Puentes

Aprendí la importancia de los puentes en una guerra que no era la mía. Una crónica de la guerra entre hermanos. Una guerra civil que retrató divinamente en una crónica hecha novela como es Territorio comanche un periodista al que después no he sentido la necesidad de seguir. Porque creo, presupongo, sin contrastar la idea, que ahí puso lo mejor del oficio de periodista-escritor. Y como escritor me atrae bien poco.

En esa divina crónica de guerra que escribió Pérez Reverte en el 94 contaba la obsesión por grabar la voladura de un puente. No la imagen de las víctimas o las casas en ruinas que dejan de ser hogar y gente a la deriva o que ya no tienen a quien acoger. Los puentes hechos pedazos. Como metáfora de vencer. Rotos los puentes no hay camino.

Años después una amiga me dijo que yo siempre tendía puentes. Pero eso no le impidió dinamitarlos de golpe sin venir a cuento. Supongo que necesitaba fuegos artificiales ese día. Sin más.

Por recomponer el puente respondí a su exabrupto: “Ya lo hablaremos, que no es el momento”. Y como respuesta, más dinamita porque sí.

Tiempo más tarde mi amiga necesitaba cruzar un río y buscó un puente que no se había reconstruido. Y encontró piedras. A veces somos capaces de convertirnos en piedra, por sujetar la fuerza de la corriente. Y hasta lo conseguimos.

Estos días pienso en otros puentes que he tendido. Y que han dinamitado con el silencio. Sin tracas ni aspavientos. Y el resultado es el mismo. El no camino.

Sé que volveré a tender puentes. En nuevas guerras, con personas nuevas o viejas que buscan lo que hay al cruzar el puente y no un atajo para sortear la fuerza del agua que es a veces su vida.

Sé también que el puente se hará pedazos muchas veces. Y que volveré a ser piedra por no romperme. Y por permanecer, para quien tenga ganas de recomponer lo que voló sin pensar. Y pisar sobre seguro.

Celebración de una persona

A veces y solo a veces, confío en las personas. A veces y solo a veces hay personas que son y prefieren ser personas a un personaje admirado.

La mayor de las veces, las personas quieren y no pueden. Por eso los egos, que son la negación de uno mismo que más atrae a otras personas.

A veces y solo a veces, conozco alguna persona que me fascina. Y esas pocas veces, es alguien que no se marcha fácilmente de mi vida.

A veces y solo a veces, me gusta más alguien cuanto más la conozco. Y es entonces cuando, a veces y solo a veces, quiero a alguien.

A veces y solo a veces, también dejo de querer. Pero esto ya es más por imposición propia ante la torpeza ajena. Y duele. Y nada tiene que ver con ese a veces de descubrir y disfrutar e instalar en tu vida.

A veces y solo a veces, quiero que alguien se quede para siempre. Y no suele ser un amante, sino una persona sin más.

Entre esas pocas veces que me suceden, hay alguien recurrente desde hace muchos años: Uchi, amiga, madre y mujer de bandera. 

A veces  y muchas veces, celebras en privado lo que sientes de verdad. Como tantas veces amplificas lo que no sabes si…

A veces  y pocas veces puedes celebrar algo así en público: Feliz 73 cumpleaños. Desde la admiración de la persona, no del personaje que odia y no es.

A veces, muy pocas veces, dices felicidades desde la soledad de saber que esto nunca lo van a leer. Desde la seguridad de que nos reencontraremos todas las semanas. En las clases y en las cañas. Y en el cariño, todos los días.

A veces y solo a veces, suceden personas extraordinarias. Y es extraordinario que estén en tu vida. A veces, hay mujeres así: https://www.youtube.com/watch?v=rCr4QY6i7kQ

A veces y solo a veces, dices olé  a la vida, sin más.

Sólo a veces. Y muy pocas veces.

La vida de otros

Cierto, si eres un lector cinéfilo ya me estás reprochando que el título de este intento de relato se parece al de una peli, pero tengo que matizar que no es exactamente igual. La película era La vida de los otros y en mi defensa diré que ni me he inspirado en ella ni he caído en su argumento hasta que me has recriminado la coincidencia del título. Además, nada de lo que voy a contar aquí tiene que ver con el espiar a quienes son felices para delatarlos ante un régimen comunista, fascista o como quieras llamar a cualquier tipo de gobierno que espía y acusa a personas libres.

