arrancarle de su ovillo. A mi atrevimiento siguió una luz más intensa en las pupilas. Y un amago de sonrisa. Respondí con una risa sonora, confiada y franca.

Pero Necip estaba empeñado en dejarme en entredicho ese día, tan diminuto como era. Se deshizo del abrazo educado, apartó la caridad impuesta por su condición de niño pobre y morito y me lanzó un vistazo retador de chulo adulto. Acto seguido y en silencio, se llevó el cuerpo minúsculo que yo había volteado en el aire tan alegremente. Se llevó los harapos, la pobreza y la delación primera de ojos dolidos, sin volver la vista atrás. Y dejó, al revelar su figura tambaleante, su auténtica desdicha. La del cojito. Y mi mudez culpable de capullo occidental.

Celebración

Hay en estas fechas, por la sensación de fin de un ciclo y de comienzo de otro, una necesidad de ajustar cuentas con la vida que en las revistas resumen divinamente como “buenos propósitos”.

Una necesidad que también tuvieron quienes ya no están entre nosotros, sabiéndose enfermos de muerte. Eso sí es ajustar cuentas en Navidad. Pero la revisión de ellos se quedó en un mirarse sin propósitos, ya con más cuentas pendientes con la muerte que con la vida. Aunque sí, todavía, algunas, con los vivos.

Cuentas que, sin embargo, callaron. Porque ya para qué. Y porque seguramente se sintieron señalados en estos días como si cometiesen una afrenta, por estar enfermos cuando todo debe ser alegría.

Tanto, que hay quien estallándole la presión de la festividad en su calendario de vida termina diciendo, con miedo a ofender: ¿No vienes, hija? Juntémonos todos. Por si…

Hasta que tras un primero y un segundo sin novedad, el tercer por si… se cumple. Y quienes están, suponiendo que le recuerden, le apartan, porque hoy no toca. Ya te dedicamos el 1 de noviembre.