Puertas ciegas

– Tomo drogas porque necesito puertas. Así a bocajarro le espetó hace años a Teresa un amigo de una amiga en medio de una fiesta. Sin que ella hubiese preguntado ni visto. Así, a veces, quien se asfixia siente tanta necesidad de aire fresco que se confiesa al primer desconocido.

– ¿Y qué puertas te dan las drogas?, respondió Teresa, sólo por la amabilidad de comprender al amigo de la amiga.

– No sé explicarlo. Pero siento que mi mundo es más grande.

Teresa calló porque ni tenía respuestas ni ella misma se sentía una puerta para nadie. Pensó que ella por momentos también siente que le oprime el mundo. Calló y pensó: “Yo no busco salidas, sino respuestas. Y no están detrás del sencillo girar del pomo de una puerta, por colores que tenga”.

Año y algo más tarde Teresa se encontró con el amigo de la amiga. En una terraza de su barrio, el de él. A dos calles de distancia del de ella.

Ella iba con una amiga, que acababa de llegar, de fuera. Y que jamás ha buscado respuestas ni puertas. O eso dijo siempre y mantiene hasta hoy. Él estaba en una terraza con una chica. Y no se saludaron, aunque se reconocieron. Por lo que Teresa sabía de lo que le contó la amiga entonces -entonces la amiga, no la conversación-, era una chica que le perseguía, insistentemente, y él no soportaba. Atando cabos concluyó que por su salud mental él encontró su puerta. Y que, afortunadamente o no, quién sabe, ella, por la suya, seguía a la búsqueda de respuestas.

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