En un país libre como el mío y con Internet a su alcance, ¿quién puede aceptar ser quien no es?

Esta vida de otros es la historia de María, y de Carlos, y de Chema, y de Jorge, y de Ana, y de Pedro y de tantas personas con nombre y apellidos reales que se relacionan libremente en las redes sociales. Internet no permite censuras. Cada uno dice lo que quiere, siente y piensa, aunque en realidad no sepan lo que quieren, sienten y piensan en toda su vida. Así de libres son.

María en Twitter se llama @damanegra y se dedica a hostigar a los hombres. Una costumbre que a la mayoría les pone muchísimo, sin caer en que no podrían estar con una mujer así ni aunque viviesen seis vidas. Ah, pero el placer de pensar en compartir un ratito con esa mujer de armas tomar. Con esa @damanegra que realmente tiene nombre de virgen. Su calvario.

Carlos es @durocomoelacero y, aunque lleva ya unos cuantos desengaños amorosos que le consumen por dentro, insiste en su personaje de a mí las mujeres plin. Con ese mensaje no tendría mucho éxito, por eso se esmera en poner fotitos sexys pavoneando lo que el intelecto no da.

Chema es un machista de esos de las tías sólo sirven para follar, sabe que si dijese lo que piensa no se comería una rosca, y va de romántico. Su nick: @suavecaricia hace soñar a sus 60.000 seguidoras cada día. Y quizás a algunos hombres que miran y callan.

Jorge no tiene nada que ocultar. Es de esas raras personas que si las escuchas hablar en redes y con unas cañas mantienen el mismo discurso. En Twitter se hace llamar @jorgelopez.

Ana es una romántica. Y le encanta compartir frases bonitas en sus tuits. Ni qué decir tiene que es de las personas de más éxito entre hombres y mujeres. Que sí, que también muchos hombres son unos románticos del copón. La de tuits y retuits que tiene @anita.

Y Pedro, joder con Pedro. Cuando se enfada con el mundo se dedica a soltar todo lo que le viene a la boca. O mejor dicho a los dedos. @tuhiel tiene tantos fans como gente que le odia.

María, Carlos, Chema, Jorge, Ana, Pedro y los demás personajes libres de esta vida de los otros andan conectados al libre albedrío del TL de Twitter. Se leen las frases ocurrentes que son una vuelta de tuerca a ideas sabidas, celebran en la intimidad los me gusta propios y ajenos; pero sobre todo los RT, ese gran acto de valentía en público.

Como en todas las relaciones, María, Carlos, Chema, Jorge, Ana, Pedro y los demás también tienen sus desencuentros. Entre ellos y con otros. En público y en privado. Tan en serio se toman su vida de otro y de los otros. Pero en general su vida transcurre alegremente entre FAV y RT y algún DM que no vamos a revelar aquí porque son eso, privados.

Entre ellos se mantuvo siempre una ilusión de cordialidad y enfados controlados hasta que un día nuestra romántica Ana, uno de los seres más dulces de Twitter, compartió por equivocación y sin prestar atención (tuiteaba frases profundas mientras veía cosas insustanciales en la tele), retuiteó, digo, una frase infame para la conciencia colectiva. Tenía la fea constumbre de seguir a gente con la que no conectaba mentalmente, por la curiosidad de saber cómo piensan quienes no piensan como ella. Por la necesidad de ampliar su mundo y no quedarse en el compartir lo mío y yo y qué bueno es todo el que piensa como yo. Así de libre es/era.

María siguió viendo su película tranquilamente mientras su TL se incendiaba con amenazas y su cuenta de seguidores se aligeraba a un ritmo de uno menos por segundo.

Entre tanto ella se reía de la chorrada de película que veía: La ola, un experimento en un instituto que pretendía demostrar que ahora sería imposible que el fascismo volviese a suceder. Y que si eres tan cinéfilo seguro conoces y has visto.

También, seguro, recordarás que quien quiso demostrar que la gente necesita seguir y sentirse parte del grupo, que es algo que siempre ha dominado al ser humano, acaba siendo repudiado por sus propios seguidores, porque se niega a ser líder de nadie. Y no hay mayor traición que dejar a la gente al libre albedrío.

Cuando termina la película María sonríe y piensa: “¡Qué buena historia! Menos mal que es sólo eso, una historia”. Se conecta a Twitter y lee unas frases que no puedo reproducir aquí por pudor: frases odiosas, amenazantes, ofensivas… en un TL que todo había sido FAV y RT y buena onda. Entre ellas también hay muchas de Carlos, de Chema, de Jorge, de Ana y de Pedro. Y ningún mensaje privado. Es un apaleamiento público en toda regla. María se siente triste por un segundo. También siente rabia y desconcierto. Siente y piensa muchas cosas en unos instantes, pero se vuelve a acomodar en el sofá y busca en su disco duro una peli clásica: El largo y cálido verano. Apaga el móvil, mira, cree y comprende por qué los clásicos nunca mueren.

El día que aprendí a mentir

Acababas de abrir los ojos y ya sabía que me lo ibas a joder todo. Aún así te recibí con una sonrisa. Me habían preparado para tu llegada durante meses. Lo bonita que iba a ser nuestra amistad. La de cosas que íbamos a compartir. Lo bien que lo íbamos a pasar juntos. Y yo, la verdad, no sé lo que sentía exactamente, ¡era tan pequeña! Pero recuerdo perfectamente que no me encajaba nada esa exaltación de un cambio en una vida que para mí era perfecta.

Con esas exigencias, y a pesar de sentirme tan mal, te recibí con una pública sonrisa. Sintiendo, por dentro, que no era lo suficientemente buena para ellos; tan incapaz de compartir su felicidad. Y entre la necesidad de agradar y lo que de verdad necesitaba, explotando por dentro: ¿quién eres tú para quitarme la atención que me pertenecía?

Crecí con ese exabrupto interior. A tu lado. Y tú al mío. Midiéndonos cada día. Año tras año. Aprendiendo lo que es sonreír con rabia. Sin compartir más que la competición de la atención. Una competición que miraban con benevolencia papá y mámá, que nunca asistieron a esa violencia contenida de la infancia que se resume en un destrozar tu goma de borrar con un cutter.

Y nos hicimos mayores. No voy a decir que crecimos juntos, porque esa palabra, crecer, se ha envuelto de una positividad que no tiene que ver con lo que estamos hablando de nosotros. Digamos que estiramos más allá del metro setenta. Tú unos centímetros más, a pesar de los dos años de distancia que te llevaba. Para joderme, estoy segura. Creciste más que yo por provocarme, fijo.

Yo no sé si tú me odiabas como yo a ti. Supongo que sí. Porque de otra forma no puedo comprender ese afán por ningunear mi vida con tus sonrisas de nene bueno. Ni tu complacencia con papá y mamá, siempre tan buen hijo, siempre tan comprensivo y sonriente. Y yo tan rebelde y tan enfadada con la vida. Tan fuera de mi pequeño jodido mundo desde tan temprano, que también me revolví contra ellos, por consentirte y consertirlo.

Y ahora me miras desde esa cama, con esa expresión vacía, como si la cosa no fuese contigo. Con esa callada soberbia que siempre empleaste conmigo. Bueno, al menos hoy tienes la excusa de esos tubos que pueden conservar tu muerte de por vida. Y me das la oportunidad de que por una vez, una sola vez en estos treinta años, sonría de verdad ante las atenciones de ellos hacia ti.

Perdidos

Los ilusos a la izquierda, los racionales a la derecha. Y sin explicaciones ni aspavientos cada cual se puso en su sitio.

Al margen de las diferencias de edad, sexo, color o religión conformaron dos filas perfectas y en armonía. Tanto, que al poco empezaron a compartir cigarros y fuego, fotos y memes, riéndose los unos de los otros, tal era la aceptación que sentían. La seguridad de apreciar la diferencia entre el blanco y el negro fortalecía la ilusión de la izquierda y la razón de la derecha.

Y, de repente, el júbilo se transformó en un silencio insoportable. Alguien se había quedado en medio, desorientado. Toda la fila de la derecha y toda la fila de la izquierda le miraron tan asombrados que ni se atrevieron a pronunciarse. Lo hicieron los organizadores.

– ¿No oíste la pregunta?

– La he oído y no sé dónde ponerme.

– Es fácil: ¿Eres iluso o racional?

– Ni una cosa ni la otra.

– ¿Cómo te llamas?

– Ironía.

El estupor en las dos filas aumentó en segundos. Todos habían oído ese nombre, pero nadie les había preparado para su encuentro. Los racionales pensaron que no existía. Los ilusos, que era un demonio. Y los organizadores, que nunca lo encontrarían.

Ante la evidencia de su realidad se deshicieron las filas. Y sin mediar palabra se juntó la izquierda con la derecha en un círculo de mezclas perfectas. Y él, en medio.

Los racionales le increparon para que se explicara. Los ilusos para que se decidiera. Y al constatar que ni le entendían, ni se definía, todos quisieron quemarle. Pero se impuso la razón y convinieron en dejarle marchar para pensar.

La ironía se marchó cabizbaja y triste. En el fondo le hubiese gustado unirse a cualquiera de las filas pero no sabía cómo. Ella no era ni blanco ni negro. Era muchas cosas.

En el momento de partir se recriminó a sí misma por ser tan rara, pero enseguida su otra personalidad le hizo enfadarse por pensar tan cómodo. Y con la recriminación y el enfado juntos apretó el paso y se marchó sin más.

Deambuló durante meses sola. A ratos con la tristeza de saber que detrás había un júbilo esperando. A otros con la firmeza de que no podía quedarse donde no le comprendían. Y en el camino recreándose por igual observando árboles rojos entre el exultante verde del otoño, afanosas hormigas con cargas imposibles, reflejos morados en un cielo que en su infancia le enseñaron a pintar de azul, de nubes blancas y amarillo solar… Y tras la observación, el pensamiento traicionero: el amarillo y el azul dan verde. Al cielo se le escapan algunos rojos para teñir de ese color tan especial su vista.

Entre estas divagaciones absurdas y el total olvido de lo que dejó atrás, de repente, tropezó con un caminante.

– ¿Qué haces solo por estos senderos?, le dijo, ya sin pensar en su propia soledad.

– Caminar.

– ¿Te perdiste?

– No. Sólo camino. ¿Y tú?

– Igual.

– ¿Vamos juntos?

– ¿Por qué no? No hay mucha más compañía.

– El camino es largo.

– Lo sé. Y me encanta andar.

– Y a mí.

Desencuentros

Se fijó en su reflejo por primera vez mientras contemplaba abstraída el cuadro de Munch Los solitarios. Llevaba ahí frente a esa imagen de la mujer pelirroja mirando al mar y el hombre a su espalda, sin mirarse ni hablarse, más de cinco minutos.

LOS SOLITARIOS

Justo al dejar espacio para la realidad del lugar, reparó en la silueta de Juan dibujada en el cristal. Detrás suyo. Como en una reproducción exacta de la historia que los dos miraban. La falta de mar la ponía el propio cuadro.

Por un momento se sintió un garabato absurdo en la cabeza del pintor noruego, el de la angustia, la soledad, el desamor, la locura y el miedo. Y huyó tres cuadros más allá.

Juan también había visto la imagen sobre la imagen. Pero ni sintió angustia, ni miedo, ni nada semejante. Salvo la ironía del momento. Llevaba mucho tiempo esperando ese instante (como luego le dirá). Y le hizo gracia que ella, por fin, le viese justo en ese cuadro.

Fingió que se recreaba en las láminas mientras ojeaba a Luisa en la distancia. Esta vez estaba dispuesto a ir hasta el final. Costase lo que costase. Miró sin mirar los cuadros que le separaban de ella, hasta alcanzarla frente a Celos.

Y de nuevo el reflejo junto a Luisa. Pero esta vez el reflejo le habló. “Me pregunto qué había en esos días en la ciudad fuera de las habitaciones asfixiantes y la naturaleza opresiva que se repiten tanto”.

Ella se giró sorprendida. En las exposiciones no se habla con desconocidos. Bueno, ya en ningún sitio se habla con nadie, más que en las redes sociales, pensó. Y muy a su pesar respondió: “No hay más que calles solitarias y personas que ni se miran, como en los lienzos”.

“Yo imagino gente que conversa, ríe y se sonríe. Otros pasean disfrutando de las tranquilas calles de Oslo. Luce un sol espléndido, como hoy”, replicó él.

“Munch odiaba las multitudes. Por eso pinta escenas con poca gente. Debes ser una persona muy optimista para ver esas cosas en sus cuadros”.

“Sólo soy alguien que odia quedarse en mero espectador”.

El torpedo directo a los escudos de ella produce el efecto deseado. Y una sala después salen el uno junto al otro.

“¿Ves? Ya te dije que hace un día magnífico para tomar una caña”, le dice Juan, con una de sus sonrisas más encantadoras.

Ella siente que tiene toda la razón. También siente que es un hombre interesante y que… Pero aún así responde. “Sí, un día magnífico. Espero que lo disfrutes”.

Y huye rápido, como suele, cuando algo altera el guion premeditado de su vida.

Al volver la esquina del museo Luisa se siente estúpida, sosa y boba, pero aún así mantiene su rumbo. Con ganas de llegar a casa y recrearse en lo que le ha pasado.

Ya en su refugio escribe un cuento sobre el desconocido, al que conviene en llamar Juan, y sobre lo que podría haber sido la cita. En su relato ella vuelve sobre sus pasos y se sienta sin mediar palabra junto a él. Y le suelta con la sonrisa aún rígida: “Tienes razón. A veces hay que salir de la pura contemplación”.

Tres cervezas después las sonrisas son ya risas abiertas. Es un hombre ocurrente, divertido, culto, atento… Y sin pensarlo ni esperarlo se ve comiendo con él en un coqueto restaurante que hay detrás del Museo del Prado. Justo al costado de la Puerta de Murillo.

La comida y el vino y las risas y las miradas que contactan una y otra vez sin ocultar el brillo de los ojos les llevan a la cama. Ella folla con remilgos. Pero folla y repite.

Por la mañana se despierta contenta. Y recupera en su memoria la conversación del día anterior con él. Juan le contó que ya la había visto antes, en la exposición del Reina Sofía de Juan Muñoz. Varios años atrás. Y que había reparado en su pelo rojo, brillante y vivo, como el de las mujeres de Munch. Y en sus formas tan rígidas, que no cuadraban con la intensidad del pelo. “Esta mujer tiene mucho escondido en las costumbres aprendidas”, le dijo que pensó.

Luisa se siente enamorada de ese hombre tan buen conversador en la mesa y tan buen amante y cariñoso entre las sábanas. Pero, aún así, en un impulso se marcha sin despedirse ni reparar en que no se han dado los teléfonos. Y que ni siquiera se ha fijado ni en el nombre de la calle ni en el número del portal.

En los siguientes días vuelve sobre sus pasos hacia esa exposición. En los siguientes meses va a todas las exposiciones de Madrid. En los siguientes años va a las exposiciones de toda España. Va a más exposiciones que nunca y ya no consigue disfrutarlas. Pero sigue en el empeño.

– Fin-

Luisa concluye su vida imaginada y llora.

Puertas ciegas

– Tomo drogas porque necesito puertas. Así a bocajarro le espetó hace años a Teresa un amigo de una amiga en medio de una fiesta. Sin que ella hubiese preguntado ni visto. Así, a veces, quien se asfixia siente tanta necesidad de aire fresco que se confiesa al primer desconocido.

– ¿Y qué puertas te dan las drogas?, respondió Teresa, sólo por la amabilidad de comprender al amigo de la amiga.

– No sé explicarlo. Pero siento que mi mundo es más grande.

Teresa calló porque ni tenía respuestas ni ella misma se sentía una puerta para nadie. Pensó que ella por momentos también siente que le oprime el mundo. Calló y pensó: “Yo no busco salidas, sino respuestas. Y no están detrás del sencillo girar del pomo de una puerta, por colores que tenga”.

Año y algo más tarde Teresa se encontró con el amigo de la amiga. En una terraza de su barrio, el de él. A dos calles de distancia del de ella.

Ella iba con una amiga, que acababa de llegar, de fuera. Y que jamás ha buscado respuestas ni puertas. O eso dijo siempre y mantiene hasta hoy. Él estaba en una terraza con una chica. Y no se saludaron, aunque se reconocieron. Por lo que Teresa sabía de lo que le contó la amiga entonces -entonces la amiga, no la conversación-, era una chica que le perseguía, insistentemente, y él no soportaba. Atando cabos concluyó que por su salud mental él encontró su puerta. Y que, afortunadamente o no, quién sabe, ella, por la suya, seguía a la búsqueda de respuestas.

Nieve

Lo había construido sin pretensiones. Siguiendo el impulso del momento y el lugar. La casa sobrevenida de blanco. En mitad de una montaña de un lugar cualquiera de un momento cualquiera. Aunque, sin duda, era invierno. Sólo nieva en invierno. Eso es una realidad irrefutable. Y resulta evidente que no estaban ni en el Caribe ni en Canarias. Allí no nieva. Otra verdad irrefutable. Al menos hasta hoy.

Había dedicado apenas unos minutos a consolidar el soporte. Sin pensar cómo quería que fuese. Un cuerpo rechoncho sin pies para caminar y sin brazos para abrazar. Sin un abrigo que le protegiera del frío lacerante, tan poco apego parecía que tuviera a su criatura. Siguió por la cabeza. Pegada sobre el tronco sin nada que pudiera parecer un cuello. Y todos sabemos que los cuerpos humanos, además de pies y brazos, tienen un hermoso cuello. Un cuello que hace girar la vista cuando algo llama nuestra atención o que nos delata cuando inclinamos la cabeza con una inesperada coquetería ante alguien que nos gusta.

A modo de ojos hizo dos hendiduras casi imperceptibles sin medir si realmente estaban donde debían. A un conocedor de la anatomía humana le resultarían excesivamente altos. Como los que pueda tener un hombre sin frente. La nariz era otra improvisada pelota rechoncha. Aunque nadie podría objetarle nada. Hay tal amalgama de narices humanas que bien podría ser una auténtica. Para la boca, el mismo proceso que con los ojos. Una hendidura sobre la esfera, para dotarla de una sonrisa. Los muñecos, salvo raras excepciones, siempre nos sonríen.

Sí le puso una bufanda. La que ella misma llevaba antes de concluir su trabajo. El paño negro de lana ocultando la falta del cuello le daba un pequeño toque de realismo a la blanca figura rechoncha. O eso le parecía a ella.

Pero en el instante mismo en el que María dio unos pasos atrás para contemplar “su” creación, una violenta sacudida acabó con ella. El muñeco de nieve recién nacido se desparramó sin resistencia al recibir la pedrada.

María se quedó muda. Sin aliento. Apartó de un manotazo la cálida lágrima que empezaba a deslizarse por su mejilla y le espetó indignada a su pareja: “¿Por qué lo has hecho?”

Él le devolvió una de sus tibias e incuestionables respuestas: “Sólo era un muñeco de nieve”.

Ella asintió, aunque su corazón le decía lo contrario. Se dijo a sí misma, eres boba. Y apartó las ganas de golpearle el pecho con los puños por romper el encanto del momento. Apartó su necesidad de exigir su autoría: era “mi” muñeco. Apartó el zarandeo y el grito: ¡No sabes soñar!

Años más tarde volverían juntos a otro lugar sin nombre ni estación. Otra nieve similar. Pero esta vez no hubo espacio para muñecos, ni para la improvisación y dejarse llevar.

Cenaron frente a la chimenea con un buen vino. Después hicieron el amor. O quizás sería mejor decir que follaron. Amor era una palabra que no cabía ya en el corazón de María con él.

Durmieron abrazados. En silencio. Y aparentemente plenos por la felicidad de follar y amar. Al día siguiente ella se fue. Sin planificar ni meditar. Sin una palabra. ¿Cómo explicarle que necesitaba hacer un muñeco de nieve que él no destruyera?

El hombre del saco

Al terminar los deberes me gustaba salir disparada a la calle a jugar a la comba: La lluna, la bruna, vestida de dol, son pare li pega, sa mare no vol. Al churro va: Churro, media manga, mangotero, dime lo que hay en el montero. A la goma, a las canicas, a béisbol, a las cartas tirados en el suelo de cualquier portal. Sólo jugaba en casa en las tardes de verano, con mis dos hermanos pequeños. Esperando, impacientes, que diesen las cinco. La hora que marcaba el comienzo de la tarde en los plácidos días de verano. Jamás entendí esa prohibición horaria, innegociable con mi madre. Tendría sus motivos. Nunca fue una mujer mandona.

En unas calles impregnadas del olor de los ingredientes de las galletas Río se desarrollaban todas nuestras fantasías infantiles. Vivíamos en una barriada situada en uno de los límites del pueblo. Si te aventurabas sólo una manzana más allá, te encontrabas de bruces con los naranjos. Eso sí era vivir al límite.

Esos campos de naranjos que ocupaban en mi pequeño hábitat de niña más espacio que el resto del pueblo siempre ejercieron sobre mí una atracción incómoda. Allí vivía para mí, literalmente, el hombre del saco, del que tanto hemos oído hablar y nadie, que sepa, ha visto.

Tampoco yo. Aunque a punto estuvo de encontrarme ese fatídico día en el que saltándonos las normas de los padres me aventuré con mis hermanos pequeños y otros compañeros de juegos del barrio a inspeccionar ese terreno hostil y misterioso, por demostrarnos que éramos unos valientes.

Recuerdo en la ida el manojo de niños bordeando el riachuelo que marcaba el camino para no perderse en los campos de naranjos. Entonces inmensos. Todos temblando de miedo en una fila rígida improvisada, la vista fija en los pies del otro, olvidada ya la curiosidad por lo que había alrededor, que fue la causante de la incursión en ese infierno de silencios interrumpidos por el ruido seco de las ramas rotas, el rumor del agua y el peso de la nada. Hasta que nos encontramos ¡con eso!

Entre risas nerviosas y juegos y miedos y retos y descubrimientos y más miedos y más risas nerviosas nos dimos de bruces con una ropa negra, delicadamente doblada al cobijo de un árbol cercano al hilillo de agua que nos mantenía a salvo como los pedacitos de panes a Hansel y Gretel. Pero nosotros no éramos personajes de cuento. Y el hombre del saco tampoco. Ahí estaba la evidencia. El hombre del saco, el ser malvado que puede hacer daño a niños inocentes existe y está muy cerca. Quizás nos vigila escondido tras algún árbol.

¿Por qué no hice caso a mis padres?”, me dije. Y tras la inocente pregunta infantil, la huida despavorida y eterna hasta alcanzar la silueta segura de las casas.

Aquel día el hombre del saco no me atrapó, lo ha hecho de adulta. Un hombre del saco nuevo. Viste también de oscuro, traje de rayas con camisa blanca inmaculada y corbata. Me obliga a trabajar hasta tarde. No deja espacio a las risas, a los juegos, a la imaginación. Es todo miedo. Miedo a perder el trabajo. Miedo a perder la seguridad de un salario. Miedo a no tener para comer, ahora que desapareció el cobijo de los padres y que las calles con olor a galletas son ya un barrio cualquiera. Un Mercadona absorbió el olor y el lugar.

Ahora, de adulta, los confines de mi mundo, más amplio, aprietan más. Ahora no hay el refugio de las casas de personas conocidas. Ahora ya no puedo conformarme con cuentos de viejos. Que sé que son viejos. Pero me queda la rebeldía. Porque sé, que para destruir al hombre del saco hay que mirarle a los ojos y decirle: “No creemos en cuentos”.

Nariz de payaso

Enero de 2018, un domingo cualquiera

¿Qué demonios?, se dijo María al encender el televisor. Era la primera vez que se asomaba al mundo tras las vacaciones de diez días dedicados a escribir y leer. A ratos necesita conectarse con el mundo y está acostumbrada a las sorpresas. Pero ¿esto?

En la pantalla de plasma aparecía la presentadora de siempre, con una enorme nariz de payaso. Por un momento pensó que se había equivocado de programa. Pero no, estaba viendo las noticias.

Dio al botón del mando y la siguiente cadena le arrojó otras noticias, otro presentador y otra gigantesca y roja napia de payaso.

Una hora más tarde había agotado todos los canales y todas las posibilidades. Sin éxito. Todos le mostraban sin inmutarse personas luciendo esas estúpidas trompas.

Como siempre que no comprende el mundo pensó que estaba alucinando. Tanta literatura me está afectando al raciocinio. Mejor me voy a dormir.

Lunes 

María se levanta. Desayuna y coge el coche. En el trayecto escucha la emisora de costumbre. Buena música y críticas divertidas. Como siempre.

Entra en la redacción con el buen rollito del trayecto sonoro, abre la puerta con una sonrisa, y todos sus compañeros la saludan. ¿Qué tal las vacaciones? No alcanza a responder. Frunce el ceño y se marcha directa al lavabo. Se mira al espejo. No, yo sigo igual. ¿Qué cojones está pasando?

Se parapeta en el ordenador y mira el correo. Más de mil mensajes que lanza directamente a la basura, tras una rápida selección de los cinco que realmente importan.

Revisa la agenda y recuerda que hoy tiene una entrevista con el rector de la Universidad del Emprendedor. La única que en los últimos años se permite el lujo de escoger a los alumnos. Tal es la avalancha de solicitudes.

En el edificio de los que dirigen el cotarro de ese mausoleo de la sabiduría le recibe el mandamás, con una abierta sonrisa de triunfador coronada por… ¡la innombrable bola roja!

Se centra como puede en las preguntas y las respuestas de rigor de los últimos años. Si no emprendes eres un fracasado. Estamos en un mundo de valientes, de líderes, de personas que crean contra la adversidad, bla, bla, bla.

Hundida y sin rechistar, vuelve a la redacción dispuesta a buscar una respuesta a esta pesadilla infame que se alarga ya tantas horas. Se siente atrapada dentro del goyesco cuadro Saturno devorando a sus hijos. Y se niega a ser devorada.

Busca en la pantalla del ordenador un respiro para indagar y pensar. Ahí siempre están las respuestas, se dice. Entra en La nación. En portada Ángela Merkel pidiendo a España más recortes, más flexibilidad laboral, más emprendedores… mostrando ostentosamente la nariz roja más grande que uno pudiera imaginar.

Para reconstituirse busca la sección de cultura. ¡Mierda! Economía, Internacional… ¡Peor!

En la pestaña de Madrid se detiene en un pie de foto: Los alumnos del instituto Cervantes durante los nuevos planes de estudios que han conseguido devolver la atención y la ilusión a los estudiantes. Ahora atienden al profesor, le miran y hasta le responden cuando pregunta.

Busca ilusionada la imagen y ante la nueva afrenta ya explota. Entra al despacho del director. Sin mirarle a la cara por evitar la bola roja y el sonrojo propio y la inseguridad y los miedos al saberse fuera del resto del nuevo mundo le dice con la escasa convicción que le queda: voy a hacer el artículo de la Universidad del Emprendedor sin firmar.

Siente en el cogote la mirada de toda la redacción. El jefe le pide que explique su decisión. Ella no atina a responder por qué siente que todo está mal, que esto no es bueno, que echa de menos otros tiempos, cuando había filosofía en los planes de estudio en lugar de memes, que así no se puede, que ya se ha hartado de escribir solo sin tilde cuando se refiere a un adverbio, por no hablar de las cocreta como animal de compañía, que los vídeos de dos minutos no pueden sustituir a un libro, que un bufón no puede ser rector, que un jefe…

Por apartar la asfixia de la reflexión le suelta a bocajarro: ¿Cuándo se jodió el mundo?

Sin esperar respuesta sale de la redacción directa al chino más cercano en busca de un buen par de narices